¿Se puede, se puede todo
en un suspiro?
Se puede mucho, se puede
lo suficiente...
Pero, ¿el alma?
Imaginar que a algún artista puede no interesarle su producto, su arte, es doloroso. Como especulaba Marx, quien consideraba que aún en un mundo cosificado y alienado, el arte es un reducto de autonomía frente a la estructura económica, me imagino a los artistas como algo idílico, fantástico, onírico.
Pero no es así, no soy así, no son así. Hablando durante un impasse en un ensayo con una cantante profesional, miembro del elenco de una importantísima ópera del Teatro Colón(mayor objetivo artístico y profesional de cualquier cantante lírico argentino), descubrí que la profesionalización, en todo ámbito, cobra sus comisiones.
"Pero...", fue mi pregunta, "ese día, ¿no hay toque de queda por las elecciones?". Su respuesta fue contundente e indiferente: "Ah, no sé, ése es problema de ellos". Mi horror se disimuló con una sonrisa tibia y algún ahsíclaro extraño en labios de un artista vocacional.
La idea de la indiferencia ante la posibilidad de cantar en el ápice del arte lírico argentino, claro, es lejana al amor que circula en las venas de muchos cantantes jóvenes que renuncian a la ilusión de poder ingresar al templo operístico con otra intención que la de ocupar un asiento en la platea lo más cerca de la planta baja que sea posible, sólo por el inmenso respeto y admiración que les infunde semejante globo terráqueo de música.
Suponer que a alguien le dé lo mismo que se dé una función en el Teatro o no, no me cabe de ninguna manera en la cabeza. Pero, tal vez no sea ése el caso. Las opciones son dos: la indiferencia que yo percibí, no era tal, sino confianza en la labor de otros eslabones de la cadena de producción; o el hecho de comercializar el trabajo propio lo convierte en un objeto distante, alienado.
Claro, uno podría decir, eso pasa con todo... Pero, ¿con el arte? ¡Imposible! Me niego rotundamente a que suceda eso. No porque considere que no deba ser una labor que permita al artista vivir, sino que el coste de la profesionalización no puede ser la vida artística o espiritual del artista mismo.
"Tranquilo, les pasa a todos, es parte de la vida", me dice
Jasón, con un cinismo que me anuda la garganta. "Es simplemente la relajación de ansiedades propias del amateur". Alanis me acaricia el cachete, "
Me niego rotundamente, con toda mi alma, con las uñas, con los pelos, con cada pestaña y ceja, a creer que el pancito, cada pancito, va poder ser algo casi indiferente, someramente anhelado, tibiamente esperado. No, no puedo soportarlo. Cada pancito será para mí algo nuevo, o no será.
Será todo, o no será nada.
"Extremista", escupe Jasón.
"Me gusta", sonríe Alanis.
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miércoles, 27 de julio de 2011
miércoles, 20 de julio de 2011
El clima de estreno: sobre la moral y el ánimo
Hay dos momentos por los que debe pasar un cantante o actor, ineludiblemente: uno, el momento de estudiante, en el que debe eliminar su ego, para encontrar algo nuevo, confiar en lo que no tiene para encontrar lo que desea, entregando su persona entera al director. El segundo, momento de artista en sí, en el que debe entender que lo que hace en es lo único y lo mejor, lo necesario, aquello que no puede ser de otra manera: es el momento de la función, donde con absoluta genersidad debe entregar su persona entera al público.
Acercándose el estreno, los problemas en la organización de los ensayos de la ópera se iban acrecentando. Cancelaciones de ensayos y limitaciones espaciales por compartir escenario con otras puestas, problemas de dinero(siempre, el dinero...) y otras cuestiones con el teatro hacían que la producción fuera cada vez más heroica.
