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miércoles, 30 de marzo de 2011

Paisaje I


La arena corre carreras con el viento, tropezando con los pies de la gente en su recorrido intempestivo.
-Gordi-dice él- me está entrando arena en la raya.
-Amor-dice ella- me parece que tendríamos que ir yendo.
El mar se revuelve, todo marrón, convulsivamente, acariciado por ese viento que corre.
-Ma, ¡quiero choclo!- dice una niña.
La economía de todo el distrito pende de este hilo tan frágil. Las plantaciones de maíz de las zonas aledañas a la costa marina, las cuales son las más grandes del país, de latinoamérica, y, si nos descuidamos en la observación, del mundo; necesitan de ésta compra tan pequeña, tan delicada, pero no insignifacnte.
-Ma, ¡quiero choclo!- y el cansancio materno logra revivir una economía, al menos parcialmente.
Y el viento sigue corriendo, arrastra en su curso rodelas de madera, monedas impracticables, no funcionales, cilindros achatados de colores(todo tiene colores). Cilindros achatados que también corren carreras, como el viento y la arena, pero que no sólo corren, sino que imitan a la gente, estos cilindros. Imitan a la gente, y se apelotonan, o podríamos decir, se atejonan, se arremolinan, como el viento, y como la gente, alrededor de un tejín. Y hay distintas carreras, unas más humildes, con cilindros tranquilos, irreverentes. Otras más profesionales, con mangas para medir el viento, canchas móviles, armadas con hilos de albañilería, y tejos pesados con balanza electrónica para comprobar sus características y su idoneidad como elemento de esta noble arte deportiva.
Las nubes se confunden con el devenir del aire sacudido, y las paletas y las pelotas se suman a la lista de deportes que demuestran lo absurdo y terrible de la propia existencia. Pegarle a una pelotita con pasión, furia, deseo, y energía, sin contar, sin medir, sin reglamentar. Simplemente tratando de conjugar con el otro en un equilibrio de dificultad y posibilidad.
Y el yodo, el yodo, que la brisa mueve sobre las olas dispares, sobre las olas frías, pero no tan frías como la brisa, como la brisa que el yodo mueve, como el yodo que baila sobre la brisa, pero con las olas.
Y los arboles berlineses, de donde caen los churros, parecen estar dando ingente cantidad de frutos maduros, dulces, y apetecibles, frutos que parecen querer ser capturados, andando en bicicleta y aclamándose impetuosamente, vociferando la dulzura de sus propios dones.
-Amor- dice él- está confirmado, tengo arena en el culo.
-Gordi- dice ella- cuidate, te estás quemando.
Y la náusea de correr contra el viento y contra la arena una competición que se siente posible de ser ganada. Y querer que el viento y la arena corran más rápido, porque no nos alcanzan. La arena húmeda que quiere volar, pero está adormilada, acariciada por los pies dorados y brillantes que la ignoran al pasar.
Y otros deportes incomprensibles, y llenar el tiempo con construcciones que desean ser destruidas, que deseamos ser destruidas. Y el impulso inexplicable de dar forma a la arena húmeda que acabamos de ignorar, sobre todo ignorar. Y lo que acabamos de crear, que se yergue impune y poderoso, como ignorando el suave aire que lo circula y lo erosiona cándidamente, cariñosamente, dulcemente.
Y después de entrar a un baño, en un espigón que desea ser abandonado, o debería estarlo, después de caminar semidesnudos(y sí, hay que saberlo, se está semidesnudo) caminamos largo rato, caminamos tendidos. Y miramos a ambos lados, miramos a todos lados. El horizonte parece acercarse, caminar al lado de uno, parece no querer entender que no se puede mover, que no tiene que moverse. Y las nubes, esas acompañantes tan elegantes, a pesar de su sobriedad gris, le tienden los brazos, sensuales, delicadas pero cargadas de tanto sexo, apoyan sus pechos abultados en los brazos del horizonte sin experiencia, novicio principiante. El horizonte entonces nos guiña su ojo amarillo, y nos movemos, deteníendo la marcha que la inercia proponía, y giramos el cuerpo hacia la línea lejana y nos movemos, y caminamos.
Se nos mojan los pies, pero nos detenemos después, nos detenemos mucho después, después de haber caminado un sendero solo de pena y silencio. Y la espuma nos peina las pestañas, calientes por los guiños de un horizonte tan cambiante, tan ilógico.
Y nada más, nadamás.

