Querido Nicanor:
¡Hola, primo! Ante todo, quiero decirte que se te extraña inmensamente, como si el tiempo pasado entre cada segundo de los que te fuiste hubiera sido un año. Por supuesto, no nos veíamos tanto cuanto estabas acá, pero los kilómetros de por medio eliminan esa sensación de que nos podemos ver en cualquier momento, y que no lo hacemos simplemente porque lo podemos hacer en cualquier momento, éste u otro.
No es mi intención ponerme nostálgico, Nico, simplemente quería saber cómo andabas, qué era de tu vida. Sé que hemos estado distanciados los últimos diez años. La vida es así, medio puta. Ni siquiera me enteré cuando te fuiste. Pudiste haber avisado, garca. Si el tiempo nos fue separando, la vida construyó paredes en esa separación. En fin, sigue el camino, el tren no se detiene, y las opciones se van limitando.
Uno va descubriendo que lo que pensaba que quería hacer no es tan fácil como parecía, lo sé. Pero no hay que frustrarse, Nico. ¿Por qué? El éxito y el fracaso pueden ser tan relativos, si tan solo sabemos que lo son. Por supuesto, te quiero muchísimo, y a esta altura, sabrás que no pretendo que leas esto. El pretender que le lean a uno lo que escribió, es pura y prístina soberbia. Ni tampoco quiero que te importen las cosas que me pasan, por lo que no abundo en detalles. Sería presuntuoso y estúpido pensar que a alguien más que a nosotros mismos le importan las estupideces que hacemos con nuestras vidas.
Estoy viviendo cosas interesantes, la vida me lleva de la mano, y ya no me arrastra desde las muñecas. El furor y frenesí que vivo, no se comparan con el furor y el frenesí que llevo en el alma, que se alborota, empujando toda pared que interpongo como resguardo para mí ego idolátrico. Claro, no soy exitoso en el sentido más convencional de la palabra. Pero sostengo con mis brazos y mis hombros(y los brazos y hombros de quienes me acompañan) toda una estructura fútil de actividades innecesarias que me construyen como un ser dedicado a una actividad sin sentido. Es decir, me estoy haciendo hombre.
Y creo que eso me hace un tanto feliz, como empujar una puerta que se vuelve a cerrar, del otro lado de la cual hay una bella esperanza, que no alcanzo, porque la puerta se vuelve a cerrar. Pero los colores, los olores, el aire que se estira hacia mí cada vez que la madera cruje un poquito y cede antes de volver a cerrarse, eso me obliga ineluctablemente a volver a abrirla. En algún lugar, más allá del arcoiris, hay un lugar del que escuché en una canción de cuna, donde los sueños que te animás a soñar, se hacen realidad. Si los pájaros vuelan sobre el arcoiris, ¿por qué? ¡oh! ¿por qué no puedo yo?
Y no quiero de ninguna manera empañar eso con nada. Eso explicaría mucha de mis actitudes, pero lo juro, no sé si ésa es la explicación. Tal vez simplemente soy un idiota. Un idiota dulce, tal vez como una bola de fraile o una chocolatada con churros, pero un idiota al fin, como una bola de fraila o una chocolatada con churros.
En definitiva, Niquito, espero que estés gozando del amor de la vida, aunque la vida nos haga gozar a veces de maneras que no queremos o entendemos.
Te adoro, primito, aunque no te lo quiera decir.
Que el camino te dé placer, porque la llegada, de seguro, no te la va a dar.
Paz.
Jasón
PD: Gracias, Pancito, por este espacio.
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miércoles, 25 de mayo de 2011
miércoles, 18 de mayo de 2011
Reflexiones sobre el fenómeno coral: Overtura
Empecé a cantar casi por accidente, por esas cosas que uno nunca logra entender. Era joven y tonto, y tomaba con literalidad toda recomendación. Todo me parecía interesante(tal vez soy aún un poco joven y bastante tonto). El pío pío de los cantantes siempre me pareció absurdo. No logré nunca entender lo interesante de la música cantada. Mi sensibilidad nunca fue buena. Mejoró con los años, con la soledad y con la compañía.
