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miércoles, 10 de agosto de 2011

Crítica: deterioro y crecimiento.

De carácter firme es aquel que puede continuar sin éxitos.


La vida en el escenario puede parecer idílica, pero suele tener sus momentos de desazón. Es proverbial la dificultad que un intérprete puede llegar a sentir al representar muchas veces el mismo papel. Las búsquedas artísticas previas a las definiciones escénicas suelen conducirse sin brújula, y ser, a veces, bastante angustiantes. Las interacciones dentro de una compañía artística son tan humanas como en cualquier otra situación, y conllevan los mismos conflictos que cualquier otra relación humana.
Pero, lo peor, sin lugar a dudas, es la crítica. Muchas veces los críticos se adjudican a sí mismos el lugar de jueces y doctores de lo que puede ser una causa o un paciente. Si se acercan al espectáculo como jueces, el resultado será que darán un dictamen final sobre la validez o no del producto que se observa en el escenario. Algo así como la disección de un cuerpo que se sigue moviendo, rechazando la disección, sufriendo por la vida que esta disección le quita. O, para atenernos a la imagen elegida, un condenado a muerte por manejar un auto a una velocidad no adecuada, pero que no ha cometido otro crimen que la imprudencia. Es, en este caso, la crítica un castigo desmedido(tal vez, en algún punto, merecido, pero no en la medida impuesta).
Si el caso es que el crítico se presenta como si cargara un estetoscopio, sucederá que se dedique a indicar el diagnóstico y el posible tratamiento del paciente convaleciente. Con soberbia hipocrática, dictaminará que cosas habría que cambiar en la vida del paciente, para que el público pueda disfrutar.
Ahora, ¿qué sucede si el crítico teatral-musical se aproxima al espectáculo con ambos criterios? Es decir, ¿qué hay si califica y juzga, si dictamina y diagnostica, evalúa y medica? Bueno, Alanis me dijo, al ver la crítica que nos habían realizado: “ojalá que la atropelle una combi llena de músicos”. Claramente, se debe luchar contra este instinto de descalificar a quien nos descalifica. Es que, en todo caso, uno puede defenderse de los ataques; contra el elogio se está indefenso. Más vale aceptar, sufrir y crecer, que elogiarse ciegamente.
Actuar después de una crítica tan violenta, tan destructiva, digo yo, se sintió como nadar río arriba. Sentí que me costaba sostener lo que tanta satisfacción me había dado encontrar en los ensayos, teniendo que concentrarme en las cosas más elementales, dejando de lado las sutilezas corporales del momento que más complejo me resultaba. Sin embargo, la gente siempre vio crecimiento, o al menos los comentarios a la salida del teatro, de gente que no conocía, fueron siempre cada vez más halagüeños. Me resultaba incluso cómico sentir que mi actuación era cada vez peor, y recibir cada vez comentarios espontáneos más enfáticos sobre lo bien que estaba ese momento complicado. Sobre todo teniendo en cuenta que NUNCA pregunto al público, a la salida del teatro, si lo que ha visto le gustó.
La crítica movió al grupo, lo desestabilizó. Pero éramos muchos. Muchas piernas sosteniendo el proyecto. Muchas convicciones. Muchos corazones martillando las tablas con decisión. Con falencias, carencias, dificultades y artísticas convalecencias. Pero firmes, parados, sonriendo con alegría al saludar después de poner y dejar todo en el escenario.
La sensación de lo colectivo artístico, teniendo que salir a defender lo que se estaba haciendo sin otra arma que la de hacer lo que se hace, de la mejor manera que puede uno hacerlo, solidificó aún más ese grupo en ciernes con dudas muy humanas.

Claro, puede un pan no llevar la receta escrita en el libro. Puede que se modifique con el uso, las circunstancias, las posibilidades, y las dificultades de quien lo amasa. Pero eso no significa que el pan no sea pan.
O acaso que no se le pueda untar manteca y mermelada.

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