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miércoles, 12 de octubre de 2011

Sobre las relaciones incómodas o la incomodidad selectiva

Noelia fue una persona especial. Fue raro cómo se dio todo entre nosotros. Teníamos no más de dieciséis años...o diecisiete. La quería tanto. Estaba tan loca. Y yo siempre fui un cretino. Lo sé. Tanto la quería que ni siquiera se me ocurre un nombre distinto al de ella para hablar de ella. No sé si fue amor. Antes de Noelia, mi amor era un sufrimiento terrible. Era martillarse un clavo en los genitales. Éso era el amor. Después de Noelia, tuve muchos años de amor igual a nada. Es que Noelia estaba loca, e histérica, pero tenía el corazón más grande que recuerdo. Noelia tenía labios dulces, suaves, y una sonrisa desmesurada. No tenía medida su sonrisa. Y al sonreír su cutis se estiraba tanto como un parche de tambor. Cuando relajaba la cara, cuando me contó sus secretos, sí, creo que la amé. No sé, no sé si fue amor. ¡Fue hace tanto tiempo! 
Noelia reía tontamente, y hacía chistes malísimos. Se reía desmesuradamente de sus terribles chistes. Amaba los perros, los animales chiquitos, y podía hasta ser cruel por amor. Nos quisimos en primavera, nos sentamos solos frente a una televisión, abrazados. Yo siempre fui un cretino. Caminamos pícaros junto a Alina y Sabina, un día, y escribimos nuestros nombres en una pared irreverente del barrio de la escuela a la que íbamos. 
Éramos amigos. Sí, recuerdo que éramos amigos y nos odiábamos. Noelia me hablaba de sus amores de la ciudad Mercedes. ¿Por qué tenía amigos en Mercedes? Parecía tonta, pero sus palabras enmudecían mis estupideces. ¡No he sido otra cosa más que un cretino! Sólo desearía volver a dar dos pasos. Uno tras otro, sólo dos, sabiendo lo que sé ahora.
Pero el tiempo no regresa, no regresan las sonrisas tontas.
Y vuelvo a esperar que me cuente sus secretos, sentarme a mirar la tele.
Pero no sé, no llamé... Quizás podría haber llamado. Nunca me voy a enterar de ese camino que no recorrí.
Me pregunto, siempre me pregunto: ¿qué me hace feliz? ¿Qué nos hace felices? La vida no es más que un lugar incómodo por el que tenemos que pasar. La vida mía, la sonrisa de Noelia, no son otra cosa que un ruido en la armonía universal.
Es que siempre hay cosas que me obsesionan, lo sé. El pan que cocinaba mi... El pan que mi papá ya no cocina. Y el teatro, y la música, y el silencio, y el amor.
Y Noelia. No sé bien por qué, pero ella también.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Consecuencias nefastas, corazones desprevenidos.

Ver de nuevo colores puede instigarnos a pensar que realmente el mundo se renueva. Pero los colores son los mismos de antes. Es nuestra memoria, entonces, la que nos engaña.


La primavera ha comenzado. No sé si hay tema más estereotípico que el cambio de estación. Milenario asunto literario, mítica solución a problemas cotidianos. El cambio de estación es el cambio de vida, la ruptura de la linealidad, el regreso a los ciclos circadianos que organizan el cosmos y permiten seguir adelante con lo nimio y sin importancia.
Y todo esto, ¿por qué?
Ni idea. Quizás caminar por un pasto verde y blando da esa sensación metafísica, quizás por el aire fresco que se mezcla con el sol tibio, y permite pensar, disfrutar de las hojas de los árboles y de los perfumes cliché las flores silvestres. Todo sin sentir culpa de ser cursi.
Y la memoria tontuela nos deja ser engañados por un fenómeno primaveral más o menos recurrente: claro, estoy hablando del enamoramiento. Pero no el enamoramiento de carnaval, ese burdo día de San Valentín, en el que aumentan las ventas de chocolates, flores baratas y preservativos... De hecho, noto extrañado que el día de los enamorados no se encuentra temporalmente en la estación más propicia al amor. Estoy hablando del amor estúpido, ese que hace que hagamos cosas que no deberíamos hacer, obviamente.
Los hombres se ven afectados por la primavera como cualquier otro animal. Sufren los nuevos olores como la condena a ser seducidos. Siguen sin saberlo el hado más terrible: el de caer dominados voluntariamente frente a seres superiores. Estoy hablando de las mujeres, claramente.
Los hombres deben sucumbir inevitablemente a esa dominación, como un destino inexpugnable. Nunca me lo voy a poder explicar. Por qué sentimos esa necesidad de encontrar esa otra mitad, que seguramente, una vez encontrada, sea unos tres cuartos, o quizás una proporción mayor del todo que somos.
Los hombres sucumben a la primavera como cualquier otro animal. Se ven caldeados por impulsos no controlables. Pierden los ojos en cada esquina frente a un acento llamativo, o un buen par de ojos. Las piernas se calientan, sosteniendo y reteniendo cuerpos que desean alejarse de sí mismos, extrañarse, dejar de ser hombres, y abandonar sin detenimiento ese calambre debajo del ombligo.
Y las mujeres, esos seres inquietos que motorizan este cambio de estación(que, claro, no seamos ingenuos, la primavera es primavera porque las mujeres son mujeres) se desentienden del hecho transitorio de ser las dueñas de un mundo. Un mundo pequeño, claro, ínfimo quizás, si asumimos la realidad del hombre como ser prescindible, como animal no animal. Como ser negado.
Pero claro, no podía ser de otra manera. ¿Cómo iba a importar a las mujeres algo tan pequeño como los hombres? Las mujeres no son animales, son ninfas, son seres etéreos y hormonales, rodeados de tul y gasa y con lluvia de pelo sobre los hombros. Son seres... ¡profilácticos!

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Harinas: maíz, algarroba, trigo y todo lo demás.


Masificación. Todos tenemos un amigo rockero. En mi caso, Johnny. Johnny es un inmigrante español de apellido español, y nombre furtivamente angloamericano. Por supuesto, Johnny es extraordinariamente coherente con sus impulsos rockeros y no pudo evitar ir al recital de una banda norteamericana de rock y punk con un amplio mercado en todo el mundo: Ajíes Picantes Rojos Calientes.
Cosificación. El recital se presentó en el estadio de uno de los principales equipos de fútbol de la Argentina, lugar que, en una feliz coincidencia, mi amigo Johnny no conocía.
Identificación. “Estaba yenu de majash de lo másh guapash, y entrar a la cancha como Enzo Franzeshcoli, le añadió un pequeño plush”, dice Johnny con su cántico particular. Al entrar al estadio, la primera impresión de Johnny fue descubrir que el estadio era gigantesco, pero no parecía tan grande como a través de una pantalla plana. El campo, que por la televisación se percibe como un campo de titanes, estaba más cerca de un potrero cuidado con mucho cariño. De todas maneras, bajar por las escalinatas y pisar el pasto que rodeaba el arco(que no habían retirado para el recital) tenía un dejo de mística musical-futbolera bastante extraño.
“Había un deshquiziau con una planta en meio'e la gente”, me comentó Johnny. Todos tenemos amigos a los que les gustan las plantas. Jasón llevó a Disculpas (celebérrimo potus cantante) a ver el recital de la banda de rock. “Para que se embeba del fraseo impecable de tan augusta agrupación”, me comentó Jasón, “además se ofende si no la llevo”.
Jasón, prudente, se mantuvo a un costado durante los momentos álgidos de enfrentamiento humano sudoroso e impúdico en los que la banda expelía esa mística sonorización rockera. Según me comentó, comenzó a sentir que lo apretujaban desde todo ángulo, y decidió que era más confortable disfrutar del recital desde la tranquilidad del lateral del campo. “Eshu no'é de jombre, donjuán”, me espetó Johnny, que habría visto el recital, según sus declaraciones, “empujando y empalando, tratando de alcanzar” el escenario, en un esfuerzo sabidamente inútil, luchando por un pequeño lugarcito junto a una valla, donde el aire se hacía un poco más fresco y la “tranquilidá de que uno'esos muchachotesh te quitara de'en medio shi el deshmaio she produzía” expandía un poco los pulmones cansados de cantar a viva voz canciones a medio conocer.
Disculpas, como siempre, no hizo comentarios.
Unificación. Elaborando siempre mis pensamientos, masticándolos como tiernas facturas, descubro que Johnny no es más sincero en su deseo de ver a la famosa banda. Simplemente respondía más concretamente al ritual de identificación con un proceso masivo de cosificación y objetivación de la sensorialidad. Se hace hermosa en estos encuentros la posibilidad irreverente de decir “ésto soy”, “en ésto estoy”, “veo”, “siento”.
La vida se ritualiza en estos cruces de mutuo entendimiento. Códigos tácitos unen estas personas tan distintas.
Jasón se ofusca. “Yo también pertenezco”, dice, con rostro fruncido. “Toosh shomos pan, chaval”, le contestó Johnny, dedicándome una sonrisa.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La rutina desinteresada e indiferente.

Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible deben tener.

Una tarde de miércoles, hablábamos Jasón, Alanis, Disculpas y yo. Alanis y Disculpas, en realidad, parecían más prestar atención que estar dispuestas a emitir opinión.
Hablábamos de sexo. O bueno, creíamos hablar de sexo. Nunca estoy seguro de saber qué significa el sexo para Jasón. Habla casi siempre con metáforas, o imágenes indirectas de algo que, en primera instancia, parece bastante... sencillo.
"Este miércoles, tengo sexo", sentencia. Alanis se ríe. "Claro, puede parecer raro que alguien lo tenga planificado". Alanis acaricia una hoja verde de Disculpas y sigue sonriendo. "Pero sexo es eso: predictibilidad".
Casi siento náuseas de pensar todo lo que una vida rutinaria puede llegar a producir, incluso en alguien como Jasón, que dedica su vida al arte, o bueno, a la crítica de arte, que es al mismo tiempo lo más lejano y lo más cercano que hay del arte.
"Tener un horario para cada cosa es lo más cercano que me puedo imaginar del paraíso... De hecho, el paraíso debe ser así: totalmente puntual." Claro, acostumbrado a mis 15 minutos de demora y a la media hora, o 45 minutos de demora de Alanis, sentir que alguien llega a tiempo debe ser orgásmico. "No esperar, no tener que esperar a nadie. Éso es sexo."
Cada vez me enredo más... Yo que creía entender cuestiones anatómicas básicas, elementos técnicos de la fisiología humana, cuestiones de ensamblaje en general... Jasón parece tener una visión más pragmática de los vínculos íntimos entre hombre y mujer. "Sexo es seguridad. Una vez por semana, en un horario convenido, con condiciones más o menos estables." Alanis esboza una ligera curva ascendente con las comisuras de sus labios. "Sí, suena como un trabajo, pero, ¿sabés qué?, da disfrute sin provocar ansiedad. Con un poco de oficio, incluso, ¡provee ciertas garantías...! Los miércoles a la noche, por ejemplo..."
"En términos religiosos absolutos, el sexo es el pan nuestro de cada día".
Me parece entender por qué en los bancos hay que hacer tantas filas, o hay tanto tramiterío para cada cosa que hay que hacer: la gente piensa más como Jasón que como Alanis. Tal vez piensan que lo que están haciendo es Sexo, y lo disfrutan como tal... ¡Nunca entiendo bien de qué estamos hablando cuando hablamos de sexo con Jasón!