Claro, claro, no siempre se mejora. A veces se empeora. Tal vez sea ahora un poco más aburrido. Un poco menos flexible. La vida no siempre nos trata tan dulcemente como quisiéramos. "Era muy largo, después lo leo ". Ya para nada tiene tiempo la gente. Ni para complacerme, ni para obsecuenciar conmigo.
¿Cómo empecé a cantar? La verdad, quizás, haya sido siempre cantante, sólo que no lo sabía hasta que alguien me lo dijo. Aunque, no lo puede definir con claridad mi mente aún, pero lo percibo sutilmente, el escribir es cantar. Escribir, siempre escribí. Como un entrenamiento para cuando tuviera que cantar.
Superponer mi voz junto con otras, junto al director que exige, al espacio vacío del público expectante, después de haber superpuesto mi voz junto con otras al espacio vacío del director que exige. Y sentir el vacío de la propia voz y el temblor de la inseguridad y el miedo de cantar. "A ver, ahora vos ". Claro, claro, no siempre se teme. Muchas veces se disfruta. Como el encuentro, que es en definitiva el objetivo, aunque uno no sepa cuál es el objetivo.
Y, de hecho, durante años no supe cuál era el objetivo. Puedo incluso estar equivocado ahora sobre el objetivo. Pero nunca pude dejar de hacerlo. Y no puedo tampoco ahora. "¿Qué cosa? ¿El estar equivocado?" También. Jasón ya se vuelve irritante. Suele dejarme herido en el ego con sus descubrimientos sobre mi ego.
Primero uno, luego el otro, varios al mismo tiempo, silencio, fortísimo, fortissimo, pianissimo, en un movimiento confuso y alborotado o absolutamente sostenido y lírico, que no se puede explicar de otra manera que con un gesto de manos. O tal vez sí se puede, pero seguramente la comprensión sería limitada, como explicar el canto de un pájaro, o la caída de agua en una catarata, o un amanecer con el amado ser.
"Canten ",dijo, y cantamos. Sonrió. "Ahora, canten como les gustaría escucharlo, como les gustaría que alguien lo cantara ". Claro, es genial, apelar a la responsabilidad estética y creativa de 30 personas cantando al mismo tiempo. Es tonto, es inútil, pero, ¡ah!, es bello. Claro, claro, me dirán que si cada una de las 30 personas cantara como le gustaría escuchar, y las 30 tuvieran vidas distintas(cosa más que segura) y gustos distintos(MUY probablemente), la cosa nunca coincidiría. Pero no, nada de eso. Resulta que la cosa marcha pa'delante. Resulta que sí funciona. Por supuesto, habrá que ajustar criterios. Pero la meta no son los criterios. Esos criterios son un medio para lograr la vida espiritual en el arte. Una vida en particular, no general, es cierto, pero vida al fin.
Como en la vida, donde los grupos de personas sólo logran sostenerse cuando los integrantes son coherentes y consecuentes con las propias ideologías, sean o no coincidentes con las del grupo. La honestidad intelectual y moral (redundancias, creo yo), ineluctablemente, son necesarias en cualquier condición, aunque conlleven muchas veces contradicciones inexplicables.
Como el pan, que sólo es pan si la harina es harina y el agua es agua.
Absurdo, ¿no?
Claro, claro, no siempre se mejora. A veces se empeora. Tal vez sea ahora un poco más aburrido. Un poco menos flexible. La vida no siempre nos trata tan dulcemente como quisiéramos. "Era muy largo, después lo leo ". Ya para nada tiene tiempo la gente. Ni para complacerme, ni para obsecuenciar conmigo.
¿Cómo empecé a cantar? La verdad, quizás, haya sido siempre cantante, sólo que no lo sabía hasta que alguien me lo dijo. Aunque, no lo puede definir con claridad mi mente aún, pero lo percibo sutilmente, el escribir es cantar. Escribir, siempre escribí. Como un entrenamiento para cuando tuviera que cantar.
Superponer mi voz junto con otras, junto al director que exige, al espacio vacío del público expectante, después de haber superpuesto mi voz junto con otras al espacio vacío del director que exige. Y sentir el vacío de la propia voz y el temblor de la inseguridad y el miedo de cantar. "A ver, ahora vos ". Claro, claro, no siempre se teme. Muchas veces se disfruta. Como el encuentro, que es en definitiva el objetivo, aunque uno no sepa cuál es el objetivo.
