palabrasideasimágenes
suspirosquebrantosmurmullos
deseosanhelosmentirasesperanzas


miércoles, 23 de febrero de 2011

La revancha de los feos


Sin ideas, seco, sin nada. Love is a shield, to hide behind. Es claro que nada es claro. Sin ánimo de genialidad, genio no es quien tiene grandes ideas, sino quien sabe descartar las que no lo son.

Otros encuentros, con gente de cuando éramos bollitos, masa enredada en dedos ajenos. Gente que ya está amasando otros bollitos. Pancitos en manos de pancitos más grandes.

Volver a verte. Volver a vernos.

Cómo pasa el tiempo. Recordar, tratar de recordar, tratar de regresar. Volver a intentar.

¡Pero cómo pasa el tiempo! ¡Pero vos estás...parecido! Y no, el tiempo voló, ya no nos parecemos en nada a nosotros mismos. Casi como ser otros. Como ser otro después de cada tecla que aprieto. Como ser otro constantemente. Como ser otro por ser yo mismo desplazándome en un continuo tiempo que no logro detener.

Pero el tiempo pasa. Siempre fuimos feos, sólo que ahora, somos pancitos feos, con hijos, casados, divorciados, viudos, solitarios, acompañados, solos, desesperados.

Es nuestra revancha, la revancha de estar acompañados a pesar de todo. La revancha de que no nos importa no ser los más brillantes estudiantes, ni los más grandes profesionales. Es la revancha del mayor logro: la perpetuación de la propia vida, en otra vida con créditos hereditables.

Y la música, la música que sigue sonando aún cuando calle el reproductor, cuando el silencio de las calles llenas de ruidos calle, cuando todo el cielo de silencio azul se calle.

Pero seguimos caminando, regresando inevitablemente. Siempre volviendo aunque sepamos que no es sano. Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor. Nada se desata, todo sigue conectado en ese continuo tiempo que no logro detener.

Pero el continuo se salta años, kilómetros, vidas de por medio, y un pancito árabe, o un pancito de miga, se encuentran, sin haberse visto desde 5° grado, sin recordar tal vez un nombre. Y se es algo nuevo, se es mujer, hombre, se es un todo, no se es nada. Porque al fin y al cabo, si todo el tiempo cambiamos, y se tuesta nuestra superficie, se nos hace costrita, y la miga por dentro sigue inflamándose y cambiando, ¿somos en definitiva algo más que eso? ¿Miga y costra? ¿Miga y cascarita? ¿Miga y tostado?

Seguimos adelante y no hacemos más que volver, y el círculo vuelve a cerrarse cada vez que parece destruirse el anillo(¿la rosca de Pascua?).

Seguimos, pero, ¿seguimos?

Para pensar, mientras espero sentado por algo más.

jueves, 17 de febrero de 2011

Borderline


Rojo. Amarillo. Verde. Amarillo. Rojo. Amarillo. Verde. Amarillo. Verde. Etcétera. Etcétera.
¿Qué recordar? ¿En qué pensar al pensar en esto?
Seguramente algunos pensarán en rastas(o dreads, como les quieran llamar), algún país centro-africano, tal vez recordarán el Volkswagen Gol Top(invento despreciablemente simpático de la marca de autos) o algún otro colorinche motivo relacionado con cada vida cada momento cada lugar. Una plaza con juegos de colores, un jardín con enanos, un árbol con frutos, una playa abultada de gente, y otras cosas más, asaltan cualquier cabeza viva.
Pero no, pero nada de eso. Me refiero a un semáforo. Es decir, no a UN semáforo, sino a los semáforos en general, si no a ciertos en particular. Vivir en el conurbano bonaerense puede ser una experiencia complicada, desafiante. Las distancias son raras, los lugares a los que ir suelen tener un acceso complicado(por muchos motivos distintos, como medios de transporte, seguridad, distancias, condiciones del entorno), las motivaciones personales son muy diversas y los intereses siempre generan conflictos.
Pero no, pero nada de eso. Nunca hubiera pensado que pudiéramos tener tantos deseos de transgredir. Deseos ridículos, absurdos, apurados y detestables de hacer algo que se cruce un poquito de la raya que nos es impuesta. Anhelos apretujados e irritantes por quebrar el mimbre de la canasta que sostiene nuestros hálitos.
Imaginad por un momento un semáforo... Bueno, no. No imaginar, pensad en un semáforo. No cualquier semáforo, como decía antes. El semáforo más absurdo que se pueda recordar. Ese semáforo que está atrás de otro semáforo que también era absurdo. Ese semáforo que es un límite más allá de un límite. Esto, como toda hipérbole, implica que nuestro impulso hacia ese límitelímitelímitelímitelímite(suponiendo, como es el caso de la avenida que recuerdo, que los semáforos sean más que solamente dos) que cotidianamente tratamos de romper, doblar, esquivar o pisotear sea en este caso también hiperbólico.
¡Nos encontramos frente a un combustible con una gran capacidad de ignición! Pero el límite sigue siendo límite y los convenios siguen siendo convenios, aunque por un instante decidamos voluntariamente ignorarlos. Entonces, sucede lo ridículo, lo conflictivo, lo inesperado, lo hilarante. Una camioneta decide no respetar el semáforo. Pero no lo hace a gran velocidad. No es el apuro lo que la conduce, es el deseo de transgredir la norma que se evidencia como irracional. Una avenida de tres carriles por lado, en la que se cruzan vías urbanas de poca monta, que tiene los semáforos sincronizados de tal manera que uno, circulando por uno de los tres carriles, tendrá un semáforo rojo en cada esquina, un semáforo rojo esperándolo estúpidamente implacable; son normas que uno no puede evitar intentar transgredir. De hecho, la camioneta va taaaaan lento, y otro auto atrás, también. Se arrastran lento despacito, ya están más allá de la mitad del cruce y siguen arrastrándose, si alguien desde la senda peatonal casi desdibujada quisisera alcanzarlos tendría que caminar con tranquilidad y eso sería suficiente. Literalmente, reptan, como esperando que el límite que ya casi terminaron de cruzar se estire, esperando que el semáforo esté verde cuando pasen exactamente por debajo.
Pero es increíble que el semáforo tarda taaaaanto en cambiar que ni aún así el límite deja de ser destruído. ¡No puede uno imaginar que un auto cruce una calle tan lento, y aún así no logre esperar al cambio de semáforo! Pero es real.
Y lo único que explica el cambio lento podría ser el tráfico intenso durante los momentos pico de circulación, pero por Dios, ¿y todos los otros semáforos? Manejando hacia el sur, se siente ridículo frenar en un semáforo. RIDÍCULO. De cada 10 autos, 8 ó 9 no frenan. Ni hablar de la Costera(línea de colectivos 338, La Plata- San Isidro, para los que viven en una caja de fósforos), que parece tener como política corporativa no respetar uno sólo de los semáforos de todo el recorrido al sur de Morón. ¡Ni uno! Y uno circula manejando atrás, sin visión clara de los semáforos, confiando en el criterio de un chofer que evidentemente no tiene el mismo criterio que uno sobre el significado de las luces rojas.
O sí, tal vez, publicando 3 días después de lo que la propia norma dictaba. Rojo. Rojo.
Por ahora, nada más, aunque quede aún mucha tela por cortar.

