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miércoles, 3 de agosto de 2016

Sin título

Puse en mi escritorio las hojas en blanco, y escribí: escribí durante un par de minutos, o un par de horas, ya no recuerdo la diferencia. Escribí solo títulos. Me ordené. Me mentí.
Durante bastante tiempo había logrado caminar a tientas, con los ojos entreabiertos, sintiendo el piso más que viendo la senda.
El aire se hacía más que denso, y el cuerpo se movía con pesadez, como si el calor del verano estuviera presente en el aire invernal.
Jasón entró silencioso en la habitación, se sentó disgustado, zapateó tímido y comenzó a suspirar sonoramente. No comprendí por qué hacía esto.
Los suspiros suaves se fueron transformando en susurros rítmicos, como rimas infantiles escuchadas desde la distancia.
El aire se plagaba de estas vibraciones sibilantes mientras yo caminaba. Jasón parecía no darse cuenta de que estaba al lado mío.
El pecho se le inflaba y desinflaba a un tempo bastante regular, con aceleraciones y desaceleraciones que parecían responder a algún tipo de lógica métrica.
Cada palabra que Jasón dijo a partir de que comencé a escucharlas con claridad, fue acompañada de un movimiento claro y distintivo.
Si decía agua, alguna parte de su cuerpo acariciaba una ola en Mar del Tuyú. Si decía comida, sus dientes mordían un pedazo de pan relleno, cocido con artesanía abusrdamente obsesiva por su padre.
Al principio, noté que las palabras aludían a cuestiones estrictamente materiales, palpables. Pero poco a poco, sus ideas se fueron haciendo más complejas.
Cuando volví a sentarme, después de un rato tieso mirando a Jasón, noté que las palabras que había escrito, los títulos que había bosquejado para los artículos que querías escribir; esas palabras, digo, se relacionaban de maneras extrañas con las que Jasón decía, vibrando mientras él hablaba, como en una resonancia por simpatía.
Me dejé llevar por el espectáculo de su pantomima verbal. Me dejé llevar por los mundos que proponia. Viajé por China, vi colores que se pintaban en su cuerpo, visité teatros que hace tiempo no veía, esuché música y compartí en su cuerpo tantos encuentros con tantas personas que ahora añoro reencontrar.
Pero después de un rato, su cuerpo empezó a temblar. Claro, lo que en el papel eran palabras, solamente conjunciones significantes, en su cuerpo se hacían significado. Cada raspón, primero, cada laceración, después, y cada angustia, cada incertidumbre. La palabra carta, que primero fue una pantomima tonta de escritura inocua, se hizo, con cada repetición, algo más parecido a una convulsión.
Las palabras, entonces, brillaron como el sol.
Hace cuatro meses que tuve que cerrar los ojos, aún no pude volver a abrirlos.