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Jasón enseña Arte: Clases de canto a Disculpas.


El aprendizaje más importante, y quizás el único importante, es la resignación.

(En un aula de escuela, todos los pupitres están vacíos, excepto el pupitre ubicado en la tercera fila, en la izquierda del salón, el cual se encuentra ocupado por un potus de hojas verdes amarillentas. Jasón, con su pelo negro brillante por la gomina, en el frente del salón, junto al pizarrón, se acomoda ritual y artificialmente, y Disculpas, que ése es el nombre del potus, le observa con detenimiento y atención)

Yo- Bueno, alumnos(miro con confusión a Jasón), éste es su nuevo profesor de canto, Jasón...
Jasón- Profesor Jasón.
Yo- Pero... no SOS profesor.
Jasón- (Tranquilo) Lo mismo da.
Yo- (Resigno) Profesor Jasón.

(Jasón se ensancha mientras me acomodo a un costado para presenciar lo que me ha dicho antes será “una masterclass sobre pedagogía artística: voy a hacer cantar a Disculpas”. Disculpas no quita la mirada del frente, ansiosa por comenzar la clase.)
Jasón- Alumnos.(Disculpas silencia su pedido de atención.) Alumnas. Lo primero y más importante para poder ser artistas es no encapsularse.(Disculpas asiente en silencio con la mirada tímida e inconfesable.) Abrirse al mundo. Un gran maestro ruso dijo que el actor debe buscar lo bello en todo aquello que le rodea. No lo bonito, lo bello. (Disculpas está perpleja, no sabe qué contestar.) Lo mismo para todo artista, poeta, músico, etcétera. El aire, el aire circula por la belleza. La belleza está en el aire. Por eso, para cantar, se hace indispensable respirar. (Disculpas respira profundo, comprende exactamente qué es lo que Jasón expresa con sus palabras. Jasón me mira, seguro de sí)
Yo- … (observo con premura los movimientos sofisticados de Jasón, en los que hay algo de evidente pretensión)
Jasón- Respiramos, sostenemos, exhalamos (Disculpas respira, suavemente.) Es necesario que la respiración sea como el secreto que todo actor guarda sobre el escenario. (La respiración de Disculpas sigue tan imperceptible como antes). Las raices, a tierra. (Jasón, evidentemente atravesado por el comentario poco adecuado que le ha hecho a Disculpas, se acerca al pupitre donde está sentada. Noto que Jasón hace las situaciones siempre un poco más evidentes, como si la luz fuera tenue y yo no tuviera anteojos y él deseara que yo lo pudiera notar todo con gran detalle.) ¿Estás bien...?
Disculpas- … (En silencio, otorga.)
Jasón- Sigamos, entonces. (Vuelve hacia adelante, como superando la situación. Explica) Una vez que la respiración ha sido incorporada, sólo resta cantar... ¿Empezamos? (Disculpas, tímida, concede)
Jasón- Inspiramos, sostenemos, abrimos la boca, cantamos. (Lo hace)
Nessun dorma! Nessun dorma!
... 
(Mientras canta, el cuerpo de Jasón se llena de energía. Comienza a tensionarse un poco, pero logra relajarse cada vez que inspira una bocanada de aire furtiva. Las palabras en italiano parecen recitar bíblicamente: “nada me puede faltar”. Los ojos le brillan, las narinas se le dilatan, estirándose, danzando elásticamente. Disculpas absorbe tranquilamente el aire plagado de vibraciones que Jasón suelta con cada nota. Yo no entiendo bien cómo funciona la función, pero me mantengo callado a un costado, mirando como Jasón le canta a un potus.)
Al alba vinceró!
(En este punto se hace evidente el despliegue de fuerzas que debe realizar Jasón para poder seguir cantando. Las notas finales suenan bastante agitadas y como atribuladas por una gran pasión. Miro a Disculpas, por un momento, me parece ver una sonrisa y una lágrima en una de sus hojas. Me siento estúpido.)
Jasón- (Sentado, vencido, sobre una silla que agarró al terminar de cantar.) Así puede ser una manera... (Le cuesta respirar, me mira, con una sonrisa triunfal, como quien no puede sostenerse parado, pero acaba de dar un paso.)
Yo- Muchas gracias, Profesor, alumnos...(Miro a Jasón, miro a Disculpas. Percibo. Sonrío.)

miércoles, 31 de agosto de 2011

Miga, el hecho del helecho.


Alanis tiene un pan francés en la mano. Pan afrancesado, en realidad, con forma ligeramente tubular de cara espiralada, con ese tajo longitudinal oblicuo previo a la cocción que le da esa forma característica. Lo raspa con un cuchillo serruchito, lo descascara lentamente, lo desnuda. Casi como si lo hiciera a propósito, Alanis corta en el pan sus propias cáscaras. Va cortando suavemente pero sin piedad las costras protectoras de la masa cocida.
Alanis sufrió mucho. Es difícil hablar de su vida sin caer en la tentación de la melancolía y la tristeza perezosa.
Sobrevivió a una enfermedad terminal, resignificando el término vida, y la palabra terminal. Sufrió el abandono paterno antes de la enfermedad, el abandono materno durante su enfermedad y el abandono del amor de su vida después de la enfermedad. Sus padres volvieron durante y luego de la enfermedad, pero su vida no era mejor con ellos.
Alanis intentó suicidarse, en una noche de alcohol. Tomó todo el frasco de pastillas antidepresivas que le habían dado para que sobrellevara su enfermedad terminal, después de haber sido despreciada por un hombre, mientras pensaba sin cesar en el amor de su vida. El pelo que había sido una vez dorado y caía casi hasta su cintura, y que brillaba en las noches estrelladas con un destello único; durante su enfermedad y aún un tiempo después, era paja maltrecha de un establo abandonado.
Quién sabe qué es lo que cambió en Alanis. Es difícil ver los cambios en ella. Suele mirar al piso, e inclina la cabeza con ligereza, pasando de temas superficiales a la existencia plena de la duda. Como si hablar de la complejidad de la vida, la mirada de un chico, la comida de ayer, el balcón del vecino, las galletitas húmedas, o el pedo de un perro fuera todo lo mismo.
Escucharla tintinear ahora a Alanis es extraño. Su voz sigue siendo tonta, su mirada libidinosa no deja de ser la de una nenita traviesa. Pero, hay algo. Cuando habla de cosas triviales, cuando conversa normalmente, quien no la conociera pensaría que sus palabras son nada más que eso, palabras. Pero, hay algo. Hay un abismo en cada sonrisa. Hay un precipicio en cada palabra arrastrada y estirada.
Escucharla hablar ahora a Alanis es extraño. Hay como una felpa en su voz. El sonido de la soledad se esconde todo el tiempo en cada vocal, en cada consonante vacía y sin resonancia. Y resuena su mirada anhelante cuando saca los ojos del piso.
Escucharla reír ahora a Alanis es extraño. Su risa puede desencajarse por momentos, porque Alanis quiere volar, y la risa es exactamente eso, un batir de alas, en las habitaciones de un departamento enorme y solitario. Su risa, que sigue siendo inocente, ingenua, absurda. Estúpida, como toda risa que se precie de tal.
Y en esa risa está el heroicismo operístico de Alanis. Esa mezcla de melodrama y tragedia griega que hace que cantar sea tan difícil, cuando no se sabe cómo. Y a la vez tan fácil, cuando se sabe por qué. Ese heroicismo de lo que puede abandonarse. Y de lo que no puede ser de otra manera. Exactamente igual que las hojas verdes de Disculpas, que se encargan todos los días de la tarea de vivir, cosa que nos parece tan poca cosa a veces.
Y claro, cuando la veo cortar el pan y reírse mirando el piso, muy tranquila, me doy cuenta de la realidad. Alanis no es un pan cualquiera, ya no es pan francés: es pura miga. Tanto le han raspado el cuchillo contra la piel, tanto la han frotado contra la pared; que sólo queda miga de Alanis. Esponjosa, pura, blanca, exquisita, miga. Cada risa es el regresar de esa miga que no puede uno ya  raspar, sino sólo apretar y soltar, para que se expanda, con suavidad y violencia.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Ego: artificio.

La palabra más imprecisa de todas: "yo". 


Hoy se vió,
no le gustó.
Le sorprendió
en su expresión,
vio con horror,
desilusión,
soberbia del yo,
terrible error.
No logró
comprender,
ni en esa mirada
ver, tal vez,
hoy no es ya,
hoy simplemente
está.

- ¡Ay, Gonza!
dice una, uno, unas, varios.
Pancis... Pancito, otros.
Boludo, no podés, no podrás,
realmente, ¿querés?
Cuestionan despiadados otros.
Y el mismo que era, deja de ser,
y pasa instantáneamente, como era de suponer,
a vacilar lentamente entre el volver a ser o, quizás,
sin querer, poder salir, de ese que cree que ve, pero no puede
entender que no es.

Pero, no, de ninguna manera, que negar lo que no es, es darle carácter
de existencia. Entonces, decir que no existe el ego, esa entidad concéntrica
que sale desde un centro imaginario que se ubica cerca del ombligo, a veces más
hacia el corazón, a veces más hacia los huevos, es dar entidad, esencia, a algo que no es
nada.
Es amar y amasar profusamente menos que el aire, menos que el éter, menos que el vacío.

Y esos días perdidos, esos días malgastados, destruidos, heridos, perplejos,
empiezan luego nuevamente a tener sentido, a ser queridos. El aprendiz
ve, entonces, cómo lograr deshacerse de lo bueno y lo malo,
y hace, y abandona la expectativa de encontrar en el pan,
la respuesta.

Y sigue escribiendo, pobre Alanis, pobre Jasón,
y no pueden morir, porque la muerte de ellos
sería la existencia de eso que no puede ser
nombrado, porque nombrarlo sería
creer que no existe ese algo que
no es, ni será, ni puede ser,
a lo sumo, con un poco
de bondad, a lo sumo
está.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Soñás

Jamás ha habido un niño tan adorable que la madre no quiera poner a dormir.
No se puede odiar a nadie al que se le ha visto dormir.


