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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Consecuencias nefastas, corazones desprevenidos.

Ver de nuevo colores puede instigarnos a pensar que realmente el mundo se renueva. Pero los colores son los mismos de antes. Es nuestra memoria, entonces, la que nos engaña.


La primavera ha comenzado. No sé si hay tema más estereotípico que el cambio de estación. Milenario asunto literario, mítica solución a problemas cotidianos. El cambio de estación es el cambio de vida, la ruptura de la linealidad, el regreso a los ciclos circadianos que organizan el cosmos y permiten seguir adelante con lo nimio y sin importancia.
Y todo esto, ¿por qué?
Ni idea. Quizás caminar por un pasto verde y blando da esa sensación metafísica, quizás por el aire fresco que se mezcla con el sol tibio, y permite pensar, disfrutar de las hojas de los árboles y de los perfumes cliché las flores silvestres. Todo sin sentir culpa de ser cursi.
Y la memoria tontuela nos deja ser engañados por un fenómeno primaveral más o menos recurrente: claro, estoy hablando del enamoramiento. Pero no el enamoramiento de carnaval, ese burdo día de San Valentín, en el que aumentan las ventas de chocolates, flores baratas y preservativos... De hecho, noto extrañado que el día de los enamorados no se encuentra temporalmente en la estación más propicia al amor. Estoy hablando del amor estúpido, ese que hace que hagamos cosas que no deberíamos hacer, obviamente.
Los hombres se ven afectados por la primavera como cualquier otro animal. Sufren los nuevos olores como la condena a ser seducidos. Siguen sin saberlo el hado más terrible: el de caer dominados voluntariamente frente a seres superiores. Estoy hablando de las mujeres, claramente.
Los hombres deben sucumbir inevitablemente a esa dominación, como un destino inexpugnable. Nunca me lo voy a poder explicar. Por qué sentimos esa necesidad de encontrar esa otra mitad, que seguramente, una vez encontrada, sea unos tres cuartos, o quizás una proporción mayor del todo que somos.
Los hombres sucumben a la primavera como cualquier otro animal. Se ven caldeados por impulsos no controlables. Pierden los ojos en cada esquina frente a un acento llamativo, o un buen par de ojos. Las piernas se calientan, sosteniendo y reteniendo cuerpos que desean alejarse de sí mismos, extrañarse, dejar de ser hombres, y abandonar sin detenimiento ese calambre debajo del ombligo.
Y las mujeres, esos seres inquietos que motorizan este cambio de estación(que, claro, no seamos ingenuos, la primavera es primavera porque las mujeres son mujeres) se desentienden del hecho transitorio de ser las dueñas de un mundo. Un mundo pequeño, claro, ínfimo quizás, si asumimos la realidad del hombre como ser prescindible, como animal no animal. Como ser negado.
Pero claro, no podía ser de otra manera. ¿Cómo iba a importar a las mujeres algo tan pequeño como los hombres? Las mujeres no son animales, son ninfas, son seres etéreos y hormonales, rodeados de tul y gasa y con lluvia de pelo sobre los hombros. Son seres... ¡profilácticos!

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Harinas: maíz, algarroba, trigo y todo lo demás.