martes, 22 de marzo de 2011

Talentofilia

Probablemente sea una obviedad, pero creo que he vivido una mentira. Mi arrogancia me condujo a pensar que sabía qué era el amor. Supuse que era algo palpable, simple, perceptible a flor de piel y con lepidópteros en la zona gástricoventral. Pero no, pero nada de eso. Resulta ser que ahora quiero conocer nuevos amores, para contrastar con los ya investigados.
Conocí Babilonia, recientemente. Viajé con mi amigo Jasón, de nuevo sin saber por qué. Pero claro, siempre sus revelaciones suelen ser enriquecedoras. Tuvimos que entrar en una sala rara, parecía la cocina de un hotel o un garage, o tal vez un salón de conferencias, o un patio interno. Cosas colgadas en el techo hablaban de otras actividades que se realizaban en el lugar: cosas circenses, cosas coloridas.
Y comenzó una música suave, y comenzó a atenuarse la luz, y comenzó. Por supuesto, genera expectativas escuchar música en un idioma que no se reconoce, y ver un espacio vacío que se va llenando, y lugares que se comienzan a ocupar. Y resulta que ahí me miró Jasón y me dijo por lo bajo: "¿Ves? Están pensando en mí." Supongo que se refería a que se estaba teniendo en cuenta el deseo del espectador de encontrar belleza nueva y no vista, belleza desconocida, si puede esto evitar ser un oxímoron.
Entonces empezó algo medio inexplicable, algo que parecía no tener mucho sentido. Y no sé si después recuperó ese sentido. De hecho, no me importa mucho si tuvo sentido. Entendí la historia, aunque no me pareciera tan necesario que eso sucediera. Jasón me dijo, sin embargo, que le hubiera gustado que tuviera un poco más de relieve la anécdota principal de la historia. A mí no me importó demasiado, realmente. Gente entraba en la luz tenue, con valijas caminando casi cabizbajos, como pidiendo permiso.
La visita fue rara, por momentos entendía mejor, por momentos no lograba capturar las palabras, que se escapaban en la acústica del lugar. Jasón incluso llegó a pensar que el problema era cuestión de falta técnica en los actores. Dijo que si algunos se escuchaban y otros no, es porque algunos hablaban bien y otros, no.
Pero lo importante fue el amor. El amor con que se impostaban acentos, se recreaban posturas, rictus, bailes, canciones. Y el amor con que se creía en lo hecho. Jasón es complicado, no me canso de decírselo, no me canso. Y debo decir que no soy el único que se lo dice. Me explicó extrañamente su amor por las actrices(y me pareció también entrever que también ama a los actores), dilucidando en palabras que lo importante no era el personaje, ni el actor, era exactamente el aire que había entre la cara y la máscara. "Es todo complicado, es muy complicado", suele decir Jasón, y ésta no fue la excepción. "¿Y entonces?", pregunto normalmente ofuscado, como lo hice esta vez. "Entonces... es muy difícil vivir", contesta. Y ambos nos reímos.
Luego, discutimos un tiempo. Nos debatimos entre dos posiciones no necesariamente irreconciliables: la postura dramática y la postura espectacular, por darles nombres arbitrarios. Supongamos a la postura dramática como la más cercana a la postura operística, un punto de vista virtuosístico y complejo. Y la postura espectacular como un ángulo de ciertas superficialidad y banalidad no criticables. Me obligó a comprometerme a publicar un artículo sobre esas tendencias, pero me pidió que hablara de la hermosura del talento.
Pero no se puede hablar de algo que es tan inasible o al menos no hoy, no ahora...
Eso, y tal vez otra cosa, tal vez mañana.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Contemporánea


