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miércoles, 31 de agosto de 2011

Miga, el hecho del helecho.


Alanis tiene un pan francés en la mano. Pan afrancesado, en realidad, con forma ligeramente tubular de cara espiralada, con ese tajo longitudinal oblicuo previo a la cocción que le da esa forma característica. Lo raspa con un cuchillo serruchito, lo descascara lentamente, lo desnuda. Casi como si lo hiciera a propósito, Alanis corta en el pan sus propias cáscaras. Va cortando suavemente pero sin piedad las costras protectoras de la masa cocida.
Alanis sufrió mucho. Es difícil hablar de su vida sin caer en la tentación de la melancolía y la tristeza perezosa.
Sobrevivió a una enfermedad terminal, resignificando el término vida, y la palabra terminal. Sufrió el abandono paterno antes de la enfermedad, el abandono materno durante su enfermedad y el abandono del amor de su vida después de la enfermedad. Sus padres volvieron durante y luego de la enfermedad, pero su vida no era mejor con ellos.
Alanis intentó suicidarse, en una noche de alcohol. Tomó todo el frasco de pastillas antidepresivas que le habían dado para que sobrellevara su enfermedad terminal, después de haber sido despreciada por un hombre, mientras pensaba sin cesar en el amor de su vida. El pelo que había sido una vez dorado y caía casi hasta su cintura, y que brillaba en las noches estrelladas con un destello único; durante su enfermedad y aún un tiempo después, era paja maltrecha de un establo abandonado.
Quién sabe qué es lo que cambió en Alanis. Es difícil ver los cambios en ella. Suele mirar al piso, e inclina la cabeza con ligereza, pasando de temas superficiales a la existencia plena de la duda. Como si hablar de la complejidad de la vida, la mirada de un chico, la comida de ayer, el balcón del vecino, las galletitas húmedas, o el pedo de un perro fuera todo lo mismo.
Escucharla tintinear ahora a Alanis es extraño. Su voz sigue siendo tonta, su mirada libidinosa no deja de ser la de una nenita traviesa. Pero, hay algo. Cuando habla de cosas triviales, cuando conversa normalmente, quien no la conociera pensaría que sus palabras son nada más que eso, palabras. Pero, hay algo. Hay un abismo en cada sonrisa. Hay un precipicio en cada palabra arrastrada y estirada.
Escucharla hablar ahora a Alanis es extraño. Hay como una felpa en su voz. El sonido de la soledad se esconde todo el tiempo en cada vocal, en cada consonante vacía y sin resonancia. Y resuena su mirada anhelante cuando saca los ojos del piso.
Escucharla reír ahora a Alanis es extraño. Su risa puede desencajarse por momentos, porque Alanis quiere volar, y la risa es exactamente eso, un batir de alas, en las habitaciones de un departamento enorme y solitario. Su risa, que sigue siendo inocente, ingenua, absurda. Estúpida, como toda risa que se precie de tal.
Y en esa risa está el heroicismo operístico de Alanis. Esa mezcla de melodrama y tragedia griega que hace que cantar sea tan difícil, cuando no se sabe cómo. Y a la vez tan fácil, cuando se sabe por qué. Ese heroicismo de lo que puede abandonarse. Y de lo que no puede ser de otra manera. Exactamente igual que las hojas verdes de Disculpas, que se encargan todos los días de la tarea de vivir, cosa que nos parece tan poca cosa a veces.
Y claro, cuando la veo cortar el pan y reírse mirando el piso, muy tranquila, me doy cuenta de la realidad. Alanis no es un pan cualquiera, ya no es pan francés: es pura miga. Tanto le han raspado el cuchillo contra la piel, tanto la han frotado contra la pared; que sólo queda miga de Alanis. Esponjosa, pura, blanca, exquisita, miga. Cada risa es el regresar de esa miga que no puede uno ya  raspar, sino sólo apretar y soltar, para que se expanda, con suavidad y violencia.

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