Masificación. Todos tenemos un amigo rockero. En mi caso, Johnny. Johnny es un inmigrante español de apellido español, y nombre furtivamente angloamericano. Por supuesto, Johnny es extraordinariamente coherente con sus impulsos rockeros y no pudo evitar ir al recital de una banda norteamericana de rock y punk con un amplio mercado en todo el mundo: Ajíes Picantes Rojos Calientes.
Cosificación. El recital se presentó en el estadio de uno de los principales equipos de fútbol de la Argentina, lugar que, en una feliz coincidencia, mi amigo Johnny no conocía.
Identificación. “Estaba yenu de majash de lo másh guapash, y entrar a la cancha como Enzo Franzeshcoli, le añadió un pequeño plush”, dice Johnny con su cántico particular. Al entrar al estadio, la primera impresión de Johnny fue descubrir que el estadio era gigantesco, pero no parecía tan grande como a través de una pantalla plana. El campo, que por la televisación se percibe como un campo de titanes, estaba más cerca de un potrero cuidado con mucho cariño. De todas maneras, bajar por las escalinatas y pisar el pasto que rodeaba el arco(que no habían retirado para el recital) tenía un dejo de mística musical-futbolera bastante extraño.
“Había un deshquiziau con una planta en meio'e la gente”, me comentó Johnny. Todos tenemos amigos a los que les gustan las plantas. Jasón llevó a Disculpas (celebérrimo potus cantante) a ver el recital de la banda de rock. “Para que se embeba del fraseo impecable de tan augusta agrupación”, me comentó Jasón, “además se ofende si no la llevo”.
Jasón, prudente, se mantuvo a un costado durante los momentos álgidos de enfrentamiento humano sudoroso e impúdico en los que la banda expelía esa mística sonorización rockera. Según me comentó, comenzó a sentir que lo apretujaban desde todo ángulo, y decidió que era más confortable disfrutar del recital desde la tranquilidad del lateral del campo. “Eshu no'é de jombre, donjuán”, me espetó Johnny, que habría visto el recital, según sus declaraciones, “empujando y empalando, tratando de alcanzar” el escenario, en un esfuerzo sabidamente inútil, luchando por un pequeño lugarcito junto a una valla, donde el aire se hacía un poco más fresco y la “tranquilidá de que uno'esos muchachotesh te quitara de'en medio shi el deshmaio she produzía” expandía un poco los pulmones cansados de cantar a viva voz canciones a medio conocer.
Disculpas, como siempre, no hizo comentarios.
Unificación. Elaborando siempre mis pensamientos, masticándolos como tiernas facturas, descubro que Johnny no es más sincero en su deseo de ver a la famosa banda. Simplemente respondía más concretamente al ritual de identificación con un proceso masivo de cosificación y objetivación de la sensorialidad. Se hace hermosa en estos encuentros la posibilidad irreverente de decir “ésto soy”, “en ésto estoy”, “veo”, “siento”.
La vida se ritualiza en estos cruces de mutuo entendimiento. Códigos tácitos unen estas personas tan distintas.
Jasón se ofusca. “Yo también pertenezco”, dice, con rostro fruncido. “Toosh shomos pan, chaval”, le contestó Johnny, dedicándome una sonrisa.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La rutina desinteresada e indiferente.

Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible deben tener.

Una tarde de miércoles, hablábamos Jasón, Alanis, Disculpas y yo. Alanis y Disculpas, en realidad, parecían más prestar atención que estar dispuestas a emitir opinión.
Hablábamos de sexo. O bueno, creíamos hablar de sexo. Nunca estoy seguro de saber qué significa el sexo para Jasón. Habla casi siempre con metáforas, o imágenes indirectas de algo que, en primera instancia, parece bastante... sencillo.
"Este miércoles, tengo sexo", sentencia. Alanis se ríe. "Claro, puede parecer raro que alguien lo tenga planificado". Alanis acaricia una hoja verde de Disculpas y sigue sonriendo. "Pero sexo es eso: predictibilidad".
Casi siento náuseas de pensar todo lo que una vida rutinaria puede llegar a producir, incluso en alguien como Jasón, que dedica su vida al arte, o bueno, a la crítica de arte, que es al mismo tiempo lo más lejano y lo más cercano que hay del arte.
"Tener un horario para cada cosa es lo más cercano que me puedo imaginar del paraíso... De hecho, el paraíso debe ser así: totalmente puntual." Claro, acostumbrado a mis 15 minutos de demora y a la media hora, o 45 minutos de demora de Alanis, sentir que alguien llega a tiempo debe ser orgásmico. "No esperar, no tener que esperar a nadie. Éso es sexo."
Cada vez me enredo más... Yo que creía entender cuestiones anatómicas básicas, elementos técnicos de la fisiología humana, cuestiones de ensamblaje en general... Jasón parece tener una visión más pragmática de los vínculos íntimos entre hombre y mujer. "Sexo es seguridad. Una vez por semana, en un horario convenido, con condiciones más o menos estables." Alanis esboza una ligera curva ascendente con las comisuras de sus labios. "Sí, suena como un trabajo, pero, ¿sabés qué?, da disfrute sin provocar ansiedad. Con un poco de oficio, incluso, ¡provee ciertas garantías...! Los miércoles a la noche, por ejemplo..."
"En términos religiosos absolutos, el sexo es el pan nuestro de cada día".
Me parece entender por qué en los bancos hay que hacer tantas filas, o hay tanto tramiterío para cada cosa que hay que hacer: la gente piensa más como Jasón que como Alanis. Tal vez piensan que lo que están haciendo es Sexo, y lo disfrutan como tal... ¡Nunca entiendo bien de qué estamos hablando cuando hablamos de sexo con Jasón!

