Hoy Jasón vino a saludar. Como siempre, su arreglado aspecto físico, su prolijidad artificial, como quien no sabe cómo adornar sus inseguridades, se veían alterados por detalles imperceptibles, como un pequeño mechón de pelo asomando por debajo y detrás de su oreja izquierda. O esa mirada extraviada que me dice que estuvo pensando en el amor.
Casi temo preguntar sobre su estado. Las conversaciones pueden ser extrañas con Jasón cuando tiene los ojos así, como llenos de vacío. Sus ojos oscuros y brillantes, mirando las paredes como encontrando defectos que no buscaban, descubriendo decepcionados las respuestas a las preguntas que aún no habían formulado.
Noto que no tiene ganas de hablar, pero me da intriga. Cuando el compromiso afectivo y la incomodidad del silencio me impulsan, tomo la iniciativa. Justo cuando estoy separando los labios para charlar como casualmente, extiende la mano y me da una carta desprolija en la misma manera que su mechón de pelo, en una esquina escondida, con una mancha de lápiz que habla de borradores previos y dudas escondidas.
La carta de Jasón es confusa. Tiene fragmentos de pensamientos desperdigados en varios meses de sufrimiento, desde que sufrió su decepción con Alanis, y dejaron de hablarse. Supongo que no le va a molestar que comparta algunos fragmentos.
Quiero encontrar palabras. Quiero transformar esta angustia en amor. Y me odio por ser egoísta, y me odio por no ser ese que admiraría ver. Pero puedo serlo. Es solamente ver amor, mover amor, hablar amor. Cuidar mis pensamientos. ¿Pero como decir que me sentí abandonado, si ella sintió lo mismo? No hay camino que no sea empinado, no hay camino sin abismo.
Un grano de arroz en tu espalda,
Tu pelo cayendo en mi alma,
dispuesto a perderse en la calma
de un cielo y de una ventana.
No hay entendimiento, no hay regocijo. La miel no es ya tan pura, el sabor ya no es cristalino, cremoso. Lo que escribo no es divino, lo que siento no es divertido. Soledad, en última instancia, como la distancia de dos mares. ¿Cuántas veces nos alejamos antes de dejar de acercarnos? La forma del resentimiento por el amor que no encontramos (no voy a decir perdimos, que nada está perdido mientras se siga buscando) es una serpiente que se muerde la cola. No es que no me resigno, es que sólo sigo el sentido de tantas preguntas que no decido.
Un cielo en una ventana,
Hojas de otoños usadas,
los libros que no dicen nada
de un grano de arroz, sólo calma.
La felicidad no es ningún pasatiempo, no es trabajo part-time. Cada día debo levantarme buscando un minuto. Sesenta eternos segundos que den sentido a levantarme otra vez. Y la soledad de entender que la felicidad de uno es nada si hace a otro infeliz, y viceversa.
Calma, sólo calma, una cintura delgada en
calma, sólo calma.
El mar, inundando la cama,
El viento, perfume y pestañas
Tristeza y dolor que nos narran,
Historias que no dicen nada...
Nada, tanta nada, el cielo en una ventana
y nada, sólo calma.
Todos los días, cada segundo, buscar una razón para sonreír. Y la soledad de que la sonrisa parezca fácil, parezca gratis. La tristeza de que la alegría parezca intrínseca. El engaño logrado y el fracaso en el éxito del deseo. El deseo que se aniquila cuando se concreta. Como siempre, el esfuerzo artístico de ocultar el esfuerzo logra arte, pero cuesta la soledad. La eterna soledad. La soledad de la soberbia.
Cuando levanté la vista, Jasón me había dejado una bolsa de bizcochitos. Supongo que no soportó descubrir sorpresa en mi cara. Me pareció que algunas de las cosas que había escrito me resonaban... Supongo que de alguna canción de un compositor ignoto y descorazonado.
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lunes, 19 de noviembre de 2018
Regla
Jasón duerme en la playa de un lago, cansado el cuerpo, cansados los ojos. Estuvo viajando días y días, con una mochila cargada únicamente con lo imprescindible. Con sólo decir que incluía algunos de sus libros favoritos y muy poca ropa, alcanza para entender que lo imprescindible cambia según el punto de vista.
Mira hacia el otro lado del lago, tratando de descubrir si la otra orilla es tan caótica como ésta. La soledad de las piedras y el vaivén del agua se confunden con el viento intenso y ruidoso.
Al lado de Jasón, una mujer joven, aproximadamente de la misma edad que él, con ojos tristes, pelo abundante y brazos fuertes, también parece buscar algo del otro lado del lago. Es claro que no buscan lo mismo, y sus tristezas no están en la misma piedra, del otro lado del lago.
Ella es su regla. Su parámetro, la que lo definió, la que decidió todas sus decisiones amorosas durante muchos años. Pero no estoy refiriendome a una mera comparación, frívola y superficial, entre mediciones de belleza, cuasi como un concurso de televisión. No, algo mucho más intrínseco de la posibilidad de amar.
Ella definió qué era el amor. Ella definió qué iba a ser la belleza de una mujer. Qué iba a ser el dolor, qué extrañar, qué los celos y qué la eroticidad. Nunca, que Jasón recuerde, hasta el día de hoy, tuvo Jasón otra referencia posible. Sólo su mirada esquiva, sólo su mirada extraviada, como diciendo que no y diciendo que sí. Su sonrisa confusa, sus labios a medio extender.
Y hoy, acá, de nuevo, Jasón mide. Algo de la distancia lo hacía idealizar. Es claro que ya no tiene los mismos ojos. Las ropas casuales de la adolescencia se transformaron en un traje que viste incluso ahora, tirado como está en la orilla pedregosa de un lago de montaña. Mide con cautela, se siente estúpido con su traje, y ella tan montaña, ella tan agua de lago, tan voz de viento, tan ojos de luna.
Pero hay algo de asesinato en su medición, algo de olvido en su mirada. Y así mueren 17 años de engaños autoinfligidos, de esperas insípidas.
Ella era el molde de sus pasteles, el horno de su afecto. Y explotó con la sencillez con la que una estrella desaparece del cielo. Así, durante una noche estrellada y fresca, en la playa de un lago, cansado el cuerpo, cansados los ojos, Jasón construye un nuevo molde. Pero ya no se sabe cuándo habrá nuevos pasteles.
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