La ópera es, en sí, un género épico. Es la parodia de una batalla desmesurada en la que cada intérprete debe dejar todo en el escenario, abandonar todo, para poder adueñarse de cada una de las personas que espera, sentada, un espectáculo casi circense, un despliegue de virtuosismos lujosos. Ahora, imaginar que además de cantar, actuar y, en algunos momentos, hasta bailar, los intérpretes tengan que sacar la escenografía del sótano del teatro para acomodarla sobre el escenario, acomodar los espacios, los atriles de los músicos, el cableado de sonido, doblar los programas, preparar la sala para acomodar a la gente, recibir a la gente, acomodar a la gente para luego subir al escenario y sonreír mientras se canta, actúa y baila, para después bajar, despedir a la gente y bajar la escenografía de nuevo desde el escenario hacia el sótano, justo después de haberse desmaquillado; hace repensar la categoría de lo heroico. ESO es heroico.
El grupo, la compañía, casi absolutamente vocacional, y amateur, es, además, bastante inexperta, y no soluciona siempre con absoluta soltura y prontitud los problemas que se presentan. Pero el constante deseo de que las cosas funcionen bien, hace que parezcamos inconscientes, temerarios y desaforados. Lo único importante es poder subir al escenario a sonreír. Sonreír con tanta alegría que el escenario explote con el brillo de nuestros dientes resplandecientes.
Seguíamos preocupados por la falta de ensayos, ninguno de nosotros sentía un exceso de confianza en la propia producción artística, ni desde lo actoral, ni desde lo vocal. El arrojo era desenfreno, pero tratábamos de sosegarnos. Estar una semana antes del estreno y no tener ni siquiera una mínima noción de cómo iba a ser el vestuario que íbamos a usar nos ponía un poco inquietos.
Pero había algo que no se podía explicar, una brisa que circulaba entre los pasillos del teatro y nos hacía mostrarnos esa sonrisa inquieta unos a otros al cruzarnos durante las preparaciones previas de cada ensayo, entre escenas o mientras nos cambiábamos para irnos a casa. Era la sensación de ser indestructibles. Y el estreno, inminente, imparable compañero del celerípedo tiempo, soldaba esas estrecheces con amalgama de oro y platino.
Tal vez, apoyados por los dos directores, él y ella, que tan histéricos y sensibles y tranquilos podían parecer, todo al mismo tiempo. Tal vez, soportados por el potencial de lo que estábamos haciendo, y la admiración del esfuerzo de los compañeros. Pero sin duda alguna por la sensación de unidad de la bella compañía, ese cúmulo inexplicable de personalidades diversas, de personas-personaje; que no nos permitíamos a nosotros mismos defraudar.
Porque seguro estoy de que entrar a una escena sabiendo que un compañero estaba en la pata(eso que algunos piensan que es una cortina, que se ubica a los costados del escenario) mirando, era sentir dos respiraciones: la de uno con el canto, la del otro contenida. Y eso no tiene precio.
Como el pan, que es verdaderamente delicioso. Pero con manteca, ¡ah!, con manteca es sublime.
Acercándose el estreno, los problemas en la organización de los ensayos de la ópera se iban acrecentando. Cancelaciones de ensayos y limitaciones espaciales por compartir escenario con otras puestas, problemas de dinero(siempre, el dinero...) y otras cuestiones con el teatro hacían que la producción fuera cada vez más heroica.
La ópera es, en sí, un género épico. Es la parodia de una batalla desmesurada en la que cada intérprete debe dejar todo en el escenario, abandonar todo, para poder adueñarse de cada una de las personas que espera, sentada, un espectáculo casi circense, un despliegue de virtuosismos lujosos. Ahora, imaginar que además de cantar, actuar y, en algunos momentos, hasta bailar, los intérpretes tengan que sacar la escenografía del sótano del teatro para acomodarla sobre el escenario, acomodar los espacios, los atriles de los músicos, el cableado de sonido, doblar los programas, preparar la sala para acomodar a la gente, recibir a la gente, acomodar a la gente para luego subir al escenario y sonreír mientras se canta, actúa y baila, para después bajar, despedir a la gente y bajar la escenografía de nuevo desde el escenario hacia el sótano, justo después de haberse desmaquillado; hace repensar la categoría de lo heroico. ESO es heroico.
