Rojo. Amarillo. Verde. Amarillo. Rojo. Amarillo. Verde. Amarillo. Verde. Etcétera. Etcétera.
¿Qué recordar? ¿En qué pensar al pensar en esto?
Seguramente algunos pensarán en rastas(o dreads, como les quieran llamar), algún país centro-africano, tal vez recordarán el Volkswagen Gol Top(invento despreciablemente simpático de la marca de autos) o algún otro colorinche motivo relacionado con cada vida cada momento cada lugar. Una plaza con juegos de colores, un jardín con enanos, un árbol con frutos, una playa abultada de gente, y otras cosas más, asaltan cualquier cabeza viva.
Pero no, pero nada de eso. Me refiero a un semáforo. Es decir, no a UN semáforo, sino a los semáforos en general, si no a ciertos en particular. Vivir en el conurbano bonaerense puede ser una experiencia complicada, desafiante. Las distancias son raras, los lugares a los que ir suelen tener un acceso complicado(por muchos motivos distintos, como medios de transporte, seguridad, distancias, condiciones del entorno), las motivaciones personales son muy diversas y los intereses siempre generan conflictos.
Pero no, pero nada de eso. Nunca hubiera pensado que pudiéramos tener tantos deseos de transgredir. Deseos ridículos, absurdos, apurados y detestables de hacer algo que se cruce un poquito de la raya que nos es impuesta. Anhelos apretujados e irritantes por quebrar el mimbre de la canasta que sostiene nuestros hálitos.
Imaginad por un momento un semáforo... Bueno, no. No imaginar, pensad en un semáforo. No cualquier semáforo, como decía antes. El semáforo más absurdo que se pueda recordar. Ese semáforo que está atrás de otro semáforo que también era absurdo. Ese semáforo que es un límite más allá de un límite. Esto, como toda hipérbole, implica que nuestro impulso hacia ese límitelímitelímitelímitelímite(suponiendo, como es el caso de la avenida que recuerdo, que los semáforos sean más que solamente dos) que cotidianamente tratamos de romper, doblar, esquivar o pisotear sea en este caso también hiperbólico.
¡Nos encontramos frente a un combustible con una gran capacidad de ignición! Pero el límite sigue siendo límite y los convenios siguen siendo convenios, aunque por un instante decidamos voluntariamente ignorarlos. Entonces, sucede lo ridículo, lo conflictivo, lo inesperado, lo hilarante. Una camioneta decide no respetar el semáforo. Pero no lo hace a gran velocidad. No es el apuro lo que la conduce, es el deseo de transgredir la norma que se evidencia como irracional. Una avenida de tres carriles por lado, en la que se cruzan vías urbanas de poca monta, que tiene los semáforos sincronizados de tal manera que uno, circulando por uno de los tres carriles, tendrá un semáforo rojo en cada esquina, un semáforo rojo esperándolo estúpidamente implacable; son normas que uno no puede evitar intentar transgredir. De hecho, la camioneta va taaaaan lento, y otro auto atrás, también. Se arrastran lento despacito, ya están más allá de la mitad del cruce y siguen arrastrándose, si alguien desde la senda peatonal casi desdibujada quisisera alcanzarlos tendría que caminar con tranquilidad y eso sería suficiente. Literalmente, reptan, como esperando que el límite que ya casi terminaron de cruzar se estire, esperando que el semáforo esté verde cuando pasen exactamente por debajo.
Pero es increíble que el semáforo tarda taaaaanto en cambiar que ni aún así el límite deja de ser destruído. ¡No puede uno imaginar que un auto cruce una calle tan lento, y aún así no logre esperar al cambio de semáforo! Pero es real.
Y lo único que explica el cambio lento podría ser el tráfico intenso durante los momentos pico de circulación, pero por Dios, ¿y todos los otros semáforos? Manejando hacia el sur, se siente ridículo frenar en un semáforo. RIDÍCULO. De cada 10 autos, 8 ó 9 no frenan. Ni hablar de la Costera(línea de colectivos 338, La Plata- San Isidro, para los que viven en una caja de fósforos), que parece tener como política corporativa no respetar uno sólo de los semáforos de todo el recorrido al sur de Morón. ¡Ni uno! Y uno circula manejando atrás, sin visión clara de los semáforos, confiando en el criterio de un chofer que evidentemente no tiene el mismo criterio que uno sobre el significado de las luces rojas.
¿Qué recordar? ¿En qué pensar al pensar en esto?