miércoles, 9 de febrero de 2011

En un restaurante... argentino.


Imaginad ahora, compañero o compañera de ruta, sin miedo a ser demasiado atrevido o atrevida, tu más salvaje sueño, tu viaje más imprevisto, tu despegue hacia lo insólito. Ahora imaginad, continuad imaginando si no es mucha molestia, sin la precaución de lo imposible, sin el cuidado de lo que no puede pasar. Tu viaje comienza... ¿dónde?
Si a cualquiera se le dijera una vez en la vida que nombrara un lugar exótico al que viajar, tal vez no lo propondría como primera opción, pero China seguramente estaría entre las opciones más cargadas de prejuicio de delirio incalculable. Claro, quien no ve a China como un lugar extraño, alejado, donde la gente vive dada vuelta. Sí, literalmente dada vuelta. Nuestros pies apuntan aproximadamente en la misma dirección que la cabeza de muchos de ellos. Y son muchos, sí, son muchísimos.
Más de un 6to de la población mundial es china, es China. Obvio, eso intimida. Por número, únicamente, si se estableciera un plebiscito vinculante a nivel mundial para elegir una sola nacionalidad para todos, ellos tendrían buenas posibilidades de decidir la balanza si se pusieran de acuerdo.
En fin, China. Año nuevo chino. ¿Pero cómo?¿Tienen un año nuevo distinto del nuestro? Pues bien, supongamos que mi viaje comezaría en China. Este domingo me sentí por un momento casi ahí. Siendo la palabra clave casi, como en muchas ocasiones durante el transcurso de nuestras vidas. ¡Visitad el barrio chino, compañeros! ¿Barrio Chino? ¿China Town? Little China Town, en todo caso, por sus dimensiones y no sólo por sus dimensiones.
¡Ah, si uno pudiera viajar con quien quisiera a donde quisiera cuando quisiera! Son muchos deseos, pero no más de 3, así que cualquier genio oriental los podría cumplir. ¡O quizás el dragón chino! Pero no, dejemos inevitablemente el lado de la compañía de lado, valiendo la redundancia(aunque las redundancias nunca valen, mentiroso). Entonces, hablemos del cuándo y del dónde.
En medio de un rito de despertar budista,en el que se pedía desarrollo de la cultura moral(breve oxímoron), con miedo de que algún grasa aplaudiera o gritara "¡bravo!"(bueno, yo sí, grité "¡bravo!", e incluso varios "¡Al Colón, al Colón!", ¡pero no durante el rito budista de despertar , llevado a cabo por mujeres calvas de lo más reverenciables!) sintiendo lástima por el sol sobre hombros ajenos(y, el sol pegaba fuerte) y escuchando a un locutor nacional(de la Argentina) que resultó tener nombre chino, nombre argentino, haberse criado en el barrio de Saavedra(no, no se crió en el barrio chino)y ser locutor de Carburando, donde hubo de faltar para estar en la ceremonia; se disfrutaba el ver los dragones durmiendo, junto a los leones. Generaban expectativas, deseos, esperanzas.
Es consabido que la cola de dragón trae suerte. Entonces, el oportuno locutor incitó a todos, antes de que se despertara el dragón, a tocarle la cola, cuando pasara cerca. Luego aclaró que debía ser hecho con sutileza, porque debajo del dragón había gente. Justo aviso. Sobre todo teniendo en cuenta que esa gente, con ese dragón, estuvo dando vueltas por el barrio durante toda la tarde. Sí, toda la tarde.
Pero no nos adelantemos, luego del rito budista, comentarios políticos, choluladas, etcéteras varios y hasta un discurso improvisado de una vecina que no tendría que haber improvisado (si le interesaba su dignidad), el ministro Lombardi y la organizadora china con español voluntarioso despertaron a los dragones(no sin que antes la señora voluntariosa aclarara que lo único que había que hacer era despertarlos, que luego bailaban solos y traían prosperidad para todos) y comenzó la fiesta.
¡Y los chinos saben festejar, che! Los restos proyectiles de los cohetes, que hacían ruido y humo detrás de los dragones, empezaron a llover sobre la cámara que estaba usando para filmar. Lindo y divertido, a pesar de como suena. Emocionante, sobre todo, y a pesar de lo escalofriante que suene.
Luego, la tarde no fue relevante en su característica de china. Excepto quizás por el inverosímil apelotonamiento de gente(atribuíble, claramente, sobre todo, a la falta de espacio). Digamos que en la feria china había un puesto de panchos vieneses atendido por muy latinoamericanos hermanos. No importa quién lo atendiera, en realidad. ¡Eran panchos vieneses en el barrio chino!
¡Hermoso el arco! Más grande de lo que esperaba. Aunque el tamaño no importa, según suelen mentir...
Y así termina mi crónica del año nuevo chino, con ricas empanadas chinas y postre chino y berenjenas chinas y mangos chinos y toda esa sarta de cosas en versión china que es increíble que existan. Es raro, de hecho, que existan todas estas cosas en versión china, sobre todo teniendo en cuenta que el mayor cambio es que se estiran y afinan con respecto a las versiones de otros orígenes.
Por los palillos, o quizás por el punto de vista, ¿será?
Para pensar.
Hasta otro momento, nada extra.