Y, de hecho, durante años no supe cuál era el objetivo. Puedo incluso estar equivocado ahora sobre el objetivo. Pero nunca pude dejar de hacerlo. Y no puedo tampoco ahora. "¿Qué cosa? ¿El estar equivocado?" También. Jasón ya se vuelve irritante. Suele dejarme herido en el ego con sus descubrimientos sobre mi ego.
Primero uno, luego el otro, varios al mismo tiempo, silencio, fortísimo, fortissimo, pianissimo, en un movimiento confuso y alborotado o absolutamente sostenido y lírico, que no se puede explicar de otra manera que con un gesto de manos. O tal vez sí se puede, pero seguramente la comprensión sería limitada, como explicar el canto de un pájaro, o la caída de agua en una catarata, o un amanecer con el amado ser.
"Canten ",dijo, y cantamos. Sonrió. "Ahora, canten como les gustaría escucharlo, como les gustaría que alguien lo cantara ". Claro, es genial, apelar a la responsabilidad estética y creativa de 30 personas cantando al mismo tiempo. Es tonto, es inútil, pero, ¡ah!, es bello. Claro, claro, me dirán que si cada una de las 30 personas cantara como le gustaría escuchar, y las 30 tuvieran vidas distintas(cosa más que segura) y gustos distintos(MUY probablemente), la cosa nunca coincidiría. Pero no, nada de eso. Resulta que la cosa marcha pa'delante. Resulta que sí funciona. Por supuesto, habrá que ajustar criterios. Pero la meta no son los criterios. Esos criterios son un medio para lograr la vida espiritual en el arte. Una vida en particular, no general, es cierto, pero vida al fin.
Como en la vida, donde los grupos de personas sólo logran sostenerse cuando los integrantes son coherentes y consecuentes con las propias ideologías, sean o no coincidentes con las del grupo. La honestidad intelectual y moral (redundancias, creo yo), ineluctablemente, son necesarias en cualquier condición, aunque conlleven muchas veces contradicciones inexplicables.
Como el pan, que sólo es pan si la harina es harina y el agua es agua.
Absurdo, ¿no?
miércoles, 11 de mayo de 2011
Reflexiones sobre la fenomenología coral: Coda
Cuando uno se comienza a despedir de algo, de un momento, de un ciclo, de una época, de una situación, sucede comúnmente que la nostalgia hermosa de lo que nunca fue parece teñir todo de un hermoso rosa pálido, con una suerte de romanticismo idiota, casi ciego, en el que suele descubrirse un lagrimón que roza los costados de la cara, o al menos, retiembla tímido en las ventanas del primer piso.
¿Cantaste alguna vez en un coro? Lo recomiendo. Es una experiencia... diferente. Por supuesto, como todo hecho artístico, para el artista suele ser mucho más que meramente un hecho artístico. Es una experiencia vital. Si no, no es un hecho artístico. Pero para aquél que no se concebía como artista previo a la realización, suele ser un transformador, un catalizador de cosas que dormían inofensivas, las cuales suelen despertarse lentamente, disimulando interés. ¿Qué tanto puede uno volverse competitivo, infantil, arrogante, juguetón, distraído? Pareciera no haber límites, incluso en una situación en la que la mente necesita despertarse a pesar de sí.
El fenómeno coral se remonta a siglos antes de que existiera la noción de canto coral. De hecho, no creo que decir coro se refiera a un fenómeno exclusivamente sonoro musical. Se aplica a la narrativa, al cine, al teatro, y a miles de otras situaciones. Puede uno viajar en auto por una autopista y, prestando atención, descubrir un fenómeno coral. Por supuesto, suele a veces haber desafinaciones que se cobran extremidades, órganos y, por supuesto, estertores. De hecho, el fenómeno coral automovilístico necesita de un estudio más detallado por parte de los especialistas idóneos, siendo, como es, una importante causa de muerte en la Argentina.