Imaginá que tenés el corazón roto. Que la masa es masa, y el pan es pan; y que éso, te rompe el corazón. Ahora imaginá que encontrás un corazón nuevo, que parece escucharte y que ríe con ruido alegre, con risa morocha y cuerpo de reina de tablero de ajedrez. Imaginá que te confundís, que te confundís tanto. Tanto te confundís, que el corazón de reina y el cuerpo de morocha te nadaqueverean, te atajan un gol sin usar una mano, sólo con esos ojos que brillan tanto que no te dejan escuchar el nadaquevereo. Pero sí, pero entendés, pero no es indiferente.
Sigamos. Ahora, resulta que seguís, que vivís, que ves cada día a la morocha de los ojos que te sonríen, con un “nadaquever” o dos, o tres, tatuados en la frente. Y que, además, sos tan amigo. Tan amigo sos, que la acompañás cada noche con el corazón en la mano, hasta la puerta de su casa. Donde, obvio es decirlo, dejás el corazón cada noche, para que ella lo pisotee al salir cada mañana. Pero una noche, en un sueño, sin dudas, te mira, y te da ese beso tan tierno que fuera del sueño nada que ver. Y después, un rato después, aunque quisieras que un rato significara una eternidad, te despertás, y te das cuenta de ese sueño tan cruel, ese sueño en el que comías facturas, donde al despertarte ni pan duro te quedaba. Y ese beso cruel, de esa morocha cruel, en ese sueño cruel, te enamora.
Como el sueño ese en que ocupabas una realidad posapocalíptica, de esas de película yanqui, con colchones finitos, marcados en los dobleces, ventanas tapiadas con maderas agrietadas y canas afuera que buscan a los rebeldes. ¿Rebeldes? Qué divertidos son estos sueños. Qué cosa tan curiosa estos sueños. Y resulta que no estás solo en la habitación tapiada. Está esa morocha con cara de ángel, Caro. En medio de este apocalipsis onírico, te casás de palabra con Caro, y se aman. Y te despertás amándola. Porque los sueños son así, podés darte por contento cuando no comentan sobre tu día, en la noche.
Tener sueño, ¡carajo!, ¿a quién mierda se le habrá ocurrido decir que tenía sueño, para significar que deseaba dormir? Que no podés, te lo juro, ¡carajo!, no podés saber si lo que soñaste es lo vivido. Como esos sueños en los que volás, ¡carajo!, y es tan vívida la sensación de sentir que el cuerpo se sostiene en el aire. Y esos recuerdos que ahora, ¡carajo!, no sabés si fueron sueños.
Pero no tenés sueño, no, de ninguna manera. O quizás sí, pero no tenés ganas de ir a la cama. No muchas ganas. Porque querés que el día dure un poco más, para seguir amándolas, seguir negándolas. Como conocer a alguien en sueños, o conocer a alguien que debería ser un sueño. Como bailar tango con China Zorrilla en el foyer de un teatro.
Y querés salir de ese laberinto, ese laberinto que no entendés, porque el sueño se esconde al final del laberinto. El sueño es el laberinto, pero también no lo es. Y entender que los sueños son precisos. Muy precisos. Como el sueño donde tenés que rendir de nuevo Lengua y Literatura del secundario, en que hasta podés recordar las preguntas del examen, y te obligás a caminar por los pasillos de nuevo. Y esos detalles hacen que las historias sean verdaderas, sean creíbles, a pesar de estar volando, adentro de un laberinto, para llegar al examen. Y aprender de eso para el escenario, y para el pan.
En tus sueños no hay duda. Sí contradicciones, pero no indecisión. Las cosas suceden, invariablemente, sin error ni destrucción. Ambivalencia, rareza, todo, pero con la más cruel de las realidades. Como dice una banda punk yanqui: Cruelest dream, reality.
Y lo sabés muy bien, porque lastimarte te lo enseñó, ¡carajo! Un sueño no es un anhelo de un cambio que no fue o no será, sino la percepción filosa en la carne sensible de un cambio que está(o podría estar) siendo. Es la dureza del aire tibio entre lo que sos y lo que deseás ser.
El sueño es el cuchillo sobre el pan, y creés que estás dormido.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Crítica: deterioro y crecimiento.

De carácter firme es aquel que puede continuar sin éxitos.


La vida en el escenario puede parecer idílica, pero suele tener sus momentos de desazón. Es proverbial la dificultad que un intérprete puede llegar a sentir al representar muchas veces el mismo papel. Las búsquedas artísticas previas a las definiciones escénicas suelen conducirse sin brújula, y ser, a veces, bastante angustiantes. Las interacciones dentro de una compañía artística son tan humanas como en cualquier otra situación, y conllevan los mismos conflictos que cualquier otra relación humana.
Pero, lo peor, sin lugar a dudas, es la crítica. Muchas veces los críticos se adjudican a sí mismos el lugar de jueces y doctores de lo que puede ser una causa o un paciente. Si se acercan al espectáculo como jueces, el resultado será que darán un dictamen final sobre la validez o no del producto que se observa en el escenario. Algo así como la disección de un cuerpo que se sigue moviendo, rechazando la disección, sufriendo por la vida que esta disección le quita. O, para atenernos a la imagen elegida, un condenado a muerte por manejar un auto a una velocidad no adecuada, pero que no ha cometido otro crimen que la imprudencia. Es, en este caso, la crítica un castigo desmedido(tal vez, en algún punto, merecido, pero no en la medida impuesta).
Si el caso es que el crítico se presenta como si cargara un estetoscopio, sucederá que se dedique a indicar el diagnóstico y el posible tratamiento del paciente convaleciente. Con soberbia hipocrática, dictaminará que cosas habría que cambiar en la vida del paciente, para que el público pueda disfrutar.
Ahora, ¿qué sucede si el crítico teatral-musical se aproxima al espectáculo con ambos criterios? Es decir, ¿qué hay si califica y juzga, si dictamina y diagnostica, evalúa y medica? Bueno, Alanis me dijo, al ver la crítica que nos habían realizado: “ojalá que la atropelle una combi llena de músicos”. Claramente, se debe luchar contra este instinto de descalificar a quien nos descalifica. Es que, en todo caso, uno puede defenderse de los ataques; contra el elogio se está indefenso. Más vale aceptar, sufrir y crecer, que elogiarse ciegamente.
Actuar después de una crítica tan violenta, tan destructiva, digo yo, se sintió como nadar río arriba. Sentí que me costaba sostener lo que tanta satisfacción me había dado encontrar en los ensayos, teniendo que concentrarme en las cosas más elementales, dejando de lado las sutilezas corporales del momento que más complejo me resultaba. Sin embargo, la gente siempre vio crecimiento, o al menos los comentarios a la salida del teatro, de gente que no conocía, fueron siempre cada vez más halagüeños. Me resultaba incluso cómico sentir que mi actuación era cada vez peor, y recibir cada vez comentarios espontáneos más enfáticos sobre lo bien que estaba ese momento complicado. Sobre todo teniendo en cuenta que NUNCA pregunto al público, a la salida del teatro, si lo que ha visto le gustó.
La crítica movió al grupo, lo desestabilizó. Pero éramos muchos. Muchas piernas sosteniendo el proyecto. Muchas convicciones. Muchos corazones martillando las tablas con decisión. Con falencias, carencias, dificultades y artísticas convalecencias. Pero firmes, parados, sonriendo con alegría al saludar después de poner y dejar todo en el escenario.
La sensación de lo colectivo artístico, teniendo que salir a defender lo que se estaba haciendo sin otra arma que la de hacer lo que se hace, de la mejor manera que puede uno hacerlo, solidificó aún más ese grupo en ciernes con dudas muy humanas.

Claro, puede un pan no llevar la receta escrita en el libro. Puede que se modifique con el uso, las circunstancias, las posibilidades, y las dificultades de quien lo amasa. Pero eso no significa que el pan no sea pan.
O acaso que no se le pueda untar manteca y mermelada.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Amor y odio en el foyer

Arbolito verde
secó la rama,
debajo del puente
retumba el agua,
retumba el agua,
retumba el agua.


"No llorés, maricón", me insulta Jasón, toqueteando a Disculpas en el camarín después de la función. Disculpas se deja, planta gauchita como pocas. Ya las hojas se tornan amarillentas del constante roce. "Si hubieras tenido huevos, le pegabas a una y besabas a la otra".
Irene y Marta Mercadi me vinieron a ver al teatro. Sí, los invité a Jasón y a Alanis, y a otras tantas personas. Alanis tenía una impostergable sesión de armonización con cuencos tibetanos, por lo que no pudo venir. Creí que la función iba a ser cotidiana, pero el teatro ese día me enseño que éso es imposible.
Recibiendo a la gente en el foyer, ya con el vestuario puesto, para acomodarlos en los asientos, se me hace imposible no saber quién me ha venido a ver y quién no. Irene, dueña única de mi corazón y de mis anhelos y esperanzas, entra por las gigantescas puertas de madera del teatro y me saluda sonriente y silenciosa, con un brillo especial en sus ojos color ámbar. Maldito brillo.
Momentos después, con el corazón roto, logro descubrir que una de las personas que asistió al teatro es mi antigua periodontóloga: Marta Mercadi. Ella ni siquiera lo sabe, y tal vez nunca deba saberlo, pero la detesto con toda mi alma. La culpo por mi perenne gingivitis, que inflama mi cara dándole un aspecto ligeramente menos hermoso de lo que la gente me dice que es. Bueno, todos tenemos ego.
Se hace larga la función, el espectáculo está regado de incertidumbres. Al momento de actuar y pararme erguido, no dejo de pensar en Irene. Siento que le dedico mis sonrisas, aunque por dentro quiera sollozar. Uno de los personajes que caracterizo lleva una máscara: sólo pienso en Marta, y espero que note la pequeña deformidad que percibo en mi cara cada día al verme al espejo, que adjudico injustamente(lo sé, soy injusto, pero no lo puedo evitar) a su ineptitud.
Trato de evitar el invitar a la gente a verme al teatro, con contadas excepciones. Por dos motivos: el primero, la ausencia de la gente no es indiferente. Cada vez que siento la frase: “Disculpá, no pude ir”, sonrío, y digo: “no hay problema”, tratando de desanudar mi garganta y no liberar una pequeña angustia que cada ausencia provoca.
En segundo lugar: la presencia de la gente no es indiferente. La gente cree que la seguridad de su asiento en la platea es distancia suficiente para que el intérprete se relaje y haga lo que debe: actuar, viajar con su imaginacion y su sensibilidad a otro mundo que quizás ni siquiera le sea conocido. Claramente, eso no es así. Sentir el perfume de Irene desde el escenario, aunque el teatro estuviera lleno, era tan sencillo como dar un paso hacia el baño cuando me acucia el hacer pis. Sencillísimo.
Jasón se ríe de mí, y sigue sobando a Disculpas con nerviosismo. Me hubiera gustado que Alanis viniese.
La torta no es igual si tiene cerezas y crema, o si es un bizcochuelo seco y desabrido. Tampoco el teatro es lo mismo con un público u otro.

miércoles, 27 de julio de 2011

Sobre la profesionalización y la alienación del artista

¿Se puede, se puede todo
 en un suspiro?
Se puede mucho, se puede
lo suficiente...
Pero, ¿el alma? 

