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miércoles, 6 de julio de 2011

Sobre la poesía y la vida y su combinación catastrófica en las veredas de los barrios

Caminando por las calles de mi barrio, Alanis se pone cursi. Mira una hoja otoñal caer y dice frases hechas que parecen caminar al lado nuestro, gordas y pesadas. Jasón refunfuña y se queja de los cambios de temperatura mientras trata de estirar las piernas sin dejar de caminar. Parece como si tuviera calambres, por los movimientos convulsos de sus pies, que se alejan de su cadera como distraídos.


El día, sin nubes, está realmente claro, diáfano. El viento suspira entre nosotros, alejando nuestras tristezas. Hasta las quejas de Jasón parecen más suaves, más tiernas. “Te estás ablandando”, le digo. “Andate a la mierda”, me responde, sonriendo. Me pregunto qué haría falta para que dejara sus modos agrios. Jasón está comenzando su autobiografía. Por supuesto, como todos, cree que las cosas que le suceden son únicas y geniales, y considera que todo el mundo debería saber sobre él. “El viento me está haciendo cosquillas”, dice Alanis. Nos reímos ella y yo, y miro de soslayo una sonrisa disconforme de Jasón, que no logra contenerse.


Estoy a una cuadra y algunos metros de mi casa, pero el paso que estoy dando en esta vereda no demasiado rota es eterno. Tal vez porque está en mi memoria, como me decía Alanis la semana pasada. Tal vez porque a pesar de todo, hay una hoja verde en el árbol, al lado de la vereda.


En frente, saber que está ese videoclub,con su cartel verde chillón, ahora callado, ajado; me hace sentir un poco menos poético. Pero no logra asesinar el momento. El momento lucha, con una espada hecha sólo de hojas otoñales, de marrón frush frush. Siento que podría tirarme un pedo en este momento y el poema seguiría siendo poema.


Claro, los límites en esta vereda poética están tan, tan marcados. Me tropiezo, me río, esperando que Jasón y Alanis me acompañen en la sonrisa. Alanis se enoja, sin entender por qué me río. “Te pudiste haber matado”. Jasón me toma por idiota, sigue caminando sin mirarme. Golpeo mis pantalones sucios, sacudiéndome la sonrisa frustrada.


Si hiciera un recuento escrito de mi vida, ¡cuánta poesía podría escribir! Sé que inevitablemente alguien se ofendería, porque mi vida contiene personas que son poesía. Y la poesía es así, polisémica, de múltiples lecturas: placer y sufrimiento. Sobre todo si es buena poesía, como las personas en mi vida.


La poesía del pan, sin más. Del levado lento, lento, lento, uuuhh, lento. Del amasado duro, como la torta de los cien golpes, que cansa más que cien golpes en un ring, porque exige cariño. Exige poesía. Como la pizza que une lo irreconciliable. Como la poesía de una albahaca fresca sobre el queso derretido, brillante y grasoso, pringoso y maleable.


Y no se puede pedir perdón por la poesía. Porque la poesía es amor. Como el pan, la torta y la pizza. La poesía no se concibe sin amor. Pretender que lo sufrido no tiene amor, es no ver la poesía en el sufrimiento. Y si se logra ver la poesía en el sufrimiento... ¡Por Eros, cómo no ver el amor!

1 comentario:

  1. Gracias por la poesía, pero sobre todo gracias por saber reconocer el amor...

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