Ver de nuevo colores puede instigarnos a pensar que realmente el mundo se renueva. Pero los colores son los mismos de antes. Es nuestra memoria, entonces, la que nos engaña.
La primavera ha comenzado. No sé si hay tema más estereotípico que el cambio de estación. Milenario asunto literario, mítica solución a problemas cotidianos. El cambio de estación es el cambio de vida, la ruptura de la linealidad, el regreso a los ciclos circadianos que organizan el cosmos y permiten seguir adelante con lo nimio y sin importancia.
Y todo esto, ¿por qué?
Ni idea. Quizás caminar por un pasto verde y blando da esa sensación metafísica, quizás por el aire fresco que se mezcla con el sol tibio, y permite pensar, disfrutar de las hojas de los árboles y de los perfumes cliché las flores silvestres. Todo sin sentir culpa de ser cursi.
Y la memoria tontuela nos deja ser engañados por un fenómeno primaveral más o menos recurrente: claro, estoy hablando del enamoramiento. Pero no el enamoramiento de carnaval, ese burdo día de San Valentín, en el que aumentan las ventas de chocolates, flores baratas y preservativos... De hecho, noto extrañado que el día de los enamorados no se encuentra temporalmente en la estación más propicia al amor. Estoy hablando del amor estúpido, ese que hace que hagamos cosas que no deberíamos hacer, obviamente.
Los hombres se ven afectados por la primavera como cualquier otro animal. Sufren los nuevos olores como la condena a ser seducidos. Siguen sin saberlo el hado más terrible: el de caer dominados voluntariamente frente a seres superiores. Estoy hablando de las mujeres, claramente.
Los hombres deben sucumbir inevitablemente a esa dominación, como un destino inexpugnable. Nunca me lo voy a poder explicar. Por qué sentimos esa necesidad de encontrar esa otra mitad, que seguramente, una vez encontrada, sea unos tres cuartos, o quizás una proporción mayor del todo que somos.
Los hombres sucumben a la primavera como cualquier otro animal. Se ven caldeados por impulsos no controlables. Pierden los ojos en cada esquina frente a un acento llamativo, o un buen par de ojos. Las piernas se calientan, sosteniendo y reteniendo cuerpos que desean alejarse de sí mismos, extrañarse, dejar de ser hombres, y abandonar sin detenimiento ese calambre debajo del ombligo.
Y las mujeres, esos seres inquietos que motorizan este cambio de estación(que, claro, no seamos ingenuos, la primavera es primavera porque las mujeres son mujeres) se desentienden del hecho transitorio de ser las dueñas de un mundo. Un mundo pequeño, claro, ínfimo quizás, si asumimos la realidad del hombre como ser prescindible, como animal no animal. Como ser negado.
Pero claro, no podía ser de otra manera. ¿Cómo iba a importar a las mujeres algo tan pequeño como los hombres? Las mujeres no son animales, son ninfas, son seres etéreos y hormonales, rodeados de tul y gasa y con lluvia de pelo sobre los hombros. Son seres... ¡profilácticos!