Imaginar que a algún artista puede no interesarle su producto, su arte, es doloroso. Como especulaba Marx, quien consideraba que aún en un mundo cosificado y alienado, el arte es un reducto de autonomía frente a la estructura económica, me imagino a los artistas como algo idílico, fantástico, onírico.
Pero no es así, no soy así, no son así. Hablando durante un impasse en un ensayo con una cantante profesional, miembro del elenco de una importantísima ópera del Teatro Colón(mayor objetivo artístico y profesional de cualquier cantante lírico argentino), descubrí que la profesionalización, en todo ámbito, cobra sus comisiones.
"Pero...", fue mi pregunta, "ese día, ¿no hay toque de queda por las elecciones?". Su respuesta fue contundente e indiferente: "Ah, no sé, ése es problema de ellos". Mi horror se disimuló con una sonrisa tibia y algún ahsíclaro extraño en labios de un artista vocacional.

La idea de la indiferencia ante la posibilidad de cantar en el ápice del arte lírico argentino, claro, es lejana al amor que circula en las venas de muchos cantantes jóvenes que renuncian a la ilusión de poder ingresar al templo operístico con otra intención que la de ocupar un asiento en la platea lo más cerca de la planta baja que sea posible, sólo por el inmenso respeto y admiración que les infunde semejante globo terráqueo de música.
Suponer que a alguien le dé lo mismo que se dé una función en el Teatro o no, no me cabe de ninguna manera en la cabeza. Pero, tal vez no sea ése el caso. Las opciones son dos: la indiferencia que yo percibí, no era tal, sino confianza en la labor de otros eslabones de la cadena de producción; o el hecho de comercializar el trabajo propio lo convierte en un objeto distante, alienado.
Claro, uno podría decir, eso pasa con todo... Pero, ¿con el arte? ¡Imposible! Me niego rotundamente a que suceda eso. No porque considere que no deba ser una labor que permita al artista vivir, sino que el coste de la profesionalización no puede ser la vida artística o espiritual del artista mismo.
"Tranquilo, les pasa a todos, es parte de la vida", me dice Jasón, con un cinismo que me anuda la garganta. "Es simplemente  la relajación de ansiedades propias del amateur". Alanis me acaricia el cachete, "
Me niego rotundamente, con toda mi alma, con las uñas, con los pelos, con cada pestaña y ceja, a creer que el pancito, cada pancito, va poder ser algo casi indiferente, someramente anhelado, tibiamente esperado. No, no puedo soportarlo. Cada pancito será para mí algo nuevo, o no será.
Será todo, o no será nada.
"Extremista", escupe Jasón.
"Me gusta", sonríe Alanis.

miércoles, 20 de julio de 2011

El clima de estreno: sobre la moral y el ánimo

Hay dos momentos por los que debe pasar un cantante o actor, ineludiblemente: uno, el momento de estudiante, en el que debe eliminar su ego, para encontrar algo nuevo, confiar en lo que no tiene para encontrar lo que desea, entregando su persona entera al director. El segundo, momento de artista en sí, en el que debe entender que lo que hace en es lo único y lo mejor, lo necesario, aquello que no puede ser de otra manera: es el momento de la función, donde con absoluta genersidad debe entregar su persona entera al público.


Acercándose el estreno, los problemas en la organización de los ensayos de la ópera se iban acrecentando. Cancelaciones de ensayos y limitaciones espaciales por compartir escenario con otras puestas, problemas de dinero(siempre, el dinero...) y otras cuestiones con el teatro hacían que la producción fuera cada vez más heroica.
La ópera es, en sí, un género épico. Es la parodia de una batalla desmesurada en la que cada intérprete debe dejar todo en el escenario, abandonar todo, para poder adueñarse de cada una de las personas que espera, sentada, un espectáculo casi circense, un despliegue de virtuosismos lujosos. Ahora, imaginar que además de cantar, actuar y, en algunos momentos, hasta bailar, los intérpretes tengan que sacar la escenografía del sótano del teatro para acomodarla sobre el escenario, acomodar los espacios, los atriles de los músicos, el cableado de sonido, doblar los programas, preparar la sala para acomodar a la gente, recibir a la gente, acomodar a la gente para luego subir al escenario y sonreír mientras se canta, actúa y baila, para después bajar, despedir a la gente y bajar la escenografía de nuevo desde el escenario hacia el sótano, justo después de haberse desmaquillado; hace repensar la categoría de lo heroico. ESO es heroico.

El grupo, la compañía, casi absolutamente vocacional, y amateur, es, además, bastante inexperta, y no soluciona siempre con absoluta soltura y prontitud los problemas que se presentan. Pero el constante deseo de que las cosas funcionen bien, hace que parezcamos inconscientes, temerarios y desaforados. Lo único importante es poder subir al escenario a sonreír. Sonreír con tanta alegría que el escenario explote con el brillo de nuestros dientes resplandecientes.

Seguíamos preocupados por la falta de ensayos, ninguno de nosotros sentía un exceso de confianza en la propia producción artística, ni desde lo actoral, ni desde lo vocal. El arrojo era desenfreno, pero tratábamos de sosegarnos. Estar una semana antes del estreno y no tener ni siquiera una mínima noción de cómo iba a ser el vestuario que íbamos a usar nos ponía un poco inquietos.
Pero había algo que no se podía explicar, una brisa que circulaba entre los pasillos del teatro y nos hacía mostrarnos esa sonrisa inquieta unos a otros al cruzarnos durante las preparaciones previas de cada ensayo, entre escenas o mientras nos cambiábamos para irnos a casa. Era la sensación de ser indestructibles. Y el estreno, inminente, imparable compañero del celerípedo tiempo, soldaba esas estrecheces con amalgama de oro y platino.
Tal vez, apoyados por los dos directores, él y ella, que tan histéricos y sensibles y tranquilos podían parecer, todo al mismo tiempo. Tal vez, soportados por el potencial de lo que estábamos haciendo, y la admiración del esfuerzo de los compañeros. Pero sin duda alguna por la sensación de unidad de la bella compañía, ese cúmulo inexplicable de personalidades diversas, de personas-personaje; que no nos permitíamos a nosotros mismos defraudar.
Porque seguro estoy de que entrar a una escena sabiendo que un compañero estaba en la pata(eso que algunos piensan que es una cortina, que se ubica a los costados del escenario) mirando, era sentir dos respiraciones: la de uno con el canto, la del otro contenida. Y eso no tiene precio.
Como el pan, que es verdaderamente delicioso. Pero con manteca, ¡ah!, con manteca es sublime.

miércoles, 13 de julio de 2011

Exceso de palabras: exceso de movimiento

a veces suelen decirme que hablo de más que tengo palabras que sobran que uso más de lo que hace falta pero no puedo poner menos porque no puedo dejar cosas afuera imaginando una mañana en la que desayuno me despierto despacio camino de un lado al otro buscando material para una clase que tomo para una clase que doy me preparo me emperifollo no soporto la idea de no gustar camino lentamente divago y no puedo pensar el momento y la mente se desconecta se vuelve a conectar me pongo la ropa sin planchar saco la agenda reviso que este en la mochila todo lo que necesito aditivos de comunicación también viajan agenda veo la mochila obesa cuento los pasos hasta la estación practicando poner un adjetivo diferente a cada árbol alto bajo flaco largo marrón verde triste alegre sigo caminando morado pienso en las cosas que tengo en el día por delante tomo el tren duermo porque el tren me cansa y no puedo mantener la cabeza encendida llego a la escuela paso por el bar café de la escuela encuentro gente hablo con la gente sigo caminando entro tarde a la clase entiendo de qué hablan hablo con la gente y luego me sumo a la conversación porque entiendo de qué hablan hago un comentario acertado sigo hablando como si fuera natural otra vez al bar café de la escuela más gente sigo charlando narro lo que me pasó en el día y el día anterior y vuelvo a clase y sigo hablando me toca dar clase y lo disfruto me encanta siento que vuelo y las palabras parecen no acabarse vuelvo a salir otra vez al bar café de la escuela más gente hablo con la gente narro lo que me paso hasta ahora debate en el centro de estudiantes y sigo hablando me piden que me calle estamos hablando de otra cosa el corazón se me inunda de tercas revueltas verbales contengo un corcel desbocado agarrándole las patas traseras siento cómo el corcel se me libera hablo con la gente las crines del corcel se enredan en mis dedos, mis muslos aprietan las espaldas irreverentes y musculosas del matungo embravecido hablo con la gente escribo los resultados de una clase íntima sigo hablando con la gente son las once de la noche saco mi agenda escribo cosas saco mi momentario y escribo cosas llego a casa prendo la computadora escribo un artículo del blog mientras me como un pancito del mediodía hablo con la gente

Me siento sola.

miércoles, 6 de julio de 2011

Sobre la poesía y la vida y su combinación catastrófica en las veredas de los barrios

Caminando por las calles de mi barrio, Alanis se pone cursi. Mira una hoja otoñal caer y dice frases hechas que parecen caminar al lado nuestro, gordas y pesadas. Jasón refunfuña y se queja de los cambios de temperatura mientras trata de estirar las piernas sin dejar de caminar. Parece como si tuviera calambres, por los movimientos convulsos de sus pies, que se alejan de su cadera como distraídos.


El día, sin nubes, está realmente claro, diáfano. El viento suspira entre nosotros, alejando nuestras tristezas. Hasta las quejas de Jasón parecen más suaves, más tiernas. “Te estás ablandando”, le digo. “Andate a la mierda”, me responde, sonriendo. Me pregunto qué haría falta para que dejara sus modos agrios. Jasón está comenzando su autobiografía. Por supuesto, como todos, cree que las cosas que le suceden son únicas y geniales, y considera que todo el mundo debería saber sobre él. “El viento me está haciendo cosquillas”, dice Alanis. Nos reímos ella y yo, y miro de soslayo una sonrisa disconforme de Jasón, que no logra contenerse.


Estoy a una cuadra y algunos metros de mi casa, pero el paso que estoy dando en esta vereda no demasiado rota es eterno. Tal vez porque está en mi memoria, como me decía Alanis la semana pasada. Tal vez porque a pesar de todo, hay una hoja verde en el árbol, al lado de la vereda.


En frente, saber que está ese videoclub,con su cartel verde chillón, ahora callado, ajado; me hace sentir un poco menos poético. Pero no logra asesinar el momento. El momento lucha, con una espada hecha sólo de hojas otoñales, de marrón frush frush. Siento que podría tirarme un pedo en este momento y el poema seguiría siendo poema.


Claro, los límites en esta vereda poética están tan, tan marcados. Me tropiezo, me río, esperando que Jasón y Alanis me acompañen en la sonrisa. Alanis se enoja, sin entender por qué me río. “Te pudiste haber matado”. Jasón me toma por idiota, sigue caminando sin mirarme. Golpeo mis pantalones sucios, sacudiéndome la sonrisa frustrada.