-Lo del progreso en el arte son tonterías archisabidas- dijo Etienne-. Pero en el jazz como en cualquier arte hay siempre un montón de chantajistas. Una cosa es la música que puede traducirse en emoción y otra la emoción que pretende pasar por música. Dolor paterno en fa sostenido, carcajada sarcástica en amarillo, violeta y negro. No, hijo, el arte empieza más acá o más allá, pero no es nunca eso.
Una amiga muy querida, pianista de excesivo talento, si puede ser que sobre de eso, invitónos a mi amigo Jasón y a mi a ver un concierto en el que participaba. Contra toda expectativa, aclaró que la música que tocaban era Música Contemporánea, así, con mayúsculas de definición conceptual. Por supuesto, esto predispuso bastante mal a Jasón, quien es intolerante por antonomasia. O, al menos, mucho menos tolerante que yo con aquello que no termina de seducirlo.
La noche fue hermosa, a pesar del clima impertinente, indeciso e inquieto. Quienes, poco avezados en el cercano Otoño porteño, decidieron salir sin abrigo por el calor que supo hacer por la tarde, sufrieron un poco el frío de la noche, como Jasón, quien maldijo su atrevimiento y osadía. El teatro, un subsuelo bien hermoseado de una calle del Abasto, se portó bien y nos recibió humildemente, pero no sin algo de petulancia exclusiva. La iluminación muy amarilla, los adornos en las paredes, la escalera modesta, y las "puertas"(o placas colgantes) de aluminio con el cartel verde encima, en la entrada que se encontraba entre la rececpción y la sala de concierto, daban un algo de Contemporáneo al clima de lo que esperaba el público. El público, variado en edad, apariencias, relaciones con los artistas. Los artistas, como aparecían en los programas, también variados: desde grupos ignotos, en gestación, hasta gente que evidentemente ya contaba con cierta experiencia en el ámbito de la música Contemporánea, y otros con muchas aspiraciones de arte(sisí, de arte, no pensemos mal). Para Jasón, los nombres como Deus ex Armonium, Magnum Rerum Rara Avis, Mariale Rondik Almada o cosas similares, pero no ficticias, circulaban arrogantemente en el programa de mano de este Ciclo de Música. La Música, que prometía ser muy Contemporánea, tenía títulos que Jasón transcribió de memoria como "Memorias aparecen", "Sensaciones cruzadas y mezcladas", o "¿Cuánta mala suerte puedo yo tener?". Yo estoy seguro de que contaban con más solemnidad, belleza y presunción, por lo que au contraire de lo que piensa Jasón, estaban bien logrados.
Por supuesto, pocas veces retengo los nombres de la música que leo en el programa sino hasta después de haber escuchado la música en sí. E incluso, según Jasón, muchas veces ni así retenemos los nombres. Supongo que estaba justificando su falta de memoria. Varias de las obras pasaron frente a mí, sin más ni más, sin pena ni gloria, sin pitos ni flautas. Pero claro, no había pitos ni flautas, había, sí, guitarras, un piano(que mi soberbiamente talentosa amiga tocaba con una gracia que Jasón no había notado en ella, según me comentó luego del concierto) y un saxofón tocado con un virtuosismo de locos por una chica con hermosas virtudes. Las obras eran buenas, no eran malas, y estaban bien interpretadas, o al menos así me pareció a mí. Jasón se reía un poco(bastante) de la solemnidad con que los músicos encaraban la tarea de interpretar sonidos no melódicos.