Según el Cementerio de la Real Academia Española, la palabra coro tiene unas 16 definiciones que gozan de una generalidad absoluta como “conjunto de personas que cantan”, o antónimo de la palabra danza. Muchas de ellas son referidas a cuestiones religiosas de índole católica, siendo como es, el fenómeno coral, de una gran elevación espiritual en su manifestación y su impacto sobre el que observa. La religión observó esto y supo hacer uso de este magno efecto, con fines más o menos cuestionables. En general, y esto es lo interesante, la mayoría de las definiciones están relacionadas con el hecho colectivo artístico, de manera directa o indirecta.
Absurdo o no, ésto hace que lo coral, pueda ser relacionado con lo teatral. En muchas maneras. En primer lugar, el fenómeno coral carece de sentido si no se piensa como un evento de encuentro efímero circusntancial y contingente. Incluso en el caso de una filmación o película o cualquier otra realización no perecedera, el evento coral se produce y rearma en la imaginación del espectador, último componente de la formación del efecto coral(y teatral, claro).
Mi obsesión por lo teatral parece no tener límites, lo acepto. Pero no me da miedo decir que lo que realmente me obsesiona es la vida. ¡Por el Barbudo, si pareciera que las calles son obras de teatro, día a día! Y si puedo añadirlo, obras de teatro con un alto grado de incidencia coral.Un director amigo dice usualmente que lo primero que sucede cuando se convoca un coro es la división de roles: salita verde, salita rosa. Y sí, se pierde la noción de la madurez, se quiere disfrutar y divertir aquél que encuentra en el coro un momento lúdico de esparcimiento, enmarcado en una situación de un nivel de dificultad atractivamente paradójico. El evento coral requiere de un conjunto de gente con un nivel de atención mínimo indispensable dedicado exclusivamente al hecho en cuestión, que suele ser insuficiente en las primeras etapas y luego ir mejorando gradualmente con los años. Depende mucho también del efecto logrado, la estabilidad y continuidad de los integrantes, así como también de la preparación de la indispensable parte encargada de la coordinación del grupo.
Una de las funciones despedida de uno de los coros en los que participaba, deseaba sacar una foto del total de grupo que participaba(alrededor de unas 120 personas), lo cual resultaba inconmensurablemente difícil, incluso de convocar, ya que elevar la voz sobre esa cantidad de gente y obtener al mismo tiempo una sonrisa en la foto son cosas prácticamente incompatibles. Pero fiel a la creencia de mi amigo, les canté una canción que solía cantarme mi maestra en el jardín: “la lechuza, la lechuza, hace sshh, hace shh”. Juro sobre la tumba de mis antepasados que el resultado fue mejor de lo esperado y de ninguna manera pasó inadvertido. La foto es.
Una vez que se está dentro del fenómeno coral, cualquier situación se hace parte de la totalidad. No se puede escapar, es inevitable, como la muerte. No hay fenómeno colectivo que pueda sustituir o eliminar la necesidad de lo individual. Muy por el contrario, se nutre de ella. Y en los fenómenos corales, las individualidades son de lo más variadas y excéntricas. Hay quienes participan durante años, o incluso durante toda la vida, rotando entre diversos fenómenos corales, de distinto género, lo que produce sin lugar a dudas, una sensación de enorme satisfacción. Hay quienes le temen, quienes se disgustan, quienes lo rechazan y quienes se casan con el fenómeno coral.
Por último están quienes no lo han experimentado en ninguna de sus formas y lo prejuzgan, como algo ridículo(¡ah, qué teatral lo ridículo, que exquisitamente teatral!) o demasiado sofisticado, o tal vez alejado de lo aprehensible por la vida burguesa. Lo que resulta extravagante es quien no lo intuya o presienta como una presencia real, o metafísica, que puede manifestarse en todo momento y todo lugar.
Casi como el cuco o el Barbudo, o el pan nuestro de cada día.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Corazón de vidrio
No hay cambio en el arte creado, si no hay cambios en la vida de quien lo realiza.