Si hiciera un recuento escrito de mi vida, ¡cuánta poesía podría escribir! Sé que inevitablemente alguien se ofendería, porque mi vida contiene personas que son poesía. Y la poesía es así, polisémica, de múltiples lecturas: placer y sufrimiento. Sobre todo si es buena poesía, como las personas en mi vida.


La poesía del pan, sin más. Del levado lento, lento, lento, uuuhh, lento. Del amasado duro, como la torta de los cien golpes, que cansa más que cien golpes en un ring, porque exige cariño. Exige poesía. Como la pizza que une lo irreconciliable. Como la poesía de una albahaca fresca sobre el queso derretido, brillante y grasoso, pringoso y maleable.


Y no se puede pedir perdón por la poesía. Porque la poesía es amor. Como el pan, la torta y la pizza. La poesía no se concibe sin amor. Pretender que lo sufrido no tiene amor, es no ver la poesía en el sufrimiento. Y si se logra ver la poesía en el sufrimiento... ¡Por Eros, cómo no ver el amor!

miércoles, 29 de junio de 2011

La memoria, la imaginación.

Ut nihil non iisdem verbis redderetur auditum
Y entonces, nada que haya sido oído puede ser vuelto a contar con las mismas palabras

Con Jasón jugamos un juego. Alanis puede sumarse, pero no es aficionada a mentir. El juego es, en verdad, bastante sencillo. Recordar, y contar.
Para un actor, un poeta, un músico, un pintor, no es extraño recordar, forzarse a recordar. La memoria está en carne viva, muriendo a cada instante, para volver a nacer al instante subsecuente. Un señor francés, llamado Eric, propuso trabajar con esto conscientemente. Propuso esforzar al máximo la intención de recordar, liberando la posibilidad de que efectivamente los detalles serán una creación resolutiva de un intelecto pragmático. Alanis tenía tiempo libre, y decidió llevar adelante ese viaje, así que participó del taller de este francesito.
Alanis es lúcida, transparente, directa, cándida y voraz. Volvimos a probar el juego de la memoria frente a ella. Casi se ofende cuando nuestros relatos carecen de detalles. Pero cuanto más nos esforzamos por detallar, más distante está el relato de una realidad objetiva. El color de la ropa de las personas que estaban con nosotros, la temperatura del aire frío de esa noche, el roce de una campera contra una mejilla. Parece mentira cómo nos ponemos vívidos con cosas que quizás no hayamos vivido.
Jasón se pone escéptico, intenta ponerse sobrio. No soporta que Alanis lo corrija. La desprecia, la oye despectivamente hablar, la subestima con sus respuestas. Vuelve a comenzar, con un nuevo recuerdo. No podemos nunca contar dos veces el mismo recuerdo. Perdería lo espontáneo de la primera vez que se relata. De hecho, Alanis nos cuenta, que para Eric, una vez que se puso en palabras, un recuerdo queda atado a esas palabras, queda unido, por aproximación u oposición.
Claro, el recuerdo es algo que se hace tan posible, es la vivificación de algo que se creía ido. Es el abrazo al oso de peluche sin culpa, es la caída de la bici sin dolor,es el primer diente que, al caer, sólo produce sonrisa, es la pelea que sólo deja crecimiento. El recuerdo es la impunidad de lo que queda, sin lo que se sufre. Es el sabor de un beso, sin la sal de la despedida. Es una mentira sincera, es aceptar lo que queremos creer, absoluta y descaradamente.
¿Cómo fue la primera vez que amasé un pancito? Tuve que pelear con alguien, robar ese derecho, para pasar años después disfrutando un logro ajeno.
Alanis sonríe, como un sol, sus ojos oscuros sacando brillo de su largo pelo ceniza ondulado. Puede verse en el temblor de sus labios un recuerdo, como un plumón en el agua.

miércoles, 22 de junio de 2011

Temática pendiente

La soledad. El discurso construye realidad. Nos sucede que alguien encuentra la frase apropiada para describir una situación, un evento, una interioridad(no necesariamente un sentimiento, que la interioridad no permite esa categorización tan estricta), un cruce de fuerzas, una oblicuidad de puntos de vista. Decir la soledad, ser la soledad, sufrir la soledad, disfrutar la soledad.
El amor. El odio. Las diferencias entre el amor y el odio. ¿Hay diferencias entre el amor y el odio? La soledad de los que se aman. El amor de los que están solos. La soledad de los que se odian. El cielo. La Luna. La soledad de la Luna. El odio de los que aman la Luna.
La interioridad. El discurso del amor. El transcurso inevitable del tiempo. El tiempo inevitable de los hechos. La política. El tiempo. El interior del amor. El interior de la Luna. La soledad de la Luna. La repetición. ¿Es posible alguna repetición?
La pregunta. La respuesta. La pregunta: el amor. La respuesta: la soledad. La pregunta: el odio. La respuesta: la repetición.
La vida. La muerte. La soledad de la vida. La soledad de la muerte. El amor a la vida, el amor a la muerte. El interior de la vida, el interior de la muerte. Las preguntas: la Vida. La respuesta: la Muerte.
El juego, la mentira, el amor, el odio. La soledad. Otra vez, repetición.
El juego de las mentiras, el amor a la soledad. El juego de la Luna. Las preguntas del Cielo. El absurdo de sentir. Mentir, jugar, volver a mentir. Repetir. ¿Existe acaso alguna repetición?
El acaso, el azar, lo absoluto, lo perenne, lo inerme, lo que no vive, lo que no muere. Lo que no juega. ¡El juego! Repetir. El amor a la repetición. El odio a la repetición. ¿Existe alguna diferencia entre el odio y el amor?
El tiempo de las repeticiones. Las repeticiones del amor. Las repeticiones del odio. El sudor. El amor sudoroso. El odio sudado. Las sudaderas. Los sobacos. Los ¡ohmiDios! sobacos sudados. El amor a los sobacos. El beso en el sobaco, la clara impresión de que un sobaco sólo puede ser amado si está sumamente sudado.
El olor, el perfume, el aroma, el tufo, el vaho, el vapor. Como sacar un cuello de una nariz, como sacar una nariz de una cara. Y el perfecto sistema decimal de las orejas que tiemblan con cosquillas. La repetición. Más cosquillas. Muchas más cosquillas. El amor a las cosquillas. El odio a las cosquillas.¿Hay alguna diferencia? El cuello sensible, el cuello blando, que se quiere dejar comer.
Lo que falta. Jasón. Alanis. Los te quiero que se sufren. Los gracias que se lloran. La gracia. Cual será tu gracia. Las repeticiones. Jasón, Alanis, y la soledad. El amor a Jasón, el amor a Alanis. El amor a la soledad. Las repeticiones.
El pan, los agnolottis, los ñoquis. El amor a las pastas. Las pastas antes del amor. El amor entre sábanas, las sábanas arrancadas. Las palabras que no alcanzan. Las lágrimas que hablan por las palabras. El abrazo tierno. El abrazo frío. ¿Existe alguna diferencia?
Las bolas de frailes, los suspiros de monja. El vigilante. La vigilia. La noche en vela. El deseo. El amor.¿Existe alguna diferencia? El deseo de amor. El deseo de soledad. La soledad del deseo. Las repeticiones.
Y nada, la nada. El deseo de nada. El amor a la nada. Las nadas del amor, las nadas del deseo. La nada de la soledad. Y el pan. El amor del pan. El odio del pan. La nada del pan. Que no es nada. Nunca es nada.

miércoles, 15 de junio de 2011

Sobre la espectacularidad de lo grotesco y el Grotesco

¿Habra sucedídole alguna vez a alguno, de conocer una persona grotesca? Si puede describirse, debería ser posible que así sea.
La teoría teatral dice(o Viñas, al menos) que el grotesco criollo es la interiorización del sainete. Interiorización en un sentido espacial, y expresivo. Estética y emocionalmente, el grotesco se dice a sí mismo: "TODO es posible. Sólo es necesario estar lo suficientemente desesperado para concebirlo como real".
La conversación que en el patio de una casa puede parecer simpática, sólo hace falta trasladarlo textualmente al living para que se convierta en algo desaforado.
Pero, lo más interesante no reside en esta interiorización, tal vez. Lo profundo del grotesco, no tanto como continuidad histórica de otra estética, sino como estética autónoma, es su cualidad contradictoria. La contradicción es vida. La vida es contradicción. El Grotesco posee la ambivalencia de producir lástima y gracia al mismo tiempo. El ridículo es tan ridículo que parece inverosímil. Pero sostener la verosimilitud en esa ridiculez hace que se cree un mundo cómico, en el que tanto sufrimiento se hace increíblemente creíble, y se cosifica, produciendo un efecto cómico, como el que Bergson describe.
Pero el grotesco no es ternura. No es reír de una ridiculez física ingenua. No es ingenuidad. O al menos, no la ingenuidad infantil que nos produce una risa cálida y brillante. No encuentro carcajadas en mi grotesco. Es una risa culpable, es la risa irónica del desasosiego. Es una puerta cerrada que nos resulta cómica por lo inevitable del camino que nos condujo hasta ella. Es el determinismo de nuestra propia capacidad de fracaso. La naturaleza de nuestros propios rostros deformes.
Cerca de mi casa hay dos "trapitos". ¿Es sabido qué es un "trapito"? Los "trapitos" son hombres y mujeres encargados de indicar lugares libres para estacionar y de "cuidar" los autos. ¡Cuántas comillas en tan sólo un par de oraciones! Resulta que estos dos trapitos son hermanos. O al menos lo parecen. O quizás se puede intuir, porque no se evidencia. Ambos son hombres mayores, a los que la vida trato con rigidez, curtiendo sus pieles. Ambos tienen ojos claros, pelos plateados, andar garboso, cansado. Y hasta hay una similitud extraña en sus caras.
Supongamos que estos dos trapitos hermanos somos Jasón y yo. Claro, yo nunca diría que Jasón es mi hermano, pero juguemos a esto un ratito, como si realmente pudiera pasar. Diría entonces que soy algo así como el Grotesco de Jasón. Su rostro es armonioso, su mirada altiva, mentón afilado, sonrisa amplia, pero soberbia. Claro, Jasón puede resultar atractivo. Y yo, claro, no dejo de serlo por ser su grotesco. Pero mis labios son más carnosos, mis ojos más cansados, y las bolsas en mis ojos más pesadas. Mi piel está más gastada, mi sonrisa es más amplia, se estira más hacia mis orejas, que son más descaradas, y se atreven a más por delante de mi pelo, que también se atreve a más, por lejos de mi cuero cabelludo, que también se atreve a más, descubriéndose por sobre mi frente, que también se atreve a más, arrugándose brutalmente con cada gesto, cada sonrisa. Podría decir que debería agradecer que Jasón es tan agraciado, porque mi cara es grotesca por parecerse a la de él, es grotesca y produce gracia porque se acerca a la de él. Soy, porque él es.
Y así, el grotesco sufre su razón de ser en ser la condensación de otra cosa. Si un poeta escribe, mis palabras son grotescas cuando quieren ser poesía. Si un actor actúa, sus personajes son su grotesco, inevitablemente. Si un cantante canta, su voz es el grotesco de su alma. Si un ratón nadando en crema es poético, cómico, sainete, Jasón; que la crema se haga manteca, éso es Grotesco. Eso, es Pancito.