Entonces debo decir que entró mi amiga sola en escena, cosa que no esperaba, aunque Jasón me dijera que era obvio que la parte electrónica estaría pregrabada como pista. Y comenzó a interactuar con los sonidos sintéticos muy bien escogidos, en una obra que encajaba tal vez con mi vida, con la vida de ella, y seguramente con muchos en la sala, y en Buenos Aires, ciudad cruel, si las hay. Incluso pude notar algo de rabia en su interpretación, que me pareció adecuada al tema de la obra, aunque yo sintiera que venía de los sufrimientos escondidos en lo más profundo de su espíritu atribulado. Y Jasón notó un aura que me hizo observar. Por supuesto, a él no le importan mucho las personas y todavía me pregunto por qué somos amigos, pero tiene esa rara percepción inexplicable, que a veces logra transmitirme, de la energía extraordinaria de las personas. Y mi amiga, debo decirlo, tenía esa energía. Nunca la vi bailar, pero parecía flotar como un cisne blanco y un cisne negro sobre el piano, tocando las cuerdas directamente con gentileza angelical, o aporreando las teclas según la arbitrariedad de la partitura de una obra tal vez no excelentemente bien compuesta, pero que cumplió su rol de pretexto artístico a la perfección. Jasón quedó encantado con esta parte de la función, y cree que realmente fue el único momento donde hubo un aura encantada de extra cotidianeidad. Yo debo añadir que mi amiga estaba extraña y hermosamente fundida con el piano, el escenario, las luces y el público. Arte, lo que se dice.
Entonces, cambiaba la agrupación encargada de la interpretación de las obras. Y debo decir que me sentí avergonzado. La gente de la organización comenzó lentamente a correr el piano para los "Sufrimientos para 11 instrumentos" y Jasón, que se sintió agravado no sé muy bien por qué, comenzó a percutir sonoramente con sus manos en los apoyabrazos de su butaca. "¡Horror!", me dijo después, y se defendió,"Los intérpretes y asistentes me estaban ignorando después de cobrarme entrada". Por supuesto, el valor de la entrada había sido practicamente simbólico, pero el estúpidamente alto valor que Jasón le da al hecho teatral como rito-encuentro entre el artista y el público lo lleva muchas veces a cometer atrocidades socio-culturales.
Luego vino la obra de Mariale Rondik Almada o como quiera que se llame el divo compositor. Guau, qué complicada. Ok, lo concedo, virtuosismo. "Mi mente abstemia y burguesa se aburre", me pareció escucharle decir a Jasón en medio de la función. Yo por supuesto, mantuve un respetuoso silencio, a pesar de notar que no era Jasón el único que hablaba. No debo dejar de decir que a mí también me llamó la atención la concentración y solemnidad de la que disponían los instrumentistas dedicados a la interpretación de música tan ingrata. Jasón a este punto se reía practicamente a carcajadas de las caras desesperadas de los jóvenes instrumentistas, tratando de entrar en tiempo en esa obra que parecía no tener ningún tiempo, ni uno sólo desde el comienzo hasta el final.
En fin, luego vino un trío profesional, del cual no hablaré, porque ya se han gastado palabras de más en ellos.
Y a la salida, el clima del concierto, ah, el clima del concierto, ¡el clima de la salida!. Pero, en definitiva,un clima arcaico, de triunfo monumental. La gente se sonreía.
Jasón tenía un humor extraño, taciturno, esquivaba el saludo de los artistas a menos que no pudiera evitarlo. Sé que miró a la mujer de uno de los compositores presentes, con ansias, y con cara de torpe embobado. Estaba apurado por irse, y yo quería saludar a mi amiga. La despedida fue relativamente breve, y concreta. "Felicitaciones", decíase, "Gracias", se respondía. Muchas sonrisas y un gran éxito. Un Gigantesco Éxito Contemporáneo.
Y lo había sido, ¿o no?

