Caminando por las calles de mi barrio,
Alanis se pone cursi. Mira una hoja otoñal caer y dice frases hechas
que parecen caminar al lado nuestro, gordas y pesadas. Jasón
refunfuña y se queja de los cambios de temperatura mientras trata de
estirar las piernas sin dejar de caminar. Parece como si tuviera
calambres, por los movimientos convulsos de sus pies, que se alejan
de su cadera como distraídos.
El día, sin nubes, está realmente
claro, diáfano. El viento suspira entre nosotros, alejando nuestras
tristezas. Hasta las quejas de Jasón parecen más suaves, más
tiernas. “Te estás ablandando”, le digo. “Andate a la mierda”,
me responde, sonriendo. Me pregunto qué haría falta para que dejara
sus modos agrios. Jasón está comenzando su autobiografía. Por supuesto, como todos, cree
que las cosas que le suceden son únicas y geniales, y considera que todo
el mundo debería saber sobre él. “El viento me está haciendo cosquillas”, dice
Alanis. Nos reímos ella y yo, y miro de soslayo una sonrisa
disconforme de Jasón, que no logra contenerse.
Estoy a una cuadra y algunos metros de
mi casa, pero el paso que estoy dando en esta vereda no demasiado
rota es eterno. Tal vez porque está en mi memoria, como me decía
Alanis la semana pasada. Tal vez porque a pesar de todo, hay una hoja
verde en el árbol, al lado de la vereda.
En frente, saber que está ese
videoclub,con su cartel verde chillón, ahora callado, ajado; me hace
sentir un poco menos poético. Pero no logra asesinar el momento. El
momento lucha, con una espada hecha sólo de hojas otoñales, de
marrón frush frush. Siento que podría tirarme un pedo en este
momento y el poema seguiría siendo poema.
Claro, los límites en esta vereda
poética están tan, tan marcados. Me tropiezo, me río, esperando
que Jasón y Alanis me acompañen en la sonrisa. Alanis se enoja, sin
entender por qué me río. “Te pudiste haber matado”. Jasón me
toma por idiota, sigue caminando sin mirarme. Golpeo mis pantalones
sucios, sacudiéndome la sonrisa frustrada.
Si hiciera un recuento escrito de mi
vida, ¡cuánta poesía podría escribir! Sé que inevitablemente
alguien se ofendería, porque mi vida contiene personas que son
poesía. Y la poesía es así, polisémica, de múltiples lecturas:
placer y sufrimiento. Sobre todo si es buena poesía, como las
personas en mi vida.
La poesía del pan, sin más. Del
levado lento, lento, lento, uuuhh, lento. Del amasado duro, como la
torta de los cien golpes, que cansa más que cien golpes en un ring,
porque exige cariño. Exige poesía. Como la pizza que une lo
irreconciliable. Como la poesía de una albahaca fresca sobre el
queso derretido, brillante y grasoso, pringoso y maleable.
Y no se puede pedir perdón por la
poesía. Porque la poesía es amor. Como el pan, la torta y la pizza.
La poesía no se concibe sin amor. Pretender que lo sufrido no tiene
amor, es no ver la poesía en el sufrimiento. Y si se logra ver la
poesía en el sufrimiento... ¡Por Eros, cómo no ver el amor!
Gracias por la poesía, pero sobre todo gracias por saber reconocer el amor...
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