miércoles, 20 de julio de 2016

La explicación

Caa suspiro, cada mirada, cada entender, cada olvido, cada recuerdo, cada roce, cada despertar, cada encontrar, cada encuentro, cada sonar, cada vibrar.
Todo, absolutamente todo, un equívoco.
Cada deseo, cada sueño, cada esperanza, cada desear. cada intentarnoconfundirlascosas, cada cerrarlosojos, cada cerrarelcorazón. cada intento, cada saltoalvacíoquenohicimos.
Todo, absolutamente todo, cobardía.
Pienso mientras acaricio la almohada, cuando despierto de una noche sin sexo. Si estuviera sólo, sólo. Pero la almohada se corre, yo la intento agarrar, y se escapa. Ah pero cuando la almohada se acerca. No corresponde. No está bien. Ahí hay algo.
Cada mirada escondida, cada intento de escapar. Todo, absolutamente todo de mí grita por un encierro que aparentemente no quiere dejar. Todo, todo de mí, lucha por ser lo que no quiere dejar de ser. Y las mentiras frugales, y las mentiras blancas, y las mentiras silenciosas, y las mentiras impunes, y las mentiras ignoradas. Y la ignorancia mentida. Y el deseo interrumpido.
En todo, cada momento cada susurro, cada entender. No es claro el entendimiento. No es claro el cielo, sino lo que nuestros ojos llegan a ver de él.
Cada palabra, cada vuelta, cada recoveco, cada insinceridad. Cada mistificación, cada enredo, cada confusión evitable.
Todo, obra de arte, teatro metateatral. Y cada vez que alguien nos pregunte, o que, por algún accidente divino, nosotros nos preguntemos, todo será como un aplauso del público al actor histriónico, exagerado, dedicado y afectado.
Y la obra se despliega así, como la factura de un hecho real, como si realmente pudiéramos dudar, como si realmente no estuviera todo ya decidido.
Cada recuerdo, cada roce, y cada recuerdo de cada roce. Y la distancia del tiempo. el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares, dice un amigo. E imaginar que la miopía  está sólo en los ojos.
Cada error. Todo, un error. Todo un error.
Si el suelo se sacudiera, mis piernas seguirían sin temblar, como si el cielo me tuviera agarrado de los brazos como a un bebé que llora.
Y, en fin, todo eso que debería ser hermosa claridad, y es un mar de complicaciones.

viernes, 15 de abril de 2016

Ensayo sobre el amor, 2: La ignorancia de Jasón

22 de enero de 1997
San Salvador de Jujuy
Estimada Alanis Durasen:
Es imperativo que escriba esta carta, como medio para desahogar sonidos sordos que retumban en recovecos oscuros, y desanudar entuertos provocados por diferencias sintácticas no poco sutiles.

No, no voy a tratar de defender una posición que nunca he sostenido. El amor es, para mí, todavía un asunto incomprensible. Sí, estoy de acuerdo, toda historia, si es buena, es en definitiva una historia de amor. Pero no por eso voy a soportar ultrajes semejantes, ni permitir que se me denoste por cuestiones que no creo merecer. 
Por supuesto, sería normal, para alguien en una situación como la mía, sentir temor. No negaré que eso pueda sucederme a mí. De ningún modo. No creo. No es necesario realizar aclaraciones en este aspecto. No parece pertinente recalcar que no puedo variar aquello que siento, y por ser inmanejable, es intrascendente. Todo aquello que excede la decisión es inhumano. El temor inevitable al vínculo que me adjudicás como síntoma inalienablemente humano, por no estar vinculado con nuestro libre albedrío, no hace más que alejarme de lo que me hace más humano: la libertad.
¿Qué sentido tiene? ¿Es lógico? Lo mismo que el miedo, el amor me brutaliza, me hace más carne y menos espíritu. La soledad de la meseta jujeña me está haciendo comprender muchas cosas que creí entender. El sol no es un astro, es un símbolo. La luna no es blanca, es dulce. La noche no es oscura, es triste.
Cuando me agarraste la mano... No creo poder todavía entender eso. Me falta contar muchas estrellas para poder despedirme de lo que nunca pude ser para vos. De todas maneras, sería tonto no contarte algunas cosas. Y no hay nada que me produzca más odio y miedo que ser tonto. ¿Nunca te preguntaste si la gente no evitará hacernos notar nuestra completa estupidez, sólo por mera cortesía? Pero eso es tela de otro tendal.
Lo que nunca voy a entender, y saber que nunca se va a entender algo es una garantía de ignorancia, es la distancia enorme entre nuestros deseos y nuestros abrazos. Puede que algún día viajar signifique tanto para un astronauta como comer queso con uvas, pero hasta ese momento, no voy a admitir que nuestra separación fuera forzada.
Si tuviera un corazón, o algún órgano sistémico dedicado únicamente a eso que equívocamente llamamos emociones, estoy convencido que lo vacunaría contra ese virus infecto-contagioso que es eso que equívocamente llamamos amor. Lo que pasó no fue más que un malentendido. No fue más que la raíz de toda guerra, el calor de mil soles confundiendo un oasis en el desierto con la zanja de una fortificación. No hay manera de que una rama verde y frondosa, pringosa de vida, derrame amor sobre mí. Es decir, no hay manera de que una rama verde y frondosa... En fin, se entiende, la metáfora pierde su eficacia frente al equívoco.
No hay mucho más que pueda decirte, al menos no por ahora. He oído decir en alguna película que un amigo se arrancaría un miembro por otro. No creo que el amor amerite menos. No sé si sirve, yo me despojaría de todo mi cuerpo si con eso pudiera darte un pañuelo para secar tus lágrimas. Eso.
En fin, la posibilidad de aclarar toda esta situación me alivia un poco. Te pido disculpas por el papel mojado, la sequedad de estos lugares y la sal del desierto me han irritado los ojos bastante,y creo que no pude evitar humedecer la carta con mis lágrimas. Nada grave, en la salita del barrio me dijeron que si río un poco, todo va a mejorar. Supongo que la clínica moderna tiene algo de amigo, y algo de silencio.
Me despido, tratando de ser más breve de lo que el tiempo permite,