miércoles, 9 de marzo de 2011

Examinando


Digo, ¿para qué? Realmente. ¡Realmente! ¡¿PARA QUÉ?! Muchas veces siento que es innecesario, que no conduce a nada, que sólo destruye vidas.
Pero no, tal vez no sea tan así, mirándolo en retrospectiva hasta es comprensible, quizás no enteramente satisfactorio. Pero como mínimo, explicable. Incluso ese sufrimiento, ese padecer interminable. No por eso lo justifico y estoy seguro de que seguramente debe existir otra manera de conseguir lo mismo.
Si, no puede ser que la única manera de hacer balances y evaluaciones sobre determinados conocimientos o avances en un saber, o técnica o arte, sean los exámenes.
Pero por ahora lo son, y eso es lo que quiero desentrañar, dejar de mirar desde afuera y empezar a destripar.
No puede ser, no puede volver a suceder. ¿En qué cosmos casi irreal sucede que un examen pueda producir miedo? Y me refiero a un miedo sustancioso, de esos que producen diarrea, nervios, sarpullido, comezón, pediculosis, apneas de sueño, acidez gastroesofágica, alteraciones visuales, alucinaciones auditivas, disrupciones espaciotemporales, "nomeacuerdodenadanomeacuerdodenada", trac vocal, flojedad en las extremidades, flojedad de esfínteres, flojedad generalizada, apariciones fantasmagóricas, apariciones familiares no adecuadas al momento, retención de orina, retención de otros fluidos, babeos, pérdida del apetito, pérdida del deseo sexual, pérdida del deseo de pedir 3 deseos, pérdida del cumplimiento de los 3 deseos de la torta de cumpleaños(sí, pedir 3 veces aprobar ese maldito examen con 10 es desperdiciar 3 deseos), gases, más flojedad de esfínteres, más alucinaciones auditivas, más apariciones familiares, sobrepeso, pérdida de peso, sobrepeso, pérdida de peso, angustia, depresión, jaquecas, más angustia, más depresión, más diarrea, más apariciones familiares, caries, úlceras dérmicas, úlceras gastroesofágicas, hongos, tendinitis, desgarros, glaucoma, miopía, astigmatismo, cataratas, más diarrea, y más apariciones familiares no adecuadas al momento.
Y podríamos seguir intentando descubrir por qué sucede todo esto. El por qué de esta situación en la que nos peleamos contra una escala de 10 números, tratando de subir lo más alto posible, aplastando a los otros numeritos, que caen como piedritas de la ladera de una montaña escarpada. Pero resulta que los últimos 3 ó 4 numeritos(3 ó 4, dependiendo del examen) son numerotes, son pesados, difíciles de tirar abajo. Muchas veces están incluso fuera del alcance de nuestra fuerza. Pero lo vamos a intentar, vamos a luchar hasta que nuestras fuerzas se extingan y hasta vamos a inventar mecanismos para mover esas onerosas y horrorosas piedras que se interponen en nuestro humilde camino. Pero muchas veces esos mecanismos desploman las piedras sobre nosotros.
Y terminamos con todo ese prospecto de contraindicaciones que tiene la evaluación. El proceso de dar un examen tendría que ser casi placentero. Ok, lo concedo, CASI placentero, pero no tiene por qué ser esa tortura deleznable que sentimos sobre nosotros mismos por esa presión que quién sabe qué preconcepto sobre nuestro altísimo valor como personas o nuestra gran estima de lo que tendríamos que lograr indujo a nacer en nuestra creativísima mente de estudiantes.
Tal vez, tan sólo pensar en disfrutar, y dejar que la exigencia nos sea impuesta, como un costo para poder disfrutar lo que queremos, como un peaje o eso, un impuesto a pagar para que lo que deseamos sea posible.
Nada más, ya será día de exámen.
Y tenemos que aprobar.
¿O no?

miércoles, 2 de marzo de 2011

Sol, nube, sol. Sol, nube, sol.


Como en el blog Me quiero ir, podemos sentir que no es necesario estar mal para escribir, pero algunos sentimos que es necesario escribir cuando se está mal. A veces, no siempre, sucede que uno muestre lo que escribe. Tal vez no es necesario comunicarlo, tal vez simplemente es la necesidad de expresarlo, como un medio de objetivación, logrando distanciamiento y, finalmente, excreción de la ansiedad comeuñas. Es decir, en palabras más o menos criollas, cagamos la soledad cuando la describimos.
Y bueno, como autorreferencial la escritura, autorreferencial la vida. ¿La vida es autorreferencial? Sólo podemos averiguarlo viviendo, como sólo se puede averiguar si la escritura es autorreferencial, escribiendo. Nuestra escritura, nuestra vida, no cualquiera.
Y así es que recuerdo un texto que escribí en dado momento cuando intentaba que me tomaran para trabajar como redactor de páginas web.
Ante la solicitud de realizar un escrito para evaluar mis capacidades de redacción, en el caso de estar interesado en un trabajo orientado a esa labor, me surgió, debidamente, la estereotípica pregunta: “¿un texto sobre qué?”