miércoles, 8 de junio de 2011

Circatralidad

Viendo circo, se puede saber que el circo es teatro. O no. O que tienen en común cosas importantes, pero cosas que son muy diversas entre sí, también.
Diablos, diablos y ángeles en el circo, y también en el teatro. Proezas en un lado y en otro(aunque no siempre se vean proezas en los dos, a veces en ninguno). Público expectante en ambos, encuentro ritual, pactos, convenciones, códigos, aplausos convenidos. Sucede con los aplausos que son el pan del artista. Cada número recibe sus aplausos, como cada escena también(si logra sintetizar una sensación de cierre en el espectador). A Jasón lo irritan sobremanera los aplausos en medio de un espectáculo. No sé bien por qué.
Tuve suerte, me regalaron entradas para ver un espectáculo de circo. De circo no tradicional, como se dice. "Contemporáneo", si se quiere, para aplicar un término que engloba todo aquello que inquiere en su propio lenguaje y en cómo se usa en pos de una expresión específica de un mensaje específico, que no puede, tal vez, ser expresado de otra manera.
Como siempre, hubo problemas técnicos. Después de ingresar a la sala(término teatral nosésiaplicable a la carpa del circo) nos ubicamos en los lugares que se nos cantaba el antojo, bien al centro, lo más abajo posible(que aún con anteojos, se hace distante la distancia). Luego de eso, tuvimos que esperar una buena hora para poder empezar a ver el espectáculo, después de que la directora del espectáculo que estábamos por ver salió a explicar que había problemas con las luces y que estaban apuntando a determinados lugares en los cuales los "artistas" se veían terriblemente encandilados, haciendo posible una catástrofe, que, por otro lado, hubiera sido tremendamente espectacular y dramática.
Comenzando la función, la directora misma reúne todo el grupo de "artistas" (es intencional el uso de comillas, ya explicaré por qué) y les dice, en un inglés canadiense, muy claro, "remember, if you don't fell it, don't do it". Claro, en castizo es una suerte de invocación de una atención muy despierta y un registro muy aceitado de los mecanismos que el cuerpo inseguro desata frente a los peligros que a veces se pueden hacer cotidianos, pero no por eso menos estresantes.
Comenzado el espectáculo, las proezas comenzaron a desplegarse. Y es entonces cuando empieza a ver discrepancias entre teatro y circo. Unas discrepancias particulares de este espectáculo, tal vez. Como la tortita negra(o cara sucia, como dice una amiga de Chajarí) que tiene masa de bolita de fraile, los "artistas" componían personajes, o al menos algo similar, que no eran necesarios a la funcionalidad del espectáculo.
No se malentienda, el trabajo era genial, con excepción, claro, de una rubia gringa robusta haciendo la rutina de cuchillo más bizarra y grotesca que he visto, con la gracia para bailar de un monje tibetano alcoholizado. Pero fue justamente la rubia la que me hizo notar que se "teatralizaban" momentos para justificar acrobacias y proezas físicas que no necesitaban ser justificadas más que por el hecho de realizar esas proezas. Un maestro dijo a sus jóvenes alumnos-actores:"olvídense de interpretar a un borracho o un rengo". Claro, con la cantidad de conflictos que genera una situación actoral dada, tratar de agregar conflictos creando afectaciones, no sólo es de una enorme complejidad, también distrae de la tarea real del "artista".
Los impulsos que llevan a mover una clava, o una pelota, o un bastón y revolearlo por el aire, no hablan más que de un cuerpo luchando contra fuerzas que lo retienen, y eso es siempre poesía. No se necesitaría, tal vez, generar una falsa "teatralidad", o personajes(que muchas veces tampoco se necesitan en el teatro) inevitablemente desvariados y locos. Es apelar a cotidianizar algo que no es cotidiano, luchando quizás con las imágenes que el propio circo posee de por sí. Sería como creer que al circo no le alcanza con ser circo, y en el mismo acto de querer darle vida, estar dándole muerte.
Por último, como cereza de la torta, el número final del espectáculo era con clavas blancas, un elemento de lo más tradicional, tal vez, pero realizado por todos los artistas con una destreza asombrosa, entre varios pisos, y con una concentración formidable. La energía que se generó fue acumulada de tal manera que al terminar, los artistas se juntaron en el centro, y como si se sacaran una máscara, pero sin hacer casi ningun gesto, simplemente miraron al público, con sus rostros relajados, sus rostros desnudos, mostrando quienes eran después de todo esto.
Nada más que pancitos, como todos.

miércoles, 1 de junio de 2011

Letanía y lamentaciones de un triste poeta enamorado

En una noche nebulosa,
en que la mano
atenazada del frío
implacable
me estrujaba las costillas
despiadadamente,
pensaba sobre la forma
cíclica y arritual
que han adquirido
mis costumbres
amorosas
en los últimos años.

Decir últimos, es decir
todos los que vinieron
después del primero.
Destaponé la imagen
de un fracaso tras
el otro(aunque no sea
tan necesariamente
así, puesto que siempre
me tomé un pequeño
frasco de fracaso
entre un fracaso y el otro).

Si se me permite,
debo entenderme,
debo decir,
de una manera
absurda. Negando
lo que deseo
para obtener
lo deseado.
Y el tiempo muestra
que esa ilusión de ser
(que sí, a veces me pasa)
un ángel, de ser
deseado, no es
otra cosa que una ilusión,
en cuanto se trata
de tocar con la mano

de ángel a un verdadero
ángel, que establece
su cualidad ontológica,
negando lo que no es.

Y hay que arrancar
ese deseado amor,
que por ser deseado,
nos está vedado, 
y negado,
ese objeto que parecía
parte de uno. Hay
que eliminarlo duramente,
como se arranca
un miembro
gangrenado.

Y no duele, porque lo muerto
ya no duele, porque lo vivo,
no se queja. Y el tiempo vuelve
a pasar. Y somos cangrejos.
Y el miembro
gangrenado, empero,
no crece. No crece.

Pero la ilusión
de tener todas
las partes
de nuestro
cuerpo,
se hace tan...
irresistible.

Y pensar que podemos
ser uno
(sin ese fracaso
que no queríamos),
que podemos
ser, no tiene 
otro sentido
que el de vivir,
amasando un
bizcochuelo,
sonriendo,
con forma de miembro
arrancado,
para la próxima vez 
que nuestro amor nos hiera
con un filo sin mango.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Carta extraviada a un primo en Cuenca

Querido Nicanor:
                           ¡Hola, primo! Ante todo, quiero decirte que se te extraña inmensamente, como si el tiempo pasado entre cada segundo de los que te fuiste hubiera sido un año. Por supuesto, no nos veíamos tanto cuanto estabas acá, pero los kilómetros de por medio eliminan esa sensación de que nos podemos ver en cualquier momento, y que no lo hacemos simplemente porque lo podemos hacer en cualquier momento, éste u otro.
     No es mi intención ponerme nostálgico, Nico, simplemente quería saber cómo andabas, qué era de tu vida. Sé que hemos estado distanciados los últimos diez años.  La vida es así, medio puta. Ni siquiera me enteré cuando te fuiste. Pudiste haber avisado, garca. Si el tiempo nos fue separando, la vida construyó paredes en esa separación. En fin, sigue el camino, el tren no se detiene, y las opciones se van limitando.
     Uno va descubriendo que lo que pensaba que quería hacer no es tan fácil como parecía, lo sé. Pero no hay que frustrarse, Nico. ¿Por qué? El éxito y el fracaso pueden ser tan relativos, si tan solo sabemos que lo son. Por supuesto, te quiero muchísimo, y a esta altura, sabrás que no pretendo que leas esto. El pretender que le lean a uno lo que escribió, es pura y prístina soberbia. Ni tampoco quiero que te importen las cosas que me pasan, por lo que no abundo en detalles. Sería presuntuoso y estúpido pensar que a alguien más que a nosotros mismos le importan las estupideces que hacemos con nuestras vidas.
     Estoy viviendo cosas interesantes, la vida me lleva de la mano, y ya no me arrastra desde las muñecas. El furor y frenesí que vivo, no se comparan con el furor y el frenesí que llevo en el alma, que se alborota, empujando toda pared que interpongo como resguardo para mí ego idolátrico. Claro, no soy exitoso en el sentido más convencional de la palabra. Pero sostengo con mis brazos y mis hombros(y los brazos y hombros de quienes me acompañan) toda una estructura fútil de actividades innecesarias que me construyen como un ser dedicado a una actividad sin sentido. Es decir, me estoy haciendo hombre.
     Y creo que eso me hace un tanto feliz, como empujar una puerta que se vuelve a cerrar, del otro lado de la cual hay una bella esperanza, que no alcanzo, porque la puerta se vuelve a cerrar. Pero los colores, los olores, el aire que se estira hacia mí cada vez que la madera cruje un poquito y cede antes de volver a cerrarse, eso me obliga ineluctablemente a volver a abrirla. En algún lugar, más allá del arcoiris, hay un lugar del que escuché en una canción de cuna, donde los sueños que te animás a soñar, se hacen realidad. Si los pájaros vuelan sobre el arcoiris, ¿por qué? ¡oh! ¿por qué no puedo yo?
     Y no quiero de ninguna manera empañar eso con nada. Eso explicaría mucha de mis actitudes, pero lo juro, no sé si ésa es la explicación. Tal vez simplemente soy un idiota. Un idiota dulce, tal vez como una bola de fraile o una chocolatada con churros, pero un idiota al fin, como una bola de fraila o una chocolatada con churros.
En definitiva, Niquito, espero que estés gozando del amor de la vida, aunque la vida nos haga gozar a veces de maneras que no queremos o entendemos.
Te adoro, primito, aunque no te lo quiera decir.
Que el camino te dé placer, porque la llegada, de seguro, no te la va a dar.
Paz.