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Jasón enseña Arte: Clases de canto a Disculpas.


El aprendizaje más importante, y quizás el único importante, es la resignación.

(En un aula de escuela, todos los pupitres están vacíos, excepto el pupitre ubicado en la tercera fila, en la izquierda del salón, el cual se encuentra ocupado por un potus de hojas verdes amarillentas. Jasón, con su pelo negro brillante por la gomina, en el frente del salón, junto al pizarrón, se acomoda ritual y artificialmente, y Disculpas, que ése es el nombre del potus, le observa con detenimiento y atención)

Yo- Bueno, alumnos(miro con confusión a Jasón), éste es su nuevo profesor de canto, Jasón...
Jasón- Profesor Jasón.
Yo- Pero... no SOS profesor.
Jasón- (Tranquilo) Lo mismo da.
Yo- (Resigno) Profesor Jasón.

(Jasón se ensancha mientras me acomodo a un costado para presenciar lo que me ha dicho antes será “una masterclass sobre pedagogía artística: voy a hacer cantar a Disculpas”. Disculpas no quita la mirada del frente, ansiosa por comenzar la clase.)
Jasón- Alumnos.(Disculpas silencia su pedido de atención.) Alumnas. Lo primero y más importante para poder ser artistas es no encapsularse.(Disculpas asiente en silencio con la mirada tímida e inconfesable.) Abrirse al mundo. Un gran maestro ruso dijo que el actor debe buscar lo bello en todo aquello que le rodea. No lo bonito, lo bello. (Disculpas está perpleja, no sabe qué contestar.) Lo mismo para todo artista, poeta, músico, etcétera. El aire, el aire circula por la belleza. La belleza está en el aire. Por eso, para cantar, se hace indispensable respirar. (Disculpas respira profundo, comprende exactamente qué es lo que Jasón expresa con sus palabras. Jasón me mira, seguro de sí)
Yo- … (observo con premura los movimientos sofisticados de Jasón, en los que hay algo de evidente pretensión)
Jasón- Respiramos, sostenemos, exhalamos (Disculpas respira, suavemente.) Es necesario que la respiración sea como el secreto que todo actor guarda sobre el escenario. (La respiración de Disculpas sigue tan imperceptible como antes). Las raices, a tierra. (Jasón, evidentemente atravesado por el comentario poco adecuado que le ha hecho a Disculpas, se acerca al pupitre donde está sentada. Noto que Jasón hace las situaciones siempre un poco más evidentes, como si la luz fuera tenue y yo no tuviera anteojos y él deseara que yo lo pudiera notar todo con gran detalle.) ¿Estás bien...?
Disculpas- … (En silencio, otorga.)
Jasón- Sigamos, entonces. (Vuelve hacia adelante, como superando la situación. Explica) Una vez que la respiración ha sido incorporada, sólo resta cantar... ¿Empezamos? (Disculpas, tímida, concede)
Jasón- Inspiramos, sostenemos, abrimos la boca, cantamos. (Lo hace)
Nessun dorma! Nessun dorma!
... 
(Mientras canta, el cuerpo de Jasón se llena de energía. Comienza a tensionarse un poco, pero logra relajarse cada vez que inspira una bocanada de aire furtiva. Las palabras en italiano parecen recitar bíblicamente: “nada me puede faltar”. Los ojos le brillan, las narinas se le dilatan, estirándose, danzando elásticamente. Disculpas absorbe tranquilamente el aire plagado de vibraciones que Jasón suelta con cada nota. Yo no entiendo bien cómo funciona la función, pero me mantengo callado a un costado, mirando como Jasón le canta a un potus.)
Al alba vinceró!
(En este punto se hace evidente el despliegue de fuerzas que debe realizar Jasón para poder seguir cantando. Las notas finales suenan bastante agitadas y como atribuladas por una gran pasión. Miro a Disculpas, por un momento, me parece ver una sonrisa y una lágrima en una de sus hojas. Me siento estúpido.)
Jasón- (Sentado, vencido, sobre una silla que agarró al terminar de cantar.) Así puede ser una manera... (Le cuesta respirar, me mira, con una sonrisa triunfal, como quien no puede sostenerse parado, pero acaba de dar un paso.)
Yo- Muchas gracias, Profesor, alumnos...(Miro a Jasón, miro a Disculpas. Percibo. Sonrío.)