Alanis sufrió mucho. Es difícil
hablar de su vida sin caer en la tentación de la melancolía y la
tristeza perezosa.
Sobrevivió a una enfermedad terminal,
resignificando el término vida, y la palabra terminal. Sufrió el
abandono paterno antes de la enfermedad, el abandono materno durante
su enfermedad y el abandono del amor de su vida después de la
enfermedad. Sus padres volvieron durante y luego de la enfermedad,
pero su vida no era mejor con ellos.
Alanis intentó suicidarse, en una
noche de alcohol. Tomó todo el frasco de pastillas antidepresivas
que le habían dado para que sobrellevara su enfermedad terminal,
después de haber sido despreciada por un hombre, mientras pensaba
sin cesar en el amor de su vida. El pelo que había sido una vez
dorado y caía casi hasta su cintura, y que brillaba en las noches
estrelladas con un destello único; durante su enfermedad y aún un
tiempo después, era paja maltrecha de un establo abandonado.
Quién sabe qué es lo que cambió en
Alanis. Es difícil ver los cambios en ella. Suele mirar al piso, e
inclina la cabeza con ligereza, pasando de temas superficiales a la
existencia plena de la duda. Como si hablar de la complejidad de la
vida, la mirada de un chico, la comida de ayer, el balcón del
vecino, las galletitas húmedas, o el pedo de un perro fuera todo lo
mismo.
Escucharla tintinear ahora a Alanis es
extraño. Su voz sigue siendo tonta, su mirada libidinosa no deja de
ser la de una nenita traviesa. Pero, hay algo. Cuando habla de cosas
triviales, cuando conversa normalmente, quien no la conociera
pensaría que sus palabras son nada más que eso, palabras. Pero, hay
algo. Hay un abismo en cada sonrisa. Hay un precipicio en cada
palabra arrastrada y estirada.
Escucharla hablar ahora a Alanis es
extraño. Hay como una felpa en su voz. El sonido de la soledad se
esconde todo el tiempo en cada vocal, en cada consonante vacía y sin
resonancia. Y resuena su mirada anhelante cuando saca los ojos del
piso.
Escucharla reír ahora a Alanis es
extraño. Su risa puede desencajarse por momentos, porque Alanis
quiere volar, y la risa es exactamente eso, un batir de alas, en las
habitaciones de un departamento enorme y solitario. Su risa, que
sigue siendo inocente, ingenua, absurda. Estúpida, como toda risa
que se precie de tal.
Y en esa risa está el heroicismo
operístico de Alanis. Esa mezcla de melodrama y tragedia griega que
hace que cantar sea tan difícil, cuando no se sabe cómo. Y a la vez
tan fácil, cuando se sabe por qué. Ese heroicismo de lo que puede
abandonarse. Y de lo que no puede ser de otra manera. Exactamente
igual que las hojas verdes de Disculpas, que se encargan todos los
días de la tarea de vivir, cosa que nos parece tan poca cosa a
veces.
Y claro, cuando la veo cortar el pan y
reírse mirando el piso, muy tranquila, me doy cuenta de la realidad.
Alanis no es un pan cualquiera, ya no es pan francés: es pura miga.
Tanto le han raspado el cuchillo contra la piel, tanto la han frotado
contra la pared; que sólo queda miga de Alanis. Esponjosa, pura,
blanca, exquisita, miga. Cada risa es el regresar de esa miga que no puede uno ya raspar, sino sólo apretar y soltar, para que se expanda,
con suavidad y violencia.
Es.. exquisito.
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