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miércoles, 27 de julio de 2011

Sobre la profesionalización y la alienación del artista

¿Se puede, se puede todo
 en un suspiro?
Se puede mucho, se puede
lo suficiente...
Pero, ¿el alma? 

Imaginar que a algún artista puede no interesarle su producto, su arte, es doloroso. Como especulaba Marx, quien consideraba que aún en un mundo cosificado y alienado, el arte es un reducto de autonomía frente a la estructura económica, me imagino a los artistas como algo idílico, fantástico, onírico.
Pero no es así, no soy así, no son así. Hablando durante un impasse en un ensayo con una cantante profesional, miembro del elenco de una importantísima ópera del Teatro Colón(mayor objetivo artístico y profesional de cualquier cantante lírico argentino), descubrí que la profesionalización, en todo ámbito, cobra sus comisiones.
"Pero...", fue mi pregunta, "ese día, ¿no hay toque de queda por las elecciones?". Su respuesta fue contundente e indiferente: "Ah, no sé, ése es problema de ellos". Mi horror se disimuló con una sonrisa tibia y algún ahsíclaro extraño en labios de un artista vocacional.

La idea de la indiferencia ante la posibilidad de cantar en el ápice del arte lírico argentino, claro, es lejana al amor que circula en las venas de muchos cantantes jóvenes que renuncian a la ilusión de poder ingresar al templo operístico con otra intención que la de ocupar un asiento en la platea lo más cerca de la planta baja que sea posible, sólo por el inmenso respeto y admiración que les infunde semejante globo terráqueo de música.
Suponer que a alguien le dé lo mismo que se dé una función en el Teatro o no, no me cabe de ninguna manera en la cabeza. Pero, tal vez no sea ése el caso. Las opciones son dos: la indiferencia que yo percibí, no era tal, sino confianza en la labor de otros eslabones de la cadena de producción; o el hecho de comercializar el trabajo propio lo convierte en un objeto distante, alienado.
Claro, uno podría decir, eso pasa con todo... Pero, ¿con el arte? ¡Imposible! Me niego rotundamente a que suceda eso. No porque considere que no deba ser una labor que permita al artista vivir, sino que el coste de la profesionalización no puede ser la vida artística o espiritual del artista mismo.
"Tranquilo, les pasa a todos, es parte de la vida", me dice Jasón, con un cinismo que me anuda la garganta. "Es simplemente  la relajación de ansiedades propias del amateur". Alanis me acaricia el cachete, "
Me niego rotundamente, con toda mi alma, con las uñas, con los pelos, con cada pestaña y ceja, a creer que el pancito, cada pancito, va poder ser algo casi indiferente, someramente anhelado, tibiamente esperado. No, no puedo soportarlo. Cada pancito será para mí algo nuevo, o no será.
Será todo, o no será nada.
"Extremista", escupe Jasón.
"Me gusta", sonríe Alanis.

1 comentario:

  1. Ccomentario de mamá?! Me emociona y me tranquiliza que todavía no te sea indiferente, especialmente todo lo relacionado a tu vocación. La vocación es irrenunciable que quede grabado en tu preciosa e indispensable memoria...

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