Jasón

PD: Gracias, Pancito, por este espacio.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Reflexiones sobre el fenómeno coral: Overtura

Empecé a cantar casi por accidente, por esas cosas que uno nunca logra entender. Era joven y tonto, y tomaba con literalidad toda recomendación. Todo me parecía interesante(tal vez soy aún un poco joven y bastante tonto). El pío pío de los cantantes siempre me pareció absurdo. No logré nunca entender lo interesante de la música cantada. Mi sensibilidad nunca fue buena. Mejoró con los años, con la soledad y con la compañía.
Claro, claro, no siempre se mejora. A veces se empeora. Tal vez sea ahora un poco más aburrido. Un poco menos flexible. La vida no siempre nos trata tan dulcemente como quisiéramos. "Era muy largo, después lo  leo ". Ya para nada tiene tiempo la gente. Ni para complacerme, ni para obsecuenciar conmigo.
¿Cómo empecé a cantar? La verdad, quizás, haya sido siempre cantante, sólo que no lo sabía hasta que alguien me lo dijo. Aunque, no lo puede definir con claridad mi mente aún, pero lo percibo sutilmente, el escribir es cantar. Escribir, siempre escribí. Como un entrenamiento para cuando tuviera que cantar.
Superponer mi voz junto con otras, junto al director que exige, al espacio vacío del público expectante, después de haber superpuesto mi voz junto con otras al espacio vacío del director que exige. Y sentir el vacío de la propia voz y el temblor de la inseguridad y el miedo de cantar. "A ver, ahora vos ". Claro, claro, no siempre se teme. Muchas veces se disfruta. Como el encuentro, que es en definitiva el objetivo, aunque uno no sepa cuál es el objetivo.
Y, de hecho, durante años no supe cuál era el objetivo. Puedo incluso estar equivocado ahora sobre el objetivo. Pero nunca pude dejar de hacerlo. Y no puedo tampoco ahora. "¿Qué cosa? ¿El estar equivocado?" También. Jasón ya se vuelve irritante. Suele dejarme herido en el ego con sus descubrimientos sobre mi ego.
Primero uno, luego el otro, varios al mismo tiempo, silencio, fortísimo, fortissimo, pianissimo, en un movimiento confuso y alborotado o absolutamente sostenido y lírico, que no se puede explicar de otra manera que con un gesto de manos. O tal vez sí se puede, pero seguramente la comprensión sería limitada, como explicar el canto de un pájaro, o la caída de agua en una catarata, o un amanecer con el amado ser.
"Canten ",dijo, y cantamos. Sonrió. "Ahora, canten como les gustaría escucharlo, como les gustaría que alguien lo cantara ". Claro, es genial, apelar a la responsabilidad estética y creativa de 30 personas cantando al mismo tiempo. Es tonto, es inútil, pero, ¡ah!, es bello. Claro, claro, me dirán que si cada una de las 30 personas cantara como le gustaría escuchar, y las 30 tuvieran vidas distintas(cosa más que segura) y gustos distintos(MUY probablemente), la cosa nunca coincidiría. Pero no, nada de eso. Resulta que la cosa marcha pa'delante. Resulta que sí funciona. Por supuesto, habrá que ajustar criterios. Pero la meta no son los criterios. Esos criterios son un medio para lograr la vida espiritual en el arte. Una vida en particular, no general, es cierto, pero vida al fin.
Como en la vida, donde los grupos de personas sólo logran sostenerse cuando los integrantes son coherentes y consecuentes con las propias ideologías, sean o no coincidentes con las del grupo. La honestidad intelectual y moral (redundancias, creo yo), ineluctablemente, son necesarias en cualquier condición, aunque conlleven muchas veces contradicciones inexplicables.
Como el pan, que sólo es pan si la harina es harina y el agua es agua.
Absurdo, ¿no?

miércoles, 11 de mayo de 2011

Reflexiones sobre la fenomenología coral: Coda

Cuando uno se comienza a despedir de algo, de un momento, de un ciclo, de una época, de una situación, sucede comúnmente que la nostalgia hermosa de lo que nunca fue parece teñir todo de un hermoso rosa pálido, con una suerte de romanticismo idiota, casi ciego, en el que suele descubrirse un lagrimón que roza los costados de la cara, o al menos, retiembla tímido en las ventanas del primer piso.
¿Cantaste alguna vez en un coro? Lo recomiendo. Es una experiencia... diferente. Por supuesto, como todo hecho artístico, para el artista suele ser mucho más que meramente un hecho artístico. Es una experiencia vital. Si no, no es un hecho artístico. Pero para aquél que no se concebía como artista previo a la realización, suele ser un transformador, un catalizador de cosas que dormían inofensivas, las cuales suelen despertarse lentamente, disimulando interés. ¿Qué tanto puede uno volverse competitivo, infantil, arrogante, juguetón, distraído? Pareciera no haber límites, incluso en una situación en la que la mente necesita despertarse a pesar de sí.
El fenómeno coral se remonta a siglos antes de que existiera la noción de canto coral. De hecho, no creo que decir coro se refiera a un fenómeno exclusivamente sonoro musical. Se aplica a la narrativa, al cine, al teatro, y a miles de otras situaciones. Puede uno viajar en auto por una autopista y, prestando atención, descubrir un fenómeno coral. Por supuesto, suele a veces haber desafinaciones que se cobran extremidades, órganos y, por supuesto, estertores. De hecho, el fenómeno coral automovilístico necesita de un estudio más detallado por parte de los especialistas idóneos, siendo, como es, una importante causa de muerte en la Argentina.
Según el Cementerio de la Real Academia Española, la palabra coro tiene unas 16 definiciones que gozan de una generalidad absoluta como “conjunto de personas que cantan”, o antónimo de la palabra danza. Muchas de ellas son referidas a cuestiones religiosas de índole católica, siendo como es, el fenómeno coral, de una gran elevación espiritual en su manifestación y su impacto sobre el que observa. La religión observó esto y supo hacer uso de este magno efecto, con fines más o menos cuestionables. En general, y esto es lo interesante, la mayoría de las definiciones están relacionadas con el hecho colectivo artístico, de manera directa o indirecta.
Absurdo o no, ésto hace que lo coral, pueda ser relacionado con lo teatral. En muchas maneras. En primer lugar, el fenómeno coral carece de sentido si no se piensa como un evento de encuentro efímero circusntancial y contingente. Incluso en el caso de una filmación o película o cualquier otra realización no perecedera, el evento coral se produce y rearma en la imaginación del espectador, último componente de la formación del efecto coral(y teatral, claro).
Mi obsesión por lo teatral parece no tener límites, lo acepto. Pero no me da miedo decir que lo que realmente me obsesiona es la vida. ¡Por el Barbudo, si pareciera que las calles son obras de teatro, día a día! Y si puedo añadirlo, obras de teatro con un alto grado de incidencia coral.
Un director amigo dice usualmente que lo primero que sucede cuando se convoca un coro es la división de roles: salita verde, salita rosa. Y sí, se pierde la noción de la madurez, se quiere disfrutar y divertir aquél que encuentra en el coro un momento lúdico de esparcimiento, enmarcado en una situación de un nivel de dificultad atractivamente paradójico. El evento coral requiere de un conjunto de gente con un nivel de atención mínimo indispensable dedicado exclusivamente al hecho en cuestión, que suele ser insuficiente en las primeras etapas y luego ir mejorando gradualmente con los años. Depende mucho también del efecto logrado, la estabilidad y continuidad de los integrantes, así como también de la preparación de la indispensable parte encargada de la coordinación del grupo.
Una de las funciones despedida de uno de los coros en los que participaba, deseaba sacar una foto del total de grupo que participaba(alrededor de unas 120 personas), lo cual resultaba inconmensurablemente difícil, incluso de convocar, ya que elevar la voz sobre esa cantidad de gente y obtener al mismo tiempo una sonrisa en la foto son cosas prácticamente incompatibles. Pero fiel a la creencia de mi amigo, les canté una canción que solía cantarme mi maestra en el jardín: “la lechuza, la lechuza, hace sshh, hace shh”. Juro sobre la tumba de mis antepasados que el resultado fue mejor de lo esperado y de ninguna manera pasó inadvertido. La foto es.
Una vez que se está dentro del fenómeno coral, cualquier situación se hace parte de la totalidad. No se puede escapar, es inevitable, como la muerte. No hay fenómeno colectivo que pueda sustituir o eliminar la necesidad de lo individual. Muy por el contrario, se nutre de ella. Y en los fenómenos corales, las individualidades son de lo más variadas y excéntricas. Hay quienes participan durante años, o incluso durante toda la vida, rotando entre diversos fenómenos corales, de distinto género, lo que produce sin lugar a dudas, una sensación de enorme satisfacción. Hay quienes le temen, quienes se disgustan, quienes lo rechazan y quienes se casan con el fenómeno coral.
Por último están quienes no lo han experimentado en ninguna de sus formas y lo prejuzgan, como algo ridículo(¡ah, qué teatral lo ridículo, que exquisitamente teatral!) o demasiado sofisticado, o tal vez alejado de lo aprehensible por la vida burguesa. Lo que resulta extravagante es quien no lo intuya o presienta como una presencia real, o metafísica, que puede manifestarse en todo momento y todo lugar.
Casi como el cuco o el Barbudo, o el pan nuestro de cada día.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Corazón de vidrio

No hay cambio en el arte creado, si no hay cambios en la vida de quien lo realiza.