Seguramente algunos pensarán en rastas(o dreads, como les quieran llamar), algún país centro-africano, tal vez recordarán el Volkswagen Gol Top(invento despreciablemente simpático de la marca de autos) o algún otro colorinche motivo relacionado con cada vida cada momento cada lugar. Una plaza con juegos de colores, un jardín con enanos, un árbol con frutos, una playa abultada de gente, y otras cosas más, asaltan cualquier cabeza viva.
Pero no, pero nada de eso. Me refiero a un semáforo. Es decir, no a UN semáforo, sino a los semáforos en general, si no a ciertos en particular. Vivir en el conurbano bonaerense puede ser una experiencia complicada, desafiante. Las distancias son raras, los lugares a los que ir suelen tener un acceso complicado(por muchos motivos distintos, como medios de transporte, seguridad, distancias, condiciones del entorno), las motivaciones personales son muy diversas y los intereses siempre generan conflictos.
Pero no, pero nada de eso. Nunca hubiera pensado que pudiéramos tener tantos deseos de transgredir. Deseos ridículos, absurdos, apurados y detestables de hacer algo que se cruce un poquito de la raya que nos es impuesta. Anhelos apretujados e irritantes por quebrar el mimbre de la canasta que sostiene nuestros hálitos.
Imaginad por un momento un semáforo... Bueno, no. No imaginar, pensad en un semáforo. No cualquier semáforo, como decía antes. El semáforo más absurdo que se pueda recordar. Ese semáforo que está atrás de otro semáforo que también era absurdo. Ese semáforo que es un límite más allá de un límite. Esto, como toda hipérbole, implica que nuestro impulso hacia ese límitelímitelímitelímitelímite(suponiendo, como es el caso de la avenida que recuerdo, que los semáforos sean más que solamente dos) que cotidianamente tratamos de romper, doblar, esquivar o pisotear sea en este caso también hiperbólico.
¡Nos encontramos frente a un combustible con una gran capacidad de ignición! Pero el límite sigue siendo límite y los convenios siguen siendo convenios, aunque por un instante decidamos voluntariamente ignorarlos. Entonces, sucede lo ridículo, lo conflictivo, lo inesperado, lo hilarante. Una camioneta decide no respetar el semáforo. Pero no lo hace a gran velocidad. No es el apuro lo que la conduce, es el deseo de transgredir la norma que se evidencia como irracional. Una avenida de tres carriles por lado, en la que se cruzan vías urbanas de poca monta, que tiene los semáforos sincronizados de tal manera que uno, circulando por uno de los tres carriles, tendrá un semáforo rojo en cada esquina, un semáforo rojo esperándolo estúpidamente implacable; son normas que uno no puede evitar intentar transgredir. De hecho, la camioneta va taaaaan lento, y otro auto atrás, también. Se arrastran lento despacito, ya están más allá de la mitad del cruce y siguen arrastrándose, si alguien desde la senda peatonal casi desdibujada quisisera alcanzarlos tendría que caminar con tranquilidad y eso sería suficiente. Literalmente, reptan, como esperando que el límite que ya casi terminaron de cruzar se estire, esperando que el semáforo esté verde cuando pasen exactamente por debajo.
Pero es increíble que el semáforo tarda taaaaanto en cambiar que ni aún así el límite deja de ser destruído. ¡No puede uno imaginar que un auto cruce una calle tan lento, y aún así no logre esperar al cambio de semáforo! Pero es real.
Y lo único que explica el cambio lento podría ser el tráfico intenso durante los momentos pico de circulación, pero por Dios, ¿y todos los otros semáforos? Manejando hacia el sur, se siente ridículo frenar en un semáforo. RIDÍCULO. De cada 10 autos, 8 ó 9 no frenan. Ni hablar de la Costera(línea de colectivos 338, La Plata- San Isidro, para los que viven en una caja de fósforos), que parece tener como política corporativa no respetar uno sólo de los semáforos de todo el recorrido al sur de Morón. ¡Ni uno! Y uno circula manejando atrás, sin visión clara de los semáforos, confiando en el criterio de un chofer que evidentemente no tiene el mismo criterio que uno sobre el significado de las luces rojas.
O sí, tal vez, publicando 3 días después de lo que la propia norma dictaba. Rojo. Rojo.
Por ahora, nada más, aunque quede aún mucha tela por cortar.
Por ahora, nada más, aunque quede aún mucha tela por cortar.
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