El grupo, la compañía, casi absolutamente vocacional, y amateur, es, además, bastante inexperta, y no soluciona siempre con absoluta soltura y prontitud los problemas que se presentan. Pero el constante deseo de que las cosas funcionen bien, hace que parezcamos inconscientes, temerarios y desaforados. Lo único importante es poder subir al escenario a sonreír. Sonreír con tanta alegría que el escenario explote con el brillo de nuestros dientes resplandecientes.
Seguíamos preocupados por la falta de ensayos, ninguno de nosotros sentía un exceso de confianza en la propia producción artística, ni desde lo actoral, ni desde lo vocal. El arrojo era desenfreno, pero tratábamos de sosegarnos. Estar una semana antes del estreno y no tener ni siquiera una mínima noción de cómo iba a ser el vestuario que íbamos a usar nos ponía un poco inquietos.
Pero había algo que no se podía explicar, una brisa que circulaba entre los pasillos del teatro y nos hacía mostrarnos esa sonrisa inquieta unos a otros al cruzarnos durante las preparaciones previas de cada ensayo, entre escenas o mientras nos cambiábamos para irnos a casa. Era la sensación de ser indestructibles. Y el estreno, inminente, imparable compañero del celerípedo tiempo, soldaba esas estrecheces con amalgama de oro y platino.
Tal vez, apoyados por los dos directores, él y ella, que tan histéricos y sensibles y tranquilos podían parecer, todo al mismo tiempo. Tal vez, soportados por el potencial de lo que estábamos haciendo, y la admiración del esfuerzo de los compañeros. Pero sin duda alguna por la sensación de unidad de la bella compañía, ese cúmulo inexplicable de personalidades diversas, de personas-personaje; que no nos permitíamos a nosotros mismos defraudar.
Porque seguro estoy de que entrar a una escena sabiendo que un compañero estaba en la pata(eso que algunos piensan que es una cortina, que se ubica a los costados del escenario) mirando, era sentir dos respiraciones: la de uno con el canto, la del otro contenida. Y eso no tiene precio.
Como el pan, que es verdaderamente delicioso. Pero con manteca, ¡ah!, con manteca es sublime.
miércoles, 13 de julio de 2011
Exceso de palabras: exceso de movimiento
a veces suelen decirme que hablo de más que tengo palabras que sobran que uso más de lo que hace falta pero no puedo poner menos porque no puedo dejar cosas afuera imaginando una mañana en la que desayuno me despierto despacio camino de un lado al otro buscando material para una clase que tomo para una clase que doy me preparo me emperifollo no soporto la idea de no gustar camino lentamente divago y no puedo pensar el momento y la mente se desconecta se vuelve a conectar me pongo la ropa sin planchar saco la agenda reviso que este en la mochila todo lo que necesito aditivos de comunicación también viajan agenda veo la mochila obesa cuento los pasos hasta la estación practicando poner un adjetivo diferente a cada árbol alto bajo flaco largo marrón verde triste alegre sigo caminando morado pienso en las cosas que tengo en el día por delante tomo el tren duermo porque el tren me cansa y no puedo mantener la cabeza encendida llego a la escuela paso por el bar café de la escuela encuentro gente hablo con la gente sigo caminando entro tarde a la clase entiendo de qué hablan hablo con la gente y luego me sumo a la conversación porque entiendo de qué hablan hago un comentario acertado sigo hablando como si fuera natural otra vez al bar café de la escuela más gente sigo charlando narro lo que me pasó en el día y el día anterior y vuelvo a clase y sigo hablando me toca dar clase y lo disfruto me encanta siento que vuelo y las palabras parecen no acabarse vuelvo a salir otra vez al bar café de la escuela más gente hablo con la gente narro lo que me paso hasta ahora debate en el centro de estudiantes y sigo hablando me piden que me calle estamos hablando de otra cosa el corazón se me inunda de tercas revueltas verbales contengo un corcel desbocado agarrándole las patas traseras siento cómo el corcel se me libera hablo con la gente las crines del corcel se enredan en mis dedos, mis muslos aprietan las espaldas irreverentes y musculosas del matungo embravecido hablo con la gente escribo los resultados de una clase íntima sigo hablando con la gente son las once de la noche saco mi agenda escribo cosas saco mi momentario y escribo cosas llego a casa prendo la computadora escribo un artículo del blog mientras me como un pancito del mediodía hablo con la gente
Me siento sola.