La vida. La vida suele sucedernos. Solemos dejarnos acompañar del brazo por los hechos que la realidad nos propone. Somos cortesanos de algo más grande que nosotros. Suelen empujarnos con una mano en la cintura hacia destinos que no conocemos(y no podemos conocer). Tenemos los talones sostenidos por la mano cruel del tiempo, que no nos deja retroceder un centímetro, un milímetro. El tiempo, que nos toquetea, nos manosea, nos estruja y retuerce, para dejarnos después apoyados con las dos manos frente a un espejo, mirándonos como obra de arte en composición, y descomposición.
Pero, a pesar de todo, nos acomodamos, logramos adentrarnos en ese mundo simbólico de la mierda. Ese universo poético de la opresión y la angustia, que quién sabe nos convenció de que puede servirnos para crecer, para desenvolvernos. Y suele ser funcional a los propósitos de este Caos, de este vacío que tiene que llenarse. Nos acomodamos, y se nos hacen cascaritas, se nos cicatriza la piel por todos lados, y nos ponemos duros, recios, abotonados, empilchados, enmarcados. Nos ponemos bonitos, nos ponemos. Y el cuerpo se va apisonando, y nos transformamos en un lindo compost de sentimientos inconclusos, en el que incluso la sonrisa se hace bonita, se estira. Y nos cuesta reírnos, nos cuesta todos los días un poquito más. Y nos duele el cariño y nos aterroriza y da pánico el amor(si, en castellano, el cariño es una versión bajas calorías del amor). El afecto(que vendría a ser como una galleta de arroz del mundo de los sentimientos) nos puede llegar a tranquilizar como un sedante suave, como un laxante suave, como un licuado de zanahoria y espinaca. Nos ponemos bonitos, nos ponemos. Y la ropa sin agujeros, sin ventilas, y el aparatito para escuchar música y el aparatito que nos compra la felicidad en red. Y la red, que evita que caigamos. Y abajo, ¿qué habrá?
Nadie recuerda ya, o casi nadie, al menos. Cuando era joven y hacía un taller de teatro en la ciudad pueblo en la que vivía, el padre de una compañerita de ese taller me dijo: "los actores son la reserva moral de la humanidad". Buah. Este hombre parecía un poco alcoholizado. Un poco. Me dio la impresión de que hablaba en serio, por la seriedad con la que lo decía. Y casi me ofendí, casi no siendo, como casi no lo era, casi actor. Pero me gustó la idea de que se pudiera extender esa nostalgia a todo el mundo de los artistas.
Leyendo a un señor S*********** descubrí que hablaba de un "estado de ánimo creador". Es un momento en que el artista está más propenso a inspirarse. Este señor S*********** sentía un inmenso terror a la ausencia de talento, y trató de desarrollar un Sistema para que todos pudieran desarrollar ese "estado de ánimo creador" que, según él, en los grandes genios del arte, se daba de forma natural, a voluntad del ánimo de ellos. Por supuesto, es ilógico pensar que apuntaba a reemplazar el talento, simplemente trataba de desarrollar una sensibilidad, un sentido estético no basado únicamente en convenciones y formalismos, en clichés y lugares comunes a los que cualquier genio doméstico pudiera llegar. Un sentido de la belleza que pudiera ser encontrado por un alma dispuesta y con voluntad. Lo que un amigo llama sentido de la conciencia artística.
La moralidad, por supuesto, no entendida como un hecho pragmático concreto ineludible e impuesto por una inconsciente ajeno al individuo, que se masifica en el bien y el mal de las multitudes; sino mejor vista como una conciencia de soledad, de ausencia de vínculos, ante la cual el artista tendrá que esforzarse o abandonarse en diversas direcciones. Porque tomar conciencia no es un acto abstracto, separado de una modificación trascendental del ser que, consciente, descubre que piensa, luego, existe. La moralidad es un registro que se produce en el cuerpo, de la percepción de agrado y desagrado, como el nene que juega y descubre que las reglas del juego que eligió le gustan o le desagradan, así como los eventos que se suceden en el transcurso del juego, que se imponen con la rotunda invariabilidad del suceso temporal, pero con la flexibilidad de los hechos, que nunca son invariables.