La vida. La vida suele sucedernos. Solemos dejarnos acompañar del brazo por los hechos que la realidad nos propone. Somos cortesanos de algo más grande que nosotros. Suelen empujarnos con una mano en la cintura hacia destinos que no conocemos(y no podemos conocer). Tenemos los talones sostenidos por la mano cruel del tiempo, que no nos deja retroceder un centímetro, un milímetro. El tiempo, que nos toquetea, nos manosea, nos estruja y retuerce, para dejarnos después apoyados con las dos manos frente a un espejo, mirándonos como obra de arte en composición, y descomposición.
Pero, a pesar de todo, nos acomodamos, logramos adentrarnos en ese mundo simbólico de la mierda. Ese universo poético de la opresión y la angustia, que quién sabe nos convenció de que puede servirnos para crecer, para desenvolvernos. Y suele ser funcional a los propósitos de este Caos, de este vacío que tiene que llenarse. Nos acomodamos, y se nos hacen cascaritas, se nos cicatriza la piel por todos lados, y nos ponemos duros, recios, abotonados, empilchados, enmarcados. Nos ponemos bonitos, nos ponemos. Y el cuerpo se va apisonando, y nos transformamos en un lindo compost de sentimientos inconclusos, en el que incluso la sonrisa se hace bonita, se estira. Y nos cuesta reírnos, nos cuesta todos los días un poquito más. Y nos duele el cariño y nos aterroriza y da pánico el amor(si, en castellano, el cariño es una versión bajas calorías del amor). El afecto(que vendría a ser como una galleta de arroz del mundo de los sentimientos) nos puede llegar a tranquilizar como un sedante suave, como un laxante suave, como un licuado de zanahoria y espinaca. Nos ponemos bonitos, nos ponemos. Y la ropa sin agujeros, sin ventilas, y el aparatito para escuchar música y el aparatito que nos compra la felicidad en red. Y la red, que evita que caigamos. Y abajo, ¿qué habrá?
Nadie recuerda ya, o casi nadie, al menos. Cuando era joven y hacía un taller de teatro en la ciudad pueblo en la que vivía, el padre de una compañerita de ese taller me dijo: "los actores son la reserva moral de la humanidad". Buah. Este hombre parecía un poco alcoholizado. Un poco. Me dio la impresión de que hablaba en serio, por la seriedad con la que lo decía. Y casi me ofendí, casi no siendo, como casi no lo era, casi actor. Pero me gustó la idea de que se pudiera extender esa nostalgia a todo el mundo de los artistas. 
Leyendo a un señor S*********** descubrí que hablaba de un "estado de ánimo creador". Es un momento en que el artista está más propenso a inspirarse. Este señor S*********** sentía un inmenso terror a la ausencia de talento, y trató de desarrollar un Sistema para que todos pudieran desarrollar ese "estado de ánimo creador" que, según él, en los grandes genios del arte, se daba de forma natural, a voluntad del ánimo de ellos. Por supuesto, es ilógico pensar que apuntaba a reemplazar el talento, simplemente trataba de desarrollar una sensibilidad, un sentido estético no basado únicamente en convenciones y formalismos, en clichés y lugares comunes a los que cualquier genio doméstico pudiera llegar. Un sentido de la belleza que pudiera ser encontrado por un alma dispuesta y con voluntad. Lo que un amigo llama sentido de la conciencia artística.
La moralidad, por supuesto, no entendida como un hecho pragmático concreto ineludible e impuesto por una inconsciente ajeno al individuo, que se masifica en el bien y el mal de las multitudes; sino mejor vista como una conciencia de soledad, de ausencia de vínculos, ante la cual el artista tendrá que esforzarse o abandonarse en diversas direcciones. Porque tomar conciencia no es un acto abstracto, separado de una modificación trascendental del ser que, consciente, descubre que piensa, luego, existe. La moralidad es un registro que se produce en el cuerpo, de la percepción de agrado y desagrado, como el nene que juega y descubre que las reglas del juego que eligió le gustan o le desagradan, así como los eventos que se suceden en el transcurso del juego, que se imponen con la rotunda invariabilidad del suceso temporal, pero con la flexibilidad de los hechos, que nunca son invariables.
Y de ahí en más, descubrir en cada rayo de sol atravesado por polvo volátil, y ácaros alergenos; y en cada noche en que la Luna se aterciopela con nubes suaves; y en cada gota de lluvia en la venta grisácea; y en cada brisa sobre los pómulos resecos; y en cada par de ojos celestes(o incluso mejor, en cada uno de esos ojos); y en cada sábana revuelta con amor húmedo y vapores de elevación espiritual; y en cada hoja seca y descolorida, o marrón y fragil; y en cada silencio que tanto dice; y en cada paso triste con la mirada en el piso; y en cada lágrima innecesaria; y en cada lágrima necesaria; y en cada lugar común que parece ceder y perderse en las páginas de la guía telefónica; y en cada teléfono perdido; y en cada susurro; y en cada nota de color en cada relieve de cada baile; y en cada verso trillado y gastado que no podemos dejar de repetir; y en cada gota de lodo sobre cada diamante; y en cada vacíofrágilyausentevasodeaguaquepensabanotomar; y en cada voz quebrada con la ausencia; y en cada charla que termina con un yo distinto del que la comenzó; y en cada niño tronado; y en cada roce de un labio sobre otro labio; y en cada niño que llora sobre los hombros de una multitud que aplaude; y en cada caída; y en la repetición de todo lo anterior; y en lo imposible de su repetición; y en el abrazo perdido, y reencontrado, o tal vez nunca reencontrado; y en la luz del sol a la mañana y a la tarde; y en cada momento en el que es imposible seguir respirando como si nada estuviera sucediendo.
En todo eso, descubrir que se tiene una pequeña cascarita en el alma que se acaba de caer, quién sabe en el roce contra qué, y que no puede ser, pero es. Y no entender, y tocarse la cascarita, y descubrir la piel suave, que espera sólo suaves roces de ahora en más. Y ver, como oráculos de oropel, que el futuro promete nuevas cascaritas sobre la ya formada y también en otras partes del alma que se acobarda. Pero no, es otra cosa lo que se decide. O al menos se intenta decidir, poniendo el objeto de la creación por delante de uno. Y se pone interesante la cosa, porque ya todo se transforma en problema creativo.
Una pavada, ¿no?

miércoles, 27 de abril de 2011

Pan con pan

J: ¿Qué te gusta más, la música o el teatro?
A: ¿Cuál es la diferencia?

Sin tratar de definirlo en breves palabras, ni en extensas, dado el caso de que sea imposible definirlo, diría que lo teatral en cualquier situación es su cualidad de encuentro, de cruce. Su cualidad de intersección coincide con la definición que se hace del teatro como situación artística(si tomamos la definición más tradicional del arte como medio, como algo con cierto nivel de realidad). Tomando como base éstas afirmaciones tan generales, cualquier evento que se desarrolle como un evento en presente tiene algo de teatral, y por lo tanto, algo de artístico. Siendo así, llegamos al punto de concebir la idea de la vida como situación de arte. Absurdo, ¿no?
Tuve la suerte de enterarme de una obra de teatro llamada Julieta y Julieta. No tiene nada de interesante ese nombre, a menos que se agregue el nombre de Shakspeare a la ecuación. Es decir, si se añade la perspectiva de que esa Julieta, es "la" Julieta. Pero, ¿y la otra Julieta? Bueno, es "la" Julieta. No, no, de ésa Julieta ya hablamos. Claro, de la otra Julieta te preguntaba. Es "la" Julieta. Pero, entonces, ¿son "Las Julietas"? No, esa es otra obra. Son Julieta y Julieta. Ok, perdón, a veces pierdo el hilo de las conversaciones.
La obra, según la propia directora, es una adaptación a un ambiente skater de la obra del autor Inglés, con el añadido de que el amor trágico no se da entre un Romeo y una Julieta, sino entre dos Julietas, las cuales tienen sendos grupos de pertenencia en rivalidad definida.
La idea suena interesante, y de hecho, debo admitirlo, tuve que rogar en la boletería me vendieran entradas, ya que la función estaba llena. Sin entender por qué, lo volví a invitar a Jasón, mi buen amigo, ése que tanto parece que detestara(aunque lo quiero, en el fondo, muy en el fondo, lo quiero), pero lo increíble,  fue que me dijo que no tenía ganas de ir. Y me dio un papelito. "¿Qué es esto?", le pregunté. "Una lista de problemas que una adaptación así, nunca va a poder solucionar".
Transcribo a continuación la lista:
1. ¿Por qué dos mujeres? Jasón me dijo que no explicara lo que quiso decir con ésto. Pero me pareció graciosa la explicación que me dio. Fue escueto al principio, y me dijo: "¿Por qué no dos hombres?" Es lógico. "La sociedad siente como algo mucho menos marginal una relación amorosa entre dos mujeres que entre dos hombres". Por supuesto, no quise entrar en la definición de qué  es una relación amorosa, teniendo además el estereotipo de Romeo y Julieta por detrás de nuestra conversación, pero es curioso notar que incluso el nombre "Romeo y Romeo" hubiera sido quizás más evocativo del trabajo de Sheakspeare, siendo, como es, un nombre más fuera de lo cotidiano en el inconsciente colectivo, que el de Julieta. Puede ser verdad que el choque producido por una relación entre dos Julietas sea menor que el producido entre dos Romeos. Será que la sensibilidad femenina a la que siempre llamo da otros permisos a las mujeres que los que los hombres(en su concepción de sentido más tradicional) tienen. Por supuesto, toda obra refleja en mayor o menor medida el espíritu de quien la emprende, y todo termina, en última instancia, siendo una decisión, más o menos arbitraria.
2. Elección o aceptación del grupo de pertenencia.
3. Rechazo del grupo de pertenencia.
4. Relación entre el deber y el querer.
Romeo no decide ser un Montesco, no lo elige entre las opciones que le son dadas, aunque tampoco lo rechaza en un principio(y después se hace claro que rechazarlo es una cuestión de importancia para él). No se supone a priori de ninguna manera el hecho posible de que un grupo de pertenencia elegido tenga la fuerza de una familia impuesta por el destino. Romeo no elige ser un Montesco, así como Julieta no elige ser Capuleto. Es el destino el que los pone en veredas opuestas. Y el sentido del deber de ambos es fuerte. Si no fuera así, el amor que los lleva a romper con todo ese deber no tendría ni una cuarta parte del poder que tiene. Para romper un hilo delgado, se necesita mucha menos fuerza que para cortar una gruesa soga.
Lo mismo, en relación a las muertes producidas por ambas familias en medio de la historia de amor. No son sicóticos asesinos que necesitan estar asesinando gente todo el tiempo. El sentido del honor y del deber los conduce a la irracionalidad de tener que aceptar como un orgullo haber cometido delitos que les producen dolor y pesar.
Es en ésa relación entre deber y querer, entre destino y albedrío, que la relación de Romeo y Julieta tiene sentido. De ésa manera, le es arrancada a Romeo la frase "Ni uno ni otro, hermosa doncella, si los dos te desagradan", al pie del balcón, cuando Julieta le pregunta si es "Romeo y Montesco". Es en ese marco donde se hacen interesantes los encuentros entre los bandos, según Jasón.
5. Símbolo de la autoridad.
Es difícil representar el sentido de deidad que inspira el príncipe de Verona. Es casi imposible entenderlo como una fuerza casi capaz de enfrentarse a las fuerzas del Cosmos, y lo que eso representa dentro del drama.
Llegando a éste punto, dejé la lista que Jasón me había dado. Me pareció que merecía un estudio largo y detallado. Jasón entendió mi punto de vista, y me deseó una feliz función. Por teléfono, me pareció sentir un dejo de ironía en su voz.
Viendo la puesta, pude descubrir que lo que Jasón decía tenía en parte razón. Por supuesto, siempre de un modo discutible. Me llamó la atención descubrir la claridad con que la puesta parecía hacer propuestas de diálogo. La problemática homosexual es casi nula en la puesta(lo que me parece bien y mal, siendo, como es, algo que no debería existir o al menos, que tiene una existencia ridícula e irracional, como toda xenofobia, pero tan concreta como el día y la noche). De todas maneras, lo que más sobresale como relieve alterado frente a la llanura de lo cotidiano es la claridad con la que se producía una conexión entre el público y la obra.
Algo tan sencillo como una emisión clara de la verbalidad y actuaciones discretas, no necesariamente arrancadas desde una pasionalidad desenfrenada y amorfa, logran encontrar un eco en el espectador.
Es ese encuentro tan sencillo, que no tiene pretensiones de emocionar hasta el hartazgo a través del despliegue de una pasión tensa y áspera, el que logra en el final(que está cambiado, y no respeta la fuerza del original, lo que es un atrevimiento refrescante) arrancarme un lagrimón, y una comprensión de cosas que no entendía, y que realmente no puedo poner en palabras. Lo juro.
Es loco, eso de no tener palabras, con todas las que pensé que me sobraban.
Ave, William.