Me siento sola.
miércoles, 6 de julio de 2011
Sobre la poesía y la vida y su combinación catastrófica en las veredas de los barrios
Caminando por las calles de mi barrio,
Alanis se pone cursi. Mira una hoja otoñal caer y dice frases hechas
que parecen caminar al lado nuestro, gordas y pesadas. Jasón
refunfuña y se queja de los cambios de temperatura mientras trata de
estirar las piernas sin dejar de caminar. Parece como si tuviera
calambres, por los movimientos convulsos de sus pies, que se alejan
de su cadera como distraídos.
El día, sin nubes, está realmente
claro, diáfano. El viento suspira entre nosotros, alejando nuestras
tristezas. Hasta las quejas de Jasón parecen más suaves, más
tiernas. “Te estás ablandando”, le digo. “Andate a la mierda”,
me responde, sonriendo. Me pregunto qué haría falta para que dejara
sus modos agrios. Jasón está comenzando su autobiografía. Por supuesto, como todos, cree
que las cosas que le suceden son únicas y geniales, y considera que todo
el mundo debería saber sobre él. “El viento me está haciendo cosquillas”, dice
Alanis. Nos reímos ella y yo, y miro de soslayo una sonrisa
disconforme de Jasón, que no logra contenerse.
Estoy a una cuadra y algunos metros de
mi casa, pero el paso que estoy dando en esta vereda no demasiado
rota es eterno. Tal vez porque está en mi memoria, como me decía
Alanis la semana pasada. Tal vez porque a pesar de todo, hay una hoja
verde en el árbol, al lado de la vereda.
En frente, saber que está ese
videoclub,con su cartel verde chillón, ahora callado, ajado; me hace
sentir un poco menos poético. Pero no logra asesinar el momento. El
momento lucha, con una espada hecha sólo de hojas otoñales, de
marrón frush frush. Siento que podría tirarme un pedo en este
momento y el poema seguiría siendo poema.
Claro, los límites en esta vereda
poética están tan, tan marcados. Me tropiezo, me río, esperando
que Jasón y Alanis me acompañen en la sonrisa. Alanis se enoja, sin
entender por qué me río. “Te pudiste haber matado”. Jasón me
toma por idiota, sigue caminando sin mirarme. Golpeo mis pantalones
sucios, sacudiéndome la sonrisa frustrada.
Si hiciera un recuento escrito de mi
vida, ¡cuánta poesía podría escribir! Sé que inevitablemente
alguien se ofendería, porque mi vida contiene personas que son
poesía. Y la poesía es así, polisémica, de múltiples lecturas:
placer y sufrimiento. Sobre todo si es buena poesía, como las
personas en mi vida.
La poesía del pan, sin más. Del
levado lento, lento, lento, uuuhh, lento. Del amasado duro, como la
torta de los cien golpes, que cansa más que cien golpes en un ring,
porque exige cariño. Exige poesía. Como la pizza que une lo
irreconciliable. Como la poesía de una albahaca fresca sobre el
queso derretido, brillante y grasoso, pringoso y maleable.
Y no se puede pedir perdón por la
poesía. Porque la poesía es amor. Como el pan, la torta y la pizza.
La poesía no se concibe sin amor. Pretender que lo sufrido no tiene
amor, es no ver la poesía en el sufrimiento. Y si se logra ver la
poesía en el sufrimiento... ¡Por Eros, cómo no ver el amor!
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