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domingo, 12 de mayo de 2024

Otoño en Noruega, o el privilegio de la tristeza.

Jasón ha tenido una vida extrañamente privilegiada. Sus capacidades mediocres, pero incluso aún así ligeramente superiores al promedio de la gente, le han permitido viajar mucho más que otros. Este devenir algo laborioso en el que tuvo que ofrecer algunos de sus comforts para poder subirse a cada uno de los aviones que lo han transportado, no ha estado desprovisto de dolores. De algún modo, eran ensayos de laboratorio. "¿Qué tan infeliz se puede ser, teniendo cada vez más?, me cuenta Jasón acongojado. Sus palabras casi se la traban en la garganta, anudadas. "Más privilegios, más recuerdos y experiencias. Mas conexiones.", Sigue, tratando de mantener la compostura para no preocuparme. A veces tengo el oscurísimo pensamiento de que nuestras videoconferencias lo mantienen vivo. "Odio estos países donde la gente se engaña creyendo que sabe lo que es sufrir", me dice, y me tranquilizo sabiendo que es el resentimiento un motor poderoso.

"Tres amigos de Solveig se suicidaron en el último año", me explica, sin un ápice de tristeza, y muchísima indignación. "Eso es terribl--", intento comentar. "¡No! ES UNA PAVADA! Acá la gente se puede comprar una casa y tener estabilidad laboral y financiera antes de los treinta años!", me refuta, perdiendo un poco el temple. "Es una falta de respeto hacia gente de otros países que no sabe qué va a pasar en sus vidas la semana que viene..."

Lo escucho acento, mientras me explica sobre diversos contextos socio-económicas por otros treinta minutos, y no puedo evitar pensar que se le ha pegado un poco el privilegio primermundista. Realmente siento que sus experiencias lo están enriqueciendo y, sin embargo, no dudo que lo están haciendo mucho más denso y difícil de aguantar. Me da hambre, y me gustaría comer, pero ya comí salchichas ayer. 

"Los sufrimientos tienen escalas", le contesto, tratando de calmar un poco sus nervios. "Un niño sufre por sus juguetes, un adulto por sus preocupaciones". Frustrado, se suena la nariz, tratando de disimular algunas lágrimas que logro reconocer como sentimientos sinceros. "Sí, lo entiendo", me contesta con la voz rasposa. "Nos afligimos por lo que podemos incorporar en la experiencia". Trompeta nasal. "Lo demás es entelequia y actuación".

"Bueno, no tan así...", trato de matizar. "Lo sé, lo sé", me contesta. "Pero, ¿cuál es la empatía por esa causa urgente que nunca lo hace llorar a uno?... ¿La empatía del deber? No tiene sentido sentirse conectado con aquellas cosas con las que lo que nos conecta es el conocimiento de que suceden". No puedo evitar sentir que sus palabras siguen escondiendo un dolor extraño. "Chicos, Pancito, chicos de menos de tres decenas", casi llora, "¿cómo se pueden matar así...?". Se escucha una pausa extraña. "¿Qué saben ellos de sufrir, de llorar?". El silencio se hace casi insoportable. "Suena el timbre, me tengo que ir".

Estoy seguro de que el timbre no sonaba. Y sé que, a pesar de lo que dice, y de su resentimiento y de su enojo, Jasón siente que toda vida vale. Más aún las vidas que sufren. 


viernes, 11 de agosto de 2023

Elogio de la locura I

 "En el código Francés dice(...) que no hay crimen ni delito si el infractor se hallaba en estado de demencia en el momento del acto. La posibilidad de asignar la locura era, por lo tanto, exclusiva de la calificación de un acto como delito: si el autor estaba loco, no era la gravedad de su acción lo que modificaba, ni su pena la que debía atenuarse, era el delito mismo el que desaparecía. Era imposible, por ende, declarar a alguien a la vez culpable y loco; el diagnóstico de locura, si se planteaba, no podía integrarse en el juicio; interrumpía el procedimiento y deshacía la presa de la justicia sobre el autor del acto."

Foucault, M. "Vigilar y castigar".

En la mente del infame sentido común, la locura es una excusa. Es un estereotipo útil para exonerar automáticamente comportamientos que se salen de la norma. Es una herramienta para permitirse esos comportamientos. De algún modo, un mal necesario.

Es graciosa la locura, y la usamos cuando queremos ser únicos, pero que nuestra unicidad sea aceptada. Cuando quiero que se me vea cómico, gracioso, puedo dejar entrever que lo que digo es una locura. Y decir "¡Qué locura!" dejar entrever que identifico algo que estoy viendo como algo fuera de la convención que comparto con mi interlocutor.

La locura está determinada socio-culturalmente, sea lo que sea que eso signifique. Algo de lo que la inter-subjetividad de los integrantes de un grupo o comunidad consideran normal, y aquello que se aleja violentamente (sea lo que sea que eso signifique) de la normalidad. La locura en un tiempo no es necesariamente locura en otros tiempos. Pequeños gestos o comportamientos absolutamente normales en una sociedad pueden parecer "locos" en otra. 