Con todo afecto y respeto

y cariño,

Atte.,

Jasón.

domingo, 13 de marzo de 2016

Aliquem Deserere

Tengo el estómago revuelto, y me duele la cabeza como si hubiera tomado mucho whiskey. Siento una ventana de dos hojas abierta, de par en par, en la parte de atrás de la cabeza. Uno puede no saber lo infeliz que es, hasta que la realidad le da un portazo en la cara. No entiendo bien mucho nada.
Tengo el estómago revuelto, y una angustia que me da muchas ganas de llorar. Tengo los ojos frágiles. y siento que soñé y que sueño, y que me tiré hacia un abismo con los brazos, y nada más que los brazos abiertos. Y me duele mucho la cabeza. Desperté deseando arrancarme los ojos, la lengua, las orejas, deseando no ser yo. Deseando que el día nunca empiece.
Como si hubiera tomado mucho whiskey, vomito esta confesión trunca, que es más confesión de lo sentido que de lo vivido. Es más confesión de alguna prisión que se choca con los ojos cerrados, que prado verde que se lame. Siento una ventana de dos hojas abierta de par en par, por la que una bocanada de aire fresco me envenena, me intoxica, me indigesta. Viendo un cielo azul, noto el gris de las paredes del cuarto donde duermo. Lo estrecho de la abertura me mantiene vivo sólo apenas, sólo sobreviviendo.
En la parte de atrás de la cabeza, chorreo, me derramo yo. Pierdo consistencia , y me hago salsa, me hago tristeza que sonríe lentamente, que escupe simiente, que siente un regocijo extraño en descarnar los nudillos contra el cemento áspero y frío. No es el viento el que me quema la ropa, el que abrasa los tejidos y sublima el pelo con olor a chamusque. Es el resentimiento de saber la traición a los labios, de saber que nunca se pudo ser sincero al brindar amor sincero.
Uno puede no saber lo infeliz que es. Puede uno hacerse el estúpido, chocar la nariz contra la pared, sonriendo mientras la sangre pinta el rostro y adorna los dientes y la boca, rouge carmesí. Uno puede morderse la lengua, arrancándose una a una las papilas gustativas, desgarrando el sentido del gusto. Uno puede vaciarse un jarro de ácido en los ojos mientras se clava un tubo lleno de mercurio en cada oído. Pero, ¿puede uno seguir vivo si el corazón le miente?
Hasta que la realidad le da un portazo en la cara, el sabio se cree elocuente, y se cree idóneo el valiente. Pero le tiembla el pulso hasta al verdugo cuando lo único que queda es decir la verdad. Más tiembla el piso, en esos momentos, que una estrella moribunda, cuando la verdad era tan obvia que callarla no crimen ni perdón, sino tan sólo piedad.
¡Qué insulso, qué solemnemente estúpido puede ponerse uno sólo por sentir!