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miércoles, 27 de septiembre de 2017

La madre Harina

Jasón odia a su madre. Es decir, la ama, admira, venera profundamente. Detesta admitir la superioridad intelectual de su madre. Lo acepta con orgullo y con soberbia, como sabiéndose parte de una dinastía Me mandó las siguientes palabras, del libro Arquetipos e Inconsciente colectivo de Carl Jung:

(...) Pero para qué decir tantas cosas que son al mismo tiempo tan inadecuadas, tan insatisfactorias y también tan falsas; sí, para qué decir tanto de ese ser que se llamó madre y a quien -permitámonos decirlo- le tocó por casualidad ser portadora de esa vivencia que encierra en sí a ella, a mí y a toda la humanidad, a toda criatura viviente que llega a ser y pasa: la vivencia de la vida, cuyas criaturas somos.

Le contesté presuntuosamente con unas palabras, a mí entender, sumamente poéticas:

Somos lo que comemos. El pan nuestro de cada día. Mamá, nos cocinabas todos los días. ¡Cómo desearía cansarme de tus tartas de jamón y queso de nuevo! De las que tenían un montón de fetas y queso y huevo, y de las que se inflaban con escasez.
Mamá, ayer comí una tarta de manzana. Quemadita, con caramelo, como la hacías vos. Pero no tenía el sabor de tus manos, mamá. Siempre lo dije, las empanadas de verdura que hacías eran las mejores del mundo.
Pero no todo es un lecho de rosas. Será que siempre fuiste todopoderosa. Extraño verte en los recreos, cruzarme al otro patio. Extraño verte todos los días y abrazarte, como si nos amasáramos las espaldas.
Tantas cosas aprendidas. Dormir la siesta, descansar. y volver a empezar. Y todo como en un sueño. Y el olor de la cena en el horno, o sobre las hornallas, y la tranquilidad de saber que estabas ahí.
Y escucharte cantar, mamá, con esa voz tan suave y melodiosa, como deslizada, estirando y arrastrando cada vocal, transformando hasta la canción de protesta más iracunda en una plegaria para nuestros oídos.
Y verte pelear con la plancha, haciendo malabares con minutos, frutas y pan. Pidiendo fiado con vergüenza, por tanto trabajo no reconocido.
Enseñando, todo el tiempo. Pocos recuerdos tengo de haberte visto descansando. Cansada, fatigada, exhausta, abatida, sí. Descansando, no tanto. Por eso no te extraño tanto ahora, porque sé que descansás, y cantás y seguís enseñando a otros que ojalá quizás aprendan a enseñar tan bien, con tanto amor y tanta pasión como vos lo hiciste.
Y quizás se me caiga una lagrimita aventurera desde la punta de la nariz hacia el papel en el que escribo. Una, cada tanto. Quizás me saque los anteojos para frotarme un poco los ojos. Nada grave. No es tristeza, es nostalgia.
Y no me preocupa, no me siento mal. Porque somos lo que comemos. Y mi comida vino de tus manos. Nada, entonces, puede estar mal.

Su respuesta fue fulminante, Me destruyó gramaticalmente, lingüísticamente, sintácticamente, semánticamente. No hubo migaja de mi intención que lograse sobrepasar el calor de su horno. Mi cursilería lo hizo vomitar sus peores insultos, casi metafóricamente hablando.
Sigo pensando, aún así, que las manos amasadoras de una madre, pueden contra cualquier mal, y que la cursilería no deja, aún, de ser un mal necesario, como el pan nuestro de cada día

domingo, 11 de junio de 2017

Hadas, duendes, brujas y Magas

Este verano encontré entre los manuscritos raídos y mojados en un depósito al lado de la casa de mis padres, en El Bolsón, un libro titulado: "Crónicas de viajes perdidos". Era un tomo con investigaciones de la fauna y flora de la zona patagónica. Entre los artículos referidos a las maras, los pudúes y los huemules, me llamó la atención el siguiente artículo, por lo inverosímil, y por lo articulado. Mucho más detallado que los otros, y mejor escrito. Arranqué las hojas y me las guardé.
Si se camina lentamente por el camino que corre al costado del río de los relojes, donde el tiempo pierde la rectilinealidad que lo caracteriza y se desgrana en chocolates y piedras bochas, se pueden encontrar duendes.
En realidad, la palabra exacta con la cual se puede nombrar a estos seres indescriptiblemente caóticos y hermosos es difícilmente convencional. La palabra que ellos usan para presentarse se traduce literalmente como hada, pero es claramente por su puro deseo de no ser confundidos con el estereotipo de duende petiso, enjuto, vestido de un verde foresta apagado, con ropas raídas y orejas puntiagudas. Ciertamente tampoco son seres insulsos y tontones con alas blancas y brillitos.
El término bruja, que es el que escolásticamente utilizamos durante mucho tiempo, no deja de llevarnos a un imaginario donde encontrar verrugas, y piel pálida y verdosa, rodeada de pelo negro grasoso y ralo, sumando quizás una nariz ganchuda y pócimas olorosas. Tampoco hace justicia a estos seres de telas gastadas, piel tostada y cuerpos atléticos

Bruja duende, o hada Maga, no sirven. Maru, es la pronunciación de su nombre en su propia lengua.
Caminando, entonces, hacia la Laguna Negra, encontré una Maru. El cuerpo, de talle pequeño, relumbraba entre los reflejos del río y las flores. No era la luz del sol la que manaba de sus miembros firmes y delicados, era una suerte de luz vibrante, como si el río temblara con sus deseos.
Agachada oliendo las Amancay, el pelo rubio se confundía con las flores, y las ropas simples, sobrias, iluminaban la corteza de los troncos caídos. La mirada, siempre esquiva, soslayó mi presencia, inmutable, como si no existiera.  Recorrió después cada una de las hojas del enramado bosque y, cerrando los ojos atigrados, respiró profundo y siguió bordeando el cauce húmedo.
Río arriba, se tuvo que detener a tomar agua en un rellano en que muchos árboles habían sido removidos, y la tierra más bien parda rojiza hacía espacio para la brisa. Agachada en cuclillas, sus piernas extremadamente esbeltas, como cañas curvadas al calor del vapor, parecían listas para dar un latigazo. Mientras bebía, el canto lastimero de un ave de montaña la atrajo. Posaba para que los ojos de la Maru definieran con presteza sus bordes, sus formas. Porque todos sabemos que la mirada es la que hace existir. Pero la mirada de la Maru da brillo, realza, embellece. Da vida.
La expedición continuó, calma, disfrutando de las cascadas del río y de las chispas de luz entre las sombras de las hojas.
Mi cansancio parecía único, pero no era más que la sombra del aliento incansable de la Maru, elástica y blanda.
Hasta mis palabras se hacen migas rústicas, como torpes e inseguros pasos dados en la oscuridad, cuando las comparo con los movimientos de los brazos de esta criatura del bosque, fibrosos y gráciles como alas.

El camino se hace largo, no sé si voy a poder regresar. Ya tampoco sé si quiero. Lo que he visto... Lo que he vivido... Aunque quisiera, ya no sé si existe tal cosa como el regreso.