Tengo el estómago revuelto, y me duele la cabeza como si hubiera tomado mucho whiskey. Siento una ventana de dos hojas abierta, de par en par, en la parte de atrás de la cabeza. Uno puede no saber lo infeliz que es, hasta que la realidad le da un portazo en la cara. No entiendo bien mucho nada.
Tengo el estómago revuelto, y una angustia que me da muchas ganas de llorar. Tengo los ojos frágiles. y siento que soñé y que sueño, y que me tiré hacia un abismo con los brazos, y nada más que los brazos abiertos. Y me duele mucho la cabeza. Desperté deseando arrancarme los ojos, la lengua, las orejas, deseando no ser yo. Deseando que el día nunca empiece.
Como si hubiera tomado mucho whiskey, vomito esta confesión trunca, que es más confesión de lo sentido que de lo vivido. Es más confesión de alguna prisión que se choca con los ojos cerrados, que prado verde que se lame. Siento una ventana de dos hojas abierta de par en par, por la que una bocanada de aire fresco me envenena, me intoxica, me indigesta. Viendo un cielo azul, noto el gris de las paredes del cuarto donde duermo. Lo estrecho de la abertura me mantiene vivo sólo apenas, sólo sobreviviendo.
En la parte de atrás de la cabeza, chorreo, me derramo yo. Pierdo consistencia , y me hago salsa, me hago tristeza que sonríe lentamente, que escupe simiente, que siente un regocijo extraño en descarnar los nudillos contra el cemento áspero y frío. No es el viento el que me quema la ropa, el que abrasa los tejidos y sublima el pelo con olor a chamusque. Es el resentimiento de saber la traición a los labios, de saber que nunca se pudo ser sincero al brindar amor sincero.
Uno puede no saber lo infeliz que es. Puede uno hacerse el estúpido, chocar la nariz contra la pared, sonriendo mientras la sangre pinta el rostro y adorna los dientes y la boca, rouge carmesí. Uno puede morderse la lengua, arrancándose una a una las papilas gustativas, desgarrando el sentido del gusto. Uno puede vaciarse un jarro de ácido en los ojos mientras se clava un tubo lleno de mercurio en cada oído. Pero, ¿puede uno seguir vivo si el corazón le miente?
Hasta que la realidad le da un portazo en la cara, el sabio se cree elocuente, y se cree idóneo el valiente. Pero le tiembla el pulso hasta al verdugo cuando lo único que queda es decir la verdad. Más tiembla el piso, en esos momentos, que una estrella moribunda, cuando la verdad era tan obvia que callarla no crimen ni perdón, sino tan sólo piedad.
¡Qué insulso, qué solemnemente estúpido puede ponerse uno sólo por sentir!