Y, claro, viendo la cantidad innúmera de temas disponibles, susceptibles de ser descriptos con exactitud infinitamente, siendo requerimiento de todos ellos un gran vocabulario(grande, inconmensurablemente grande) y una habilidad sintáctica, semántica y gramatical de proporciones similares; descubrí que tal vez era mejor dedicarme a un tema que estuviera más a mi alcance, pero que me permitiera, aún así, desplegar no sin suficiente modestia y humildad, ni carente tampoco de algún lucimiento privativo de mi decisión y mis aspiraciones, mis habilidades como redactor.

Por tanto, decidí hablar sobre el texto mismo que había de crear. Cosa no poco sorprendente, observo yo al escribir, sobre todo tomando en consideración que no solamente voy a estar describiendo algo que está incompleto e inacabado mientras escribo, exigiendo así al máximo mi capacidad de elucubración sobre la creación de textos; sino que además, mientras yo escriba estoy creando al mismo tiempo el objeto de mi descripción, por lo que el texto seguirá incompleto e inacabado mientras siga dibujando letras sobre el papel o pulsando teclas en la computadora.

Es decir, cada palabra, cada momento e inflexión que agregue estarán completando y, al mismo, tiempo, logrando que el escrito esté más inacabado. Se me ocurre pensar que este acto logra que, a la manera de una obra de Teatro, de una pieza musicalo o de una coreografía de baile, el acto de la escritura de este texto se convierta en algo efímero. Y me hace cuestionar el camino que ha de recorrer antes de ser leído. La pregunta reside en saber cuál es la vida de esta redacción entre quien lo vaya a leer y quien lo ha escrito.

Volviendo al tema principal del texto, tiene(tendrá, suponiendo el futuro como hipótesis, es decir, potencia perfecta y definición imperfecta, o, mejor, una nada absoluta, absurda y confusa) sus párrafos introductorios, que hablan sobre el autor, es decir, sobre mí, y también sobre sus fortalezas y debilidades, o sea, las mías. Las cuales, en definitiva, se verán rotundamente expuestas en el cuerpo principal del texto, léase los 3 o 4 párrafos siguientes.

Por último, el presente texto tendrá(o tiene, si logra completarse a sí mismo durante la lectura) como todo texto hecho por un mortal, un párrafo final, también de importancia dudosa, muy prescindible tal vez o tal otra, excepto quizás en el sentido de que el último párrafo contiene la que por fuerza será la última palabra del texto.

Digo bien, por fuerza, porque tal vez sería posible hablar también sobre ella, sobre esa última palabra de este texto inacabado, explicarla, analizarla y abstraerla del texto, pero hacerlo a priori resulta muy difícil, y hacerlo a posteriori le quita su carácter de última palabra. A lo sumo podrían dedicársele unas palabras finales (y previas, dado el caso que, en definitiva, es ella la única final, la Palabra, la Final) para evocar su memoria antes de echar sobre ella el polvo del olvido.

Ensayando esta propuesta surge desde las entrañas de la tierra, mezclado con agua vaporosa y olor penetrante, la obviedad de que la única característica aplicable a mi palabra, y en virtud de mi generosidad de escritor y la vuestra curiosidad de lector, nuestra palabra final, es su increíble autorreferencialidad, característica que traté, tal vez algo infructuosamente, de imprimir a fuego a toda la presente redacción.

Asimismo, ese texto, que no es otro que este texto, no puede evitar la muerte, como un pan(Pancito, otra vez autorreferencia, por si no se nota) que debe ser comido y desaparecer en las cañerías del pasado. Y que al final habla de sí mismo al hablar de su parte, quizás, más importante: su culminación, su remate, su destino, su hado, su muerte; acaba con una palabra sorprendente para el poco avisado, improvisada y poco recurrente en este texto: esa palabra es ésta.