La vida en el escenario puede parecer
idílica, pero suele tener sus momentos de desazón. Es proverbial la
dificultad que un intérprete puede llegar a sentir al representar
muchas veces el mismo papel. Las búsquedas artísticas previas a las
definiciones escénicas suelen conducirse sin brújula, y ser, a
veces, bastante angustiantes. Las interacciones dentro de una
compañía artística son tan humanas como en cualquier otra
situación, y conllevan los mismos conflictos que cualquier otra
relación humana.
Pero, lo peor, sin lugar a dudas, es la
crítica. Muchas veces los críticos se adjudican a sí mismos el
lugar de jueces y doctores de lo que puede ser una causa o un
paciente. Si se acercan al espectáculo como jueces, el resultado
será que darán un dictamen final sobre la validez o no del producto
que se observa en el escenario. Algo así como la disección de un
cuerpo que se sigue moviendo, rechazando la disección, sufriendo por
la vida que esta disección le quita. O, para atenernos a la imagen
elegida, un condenado a muerte por manejar un auto a una velocidad no
adecuada, pero que no ha cometido otro crimen que la imprudencia. Es,
en este caso, la crítica un castigo desmedido(tal vez, en algún
punto, merecido, pero no en la medida impuesta).
Si el caso es que el crítico se
presenta como si cargara un estetoscopio, sucederá que se dedique a
indicar el diagnóstico y el posible tratamiento del paciente
convaleciente. Con soberbia hipocrática, dictaminará que cosas
habría que cambiar en la vida del paciente, para que el público
pueda disfrutar.
Ahora, ¿qué sucede si el crítico
teatral-musical se aproxima al espectáculo con ambos criterios? Es
decir, ¿qué hay si califica y juzga, si dictamina y diagnostica,
evalúa y medica? Bueno, Alanis me dijo, al
ver la crítica que nos habían realizado: “ojalá que la atropelle
una combi llena de músicos”. Claramente, se debe luchar contra
este instinto de descalificar a quien nos descalifica. Es que, en
todo caso, uno puede defenderse de los ataques; contra
el elogio se está indefenso.
Más vale aceptar, sufrir y crecer, que elogiarse ciegamente.
Actuar
después de una crítica tan violenta, tan destructiva, digo yo, se
sintió como nadar río arriba. Sentí que me costaba sostener lo que
tanta satisfacción me había dado encontrar en los ensayos, teniendo
que concentrarme en las cosas más elementales, dejando de lado las
sutilezas corporales del momento que más complejo me resultaba. Sin
embargo, la gente siempre vio crecimiento, o al menos los comentarios
a la salida del teatro, de gente que no conocía, fueron siempre cada
vez más halagüeños. Me resultaba incluso cómico sentir que mi
actuación era cada vez peor, y recibir cada vez comentarios
espontáneos más enfáticos sobre lo bien que estaba ese momento
complicado. Sobre todo teniendo en cuenta que NUNCA pregunto al
público, a la salida del teatro, si lo que ha visto le gustó.
La
crítica movió al grupo, lo desestabilizó. Pero éramos muchos.
Muchas piernas sosteniendo el proyecto. Muchas convicciones. Muchos
corazones martillando las tablas con decisión. Con falencias,
carencias, dificultades y artísticas convalecencias. Pero firmes,
parados, sonriendo con alegría al saludar después de poner y dejar
todo en el escenario.
La
sensación de lo colectivo artístico, teniendo que salir a defender lo
que se estaba haciendo sin otra arma que la de hacer lo que se hace, de
la mejor manera que puede uno hacerlo, solidificó aún más ese grupo en
ciernes con dudas muy humanas.
Claro,
puede un pan no llevar la receta escrita en el libro. Puede que se
modifique con el uso, las circunstancias, las posibilidades, y las
dificultades de quien lo amasa. Pero eso no significa que el pan no
sea pan.
O
acaso que no se le pueda untar manteca y mermelada.
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