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viernes, 11 de agosto de 2023

Elogio de la locura I

 "En el código Francés dice(...) que no hay crimen ni delito si el infractor se hallaba en estado de demencia en el momento del acto. La posibilidad de asignar la locura era, por lo tanto, exclusiva de la calificación de un acto como delito: si el autor estaba loco, no era la gravedad de su acción lo que modificaba, ni su pena la que debía atenuarse, era el delito mismo el que desaparecía. Era imposible, por ende, declarar a alguien a la vez culpable y loco; el diagnóstico de locura, si se planteaba, no podía integrarse en el juicio; interrumpía el procedimiento y deshacía la presa de la justicia sobre el autor del acto."

Foucault, M. "Vigilar y castigar".

En la mente del infame sentido común, la locura es una excusa. Es un estereotipo útil para exonerar automáticamente comportamientos que se salen de la norma. Es una herramienta para permitirse esos comportamientos. De algún modo, un mal necesario.

Es graciosa la locura, y la usamos cuando queremos ser únicos, pero que nuestra unicidad sea aceptada. Cuando quiero que se me vea cómico, gracioso, puedo dejar entrever que lo que digo es una locura. Y decir "¡Qué locura!" dejar entrever que identifico algo que estoy viendo como algo fuera de la convención que comparto con mi interlocutor.

La locura está determinada socio-culturalmente, sea lo que sea que eso signifique. Algo de lo que la inter-subjetividad de los integrantes de un grupo o comunidad consideran normal, y aquello que se aleja violentamente (sea lo que sea que eso signifique) de la normalidad. La locura en un tiempo no es necesariamente locura en otros tiempos. Pequeños gestos o comportamientos absolutamente normales en una sociedad pueden parecer "locos" en otra. 

Pero la locura, entendida en términos metafísicos, es un poder. Da inmunidad, en los términos que Esposito la entiende: la no necesidad de dar algo a la comunidad. En esta oposición, immunitas contra communitas, la locura funciona como un salvoconducto, como la razón para ser eximido de castigo. En ese sentido, como contrapoder, la locura es una rebelión.

No puedo pensarme loco. No puedo sentirme loco. Me actúo loco. Me represento loco, pero no puedo ser interiormente loco, a priori. Esa locura de la que se puede hablar es una performance, es una puesta en práctica de esa distancia entre lo que se puede y lo que no se espera.  Y, al mismo tiempo, la locura es preservación. Cuando determinada intensidad irreconciliable con la vida con otros se hace inevitable, recurrir a pretender locura es sanidad. Querer expresar lo inefable parece requerir de la performance de cierta locura.

Jasón sacude la cabeza cada vez que alguien lo llama loco a él, o me llama loco a mí. "No", dice,  acariciando a Disculpas profundamente decepcionado, "locura es que la guerra sea un buen negocio". No le niego sus conceptos. Ha viajado por el mundo en estos años, y su visión se ha vuelto más profunda, sagaz, cínica.