Jasón odia a su madre. Es decir, la ama, admira, venera profundamente. Detesta admitir la superioridad intelectual de su madre. Lo acepta con orgullo y con soberbia, como sabiéndose parte de una dinastía Me mandó las siguientes palabras, del libro Arquetipos e Inconsciente colectivo de Carl Jung:
(...) Pero para qué decir tantas cosas que son al mismo tiempo tan inadecuadas, tan insatisfactorias y también tan falsas; sí, para qué decir tanto de ese ser que se llamó madre y a quien -permitámonos decirlo- le tocó por casualidad ser portadora de esa vivencia que encierra en sí a ella, a mí y a toda la humanidad, a toda criatura viviente que llega a ser y pasa: la vivencia de la vida, cuyas criaturas somos.
Le contesté presuntuosamente con unas palabras, a mí entender, sumamente poéticas:
Somos lo que comemos. El pan nuestro de cada día. Mamá, nos cocinabas todos los días. ¡Cómo desearía cansarme de tus tartas de jamón y queso de nuevo! De las que tenían un montón de fetas y queso y huevo, y de las que se inflaban con escasez.
Mamá, ayer comí una tarta de manzana. Quemadita, con caramelo, como la hacías vos. Pero no tenía el sabor de tus manos, mamá. Siempre lo dije, las empanadas de verdura que hacías eran las mejores del mundo.
Pero no todo es un lecho de rosas. Será que siempre fuiste todopoderosa. Extraño verte en los recreos, cruzarme al otro patio. Extraño verte todos los días y abrazarte, como si nos amasáramos las espaldas.
Tantas cosas aprendidas. Dormir la siesta, descansar. y volver a empezar. Y todo como en un sueño. Y el olor de la cena en el horno, o sobre las hornallas, y la tranquilidad de saber que estabas ahí.
Y escucharte cantar, mamá, con esa voz tan suave y melodiosa, como deslizada, estirando y arrastrando cada vocal, transformando hasta la canción de protesta más iracunda en una plegaria para nuestros oídos.
Y verte pelear con la plancha, haciendo malabares con minutos, frutas y pan. Pidiendo fiado con vergüenza, por tanto trabajo no reconocido.
Enseñando, todo el tiempo. Pocos recuerdos tengo de haberte visto descansando. Cansada, fatigada, exhausta, abatida, sí. Descansando, no tanto. Por eso no te extraño tanto ahora, porque sé que descansás, y cantás y seguís enseñando a otros que ojalá quizás aprendan a enseñar tan bien, con tanto amor y tanta pasión como vos lo hiciste.
Y quizás se me caiga una lagrimita aventurera desde la punta de la nariz hacia el papel en el que escribo. Una, cada tanto. Quizás me saque los anteojos para frotarme un poco los ojos. Nada grave. No es tristeza, es nostalgia.
Y no me preocupa, no me siento mal. Porque somos lo que comemos. Y mi comida vino de tus manos. Nada, entonces, puede estar mal.
Su respuesta fue fulminante, Me destruyó gramaticalmente, lingüísticamente, sintácticamente, semánticamente. No hubo migaja de mi intención que lograse sobrepasar el calor de su horno. Mi cursilería lo hizo vomitar sus peores insultos, casi metafóricamente hablando.
Sigo pensando, aún así, que las manos amasadoras de una madre, pueden contra cualquier mal, y que la cursilería no deja, aún, de ser un mal necesario, como el pan nuestro de cada día