Y de ahí en más, descubrir en cada rayo de sol atravesado por polvo volátil, y ácaros alergenos; y en cada noche en que la Luna se aterciopela con nubes suaves; y en cada gota de lluvia en la venta grisácea; y en cada brisa sobre los pómulos resecos; y en cada par de ojos celestes(o incluso mejor, en cada uno de esos ojos); y en cada sábana revuelta con amor húmedo y vapores de elevación espiritual; y en cada hoja seca y descolorida, o marrón y fragil; y en cada silencio que tanto dice; y en cada paso triste con la mirada en el piso; y en cada lágrima innecesaria; y en cada lágrima necesaria; y en cada lugar común que parece ceder y perderse en las páginas de la guía telefónica; y en cada teléfono perdido; y en cada susurro; y en cada nota de color en cada relieve de cada baile; y en cada verso trillado y gastado que no podemos dejar de repetir; y en cada gota de lodo sobre cada diamante; y en cada vacíofrágilyausentevasodeaguaquepensabanotomar; y en cada voz quebrada con la ausencia; y en cada charla que termina con un yo distinto del que la comenzó; y en cada niño tronado; y en cada roce de un labio sobre otro labio; y en cada niño que llora sobre los hombros de una multitud que aplaude; y en cada caída; y en la repetición de todo lo anterior; y en lo imposible de su repetición; y en el abrazo perdido, y reencontrado, o tal vez nunca reencontrado; y en la luz del sol a la mañana y a la tarde; y en cada momento en el que es imposible seguir respirando como si nada estuviera sucediendo.
En todo eso, descubrir que se tiene una pequeña cascarita en el alma que se acaba de caer, quién sabe en el roce contra qué, y que no puede ser, pero es. Y no entender, y tocarse la cascarita, y descubrir la piel suave, que espera sólo suaves roces de ahora en más. Y ver, como oráculos de oropel, que el futuro promete nuevas cascaritas sobre la ya formada y también en otras partes del alma que se acobarda. Pero no, es otra cosa lo que se decide. O al menos se intenta decidir, poniendo el objeto de la creación por delante de uno. Y se pone interesante la cosa, porque ya todo se transforma en problema creativo.
Y de ahí en más, descubrir en cada rayo de sol atravesado por polvo volátil, y ácaros alergenos; y en cada noche en que la Luna se aterciopela con nubes suaves; y en cada gota de lluvia en la venta grisácea; y en cada brisa sobre los pómulos resecos; y en cada par de ojos celestes(o incluso mejor, en cada uno de esos ojos); y en cada sábana revuelta con amor húmedo y vapores de elevación espiritual; y en cada hoja seca y descolorida, o marrón y fragil; y en cada silencio que tanto dice; y en cada paso triste con la mirada en el piso; y en cada lágrima innecesaria; y en cada lágrima necesaria; y en cada lugar común que parece ceder y perderse en las páginas de la guía telefónica; y en cada teléfono perdido; y en cada susurro; y en cada nota de color en cada relieve de cada baile; y en cada verso trillado y gastado que no podemos dejar de repetir; y en cada gota de lodo sobre cada diamante; y en cada vacíofrágilyausentevasodeaguaquepensabanotomar; y en cada voz quebrada con la ausencia; y en cada charla que termina con un yo distinto del que la comenzó; y en cada niño tronado; y en cada roce de un labio sobre otro labio; y en cada niño que llora sobre los hombros de una multitud que aplaude; y en cada caída; y en la repetición de todo lo anterior; y en lo imposible de su repetición; y en el abrazo perdido, y reencontrado, o tal vez nunca reencontrado; y en la luz del sol a la mañana y a la tarde; y en cada momento en el que es imposible seguir respirando como si nada estuviera sucediendo.
En todo eso, descubrir que se tiene una pequeña cascarita en el alma que se acaba de caer, quién sabe en el roce contra qué, y que no puede ser, pero es. Y no entender, y tocarse la cascarita, y descubrir la piel suave, que espera sólo suaves roces de ahora en más. Y ver, como oráculos de oropel, que el futuro promete nuevas cascaritas sobre la ya formada y también en otras partes del alma que se acobarda. Pero no, es otra cosa lo que se decide. O al menos se intenta decidir, poniendo el objeto de la creación por delante de uno. Y se pone interesante la cosa, porque ya todo se transforma en problema creativo.
Una pavada, ¿no?
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