Pero la locura, entendida en términos metafísicos, es un poder. Da inmunidad, en los términos que Esposito la entiende: la no necesidad de dar algo a la comunidad. En esta oposición, immunitas contra communitas, la locura funciona como un salvoconducto, como la razón para ser eximido de castigo. En ese sentido, como contrapoder, la locura es una rebelión.

No puedo pensarme loco. No puedo sentirme loco. Me actúo loco. Me represento loco, pero no puedo ser interiormente loco, a priori. Esa locura de la que se puede hablar es una performance, es una puesta en práctica de esa distancia entre lo que se puede y lo que no se espera.  Y, al mismo tiempo, la locura es preservación. Cuando determinada intensidad irreconciliable con la vida con otros se hace inevitable, recurrir a pretender locura es sanidad. Querer expresar lo inefable parece requerir de la performance de cierta locura.

Jasón sacude la cabeza cada vez que alguien lo llama loco a él, o me llama loco a mí. "No", dice,  acariciando a Disculpas profundamente decepcionado, "locura es que la guerra sea un buen negocio". No le niego sus conceptos. Ha viajado por el mundo en estos años, y su visión se ha vuelto más profunda, sagaz, cínica.



domingo, 28 de noviembre de 2021

Ella, en sueños

 El universo es injusto. Dormir era descansar, recuperar energías para poder seguir pensando en ella durante el día, para seguir deseándola. Pero encontrarla en sueños derrotó cualquier intento.

"A veces me pongo tan cursi", pensó Jasón, con su pelo menos peinado que acomodado. "Pero no es enteramente culpa mía", se excusó, con su increíble habilidad para evadir responsabilidades sobre sus actos y sus consecuencias.

Ayer Alanis cantó en sueños. Cantó esa canción famosa de la Novicia Rebelde que habla de las notas y de aprender a solfear. En sueños, pensó que era Julie Andrews la que cantaba.

Jasón está sumamente enojado, como casi siempre. Tiene tanto enojo adentro. Tiene tanta injusticia en su corazón. Algunas las sufrió, algunas las cometió.

"Si tuviera poder de elección. Si pudiera decidir, no me molestaría", aclara. Claro, a quién no le gustaría poder controlar sus sueños. En los sueños todo es posible. Volar, comer sin preocupaciones, cantar como Julie Andrews. 

"No era Julie Andrews, entonces... Era yo...", sonrió Alanis. Alanis no siempre tiene sueños placenteros. Muchas veces grita, golpea la cama y llora. Despierta llorando a la madrugada, y se levanta para ir a la cocina a tomar agua. Va al baño, y luego vuelve a tomar agua. Se acuesta de nuevo, llora un poco más, aún sin tener claro por qué, y cierra los ojos como en cámara lenta.

Jasón toma su café con los ojos bien abiertos, notoriamente abstraído en un plan, en alguna maniobra que le permita sacarla de sus sueños. Intentos inútiles, sin duda, porque ella vive ahí. Con sus sonrisas como campanas y sus ojos de abismo. "Me dijo que había tenido un mal día, y que yo se lo hice mejor", carraspea, confundido,"¿por qué me dice cosas así?"

Escribe en una hoja todas las razones por las que es razonable no estar con ella. Y en un cuaderno, cada día, el dolor de no poder abrazarla. Ya pasó más de un mes, dos meses. Ya gastó dos biromes, y sigue aún soñando con ella. Y ella está mejor, se nota, aunque lo extrañe.

Jasón tira la mitad del café que no pudo terminar de tomar. Se habían enfriado, él y el café.

Alanis sonríe, no puede creer que cantó como Julie Andrews. Objetivamente, cantó bien, afinada. "¿Pero a quién le importa cómo cantó? ¡¿Qué hace ahí?!"... Me pareció inútil preguntarle ahí dónde. Claramente Jasón no está durmiendo bien.

Alanis sonríe mientras toma un té de menta. Sé que está sonriendo mientras toma el té, aunque no la pueda ver. Cómo es posible que sueñen lo mismo, eso no lo sé.

Jasón se levanta de la silla enfrente mío, se acomoda la camisa. Me molesta que use siempre camisas. Camina de un lado al otro, como siempre, vacilando un poco más de lo normal cuando retoma la dirección opuesta. "Lo que siento... pff, qué cursi, 'siento'... lo que me pasa en sueños es incontrolable", farfulla,"¡es injusto que ella también esté ahí!". Frena, visiblemente angustiado, pero tratando de enojarse, "¡de una injusticia divina!"

Sigo comiendo mis galletitas de agua mientras lo miro. Y lo entiendo. Sueño con comer pan casero, casi cada día desde que estoy lejos de mi hogar. Pero esos sueños son sólo sueños.