martes, 1 de febrero de 2011

El cuento ...


"¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?" Recuerdo quién fue la primera persona que me quiso cansar. La abuela Pepe, pobre, sintió que era gracioso contarme el cuento de la buena Pipa. Claramente no conocía mi absurda perseverancia en la persecución del absurdo.
De hecho, no me irrité, o al menos no recuerdo haberme irritado, recuerdo sí, haber descubierto lentamente que la lógica de la buena pipa era la de responder con preguntas a una respuesta, no importaba cuál fuera la pregunta, ni la respuesta.
Y se repetía, incansablemente se repetía, tradición ignorada por quien no la sufrió en persona. Si a uno le cuentan el mecanismo pero no se lo hacen vivir, o uno abandona la lucha, por ser ya demasiado grande("maduro", dirá algún frívolo) como para disfrutar el absurdo absoluto de la estupidez propia en la búsqueda de una respuesta que se intuye no existe, el cuento de la buena Pipa deja de existir, pierde interés y es mutilado por nuestra falta de intención.
El cuento de la buena Pipa existe en tanto nosotros lo afirmemos como realidad que se desenvuelve en nuestro discurso, en tanto lo busquemos y lo intentemos escuchar con fervor y dedicación. Es un pancito que tenemos que amasar. Es Pancito, a quien hay que dedicar tiempo para entender. Es y existe en tanto mantenemos y sostenemos el objetivo de existirlo. Como Dios.
Igual que con la soledad, el cuento de la buena Pipa se rehace cada vez, se rebusca a sí mismo, se quiere, se detesta, se esconde, pero quiere que lo busquemos. El cuento de la buena Pipa es siempre el mismo, como la soledad, que siempre cambia sin dejar de ser soledad. Porque la Soledad es siempre otra, pero siempre ella. Y cuando no la queremos llega y nos abofetea y cuando la queremos nos abofetea todo lo mismo, pero quizás con otra mano. Con alguna de sus miles de manos. Con alguna de esas manos infinitas que nos tiende estemos donde estemos.
El cuento de la buena Pipa tiene algo de femenino en esa escurridiza manera de jugar con nuestros labios, con nuestras cabezas inocentes. Pero tiene algo de masculino en su exigencia, en su rigor inexplicable, necesario(no puede no ser así) e innecesario(no tendría por qué no poder no ser así) para existir.
El cuento de la buena Pipa es una verdad, porque en definitiva es como la Verdad. Pero no, no es momento ahora, Pancito, después la Verdad.
El cuento de la buena Pipa, pensar que haya gente que no lo conozca...
Habría que contarlo más asiduamente, quizás sólo para educar a la gente en la búsqueda de utopías.
El cuento de la buena Pipa, qué pavada.
¿O no?
Por ahora, nada más.