secó la rama,
debajo del puente
retumba el agua,
retumba el agua,
retumba el agua.
"No llorés, maricón", me insulta Jasón, toqueteando a Disculpas en el camarín después de la función. Disculpas se deja, planta gauchita como pocas. Ya las hojas se tornan amarillentas del constante roce. "Si hubieras tenido huevos, le pegabas a una y besabas a la otra".
Irene y Marta Mercadi me vinieron a ver al teatro. Sí, los invité a Jasón y a Alanis, y a otras tantas personas. Alanis tenía una impostergable sesión de armonización con cuencos tibetanos, por lo que no pudo venir. Creí que la función iba a ser cotidiana, pero el teatro ese día me enseño que éso es imposible.
Recibiendo a la gente en el foyer, ya con el vestuario puesto, para acomodarlos en los asientos, se me hace imposible no saber quién me ha venido a ver y quién no. Irene, dueña única de mi corazón y de mis anhelos y esperanzas, entra por las gigantescas puertas de madera del teatro y me saluda sonriente y silenciosa, con un brillo especial en sus ojos color ámbar. Maldito brillo.
Momentos después, con el corazón
roto, logro descubrir que una de las personas que asistió al teatro
es mi antigua periodontóloga: Marta Mercadi. Ella ni siquiera lo
sabe, y tal vez nunca deba saberlo, pero la detesto con toda mi alma.
La culpo por mi perenne gingivitis, que inflama mi cara dándole un
aspecto ligeramente menos hermoso de lo que la gente me dice que es.
Bueno, todos tenemos ego.
Se hace larga la función, el espectáculo está regado de
incertidumbres. Al momento de actuar y pararme erguido, no dejo de
pensar en Irene. Siento que le dedico mis sonrisas, aunque por dentro
quiera sollozar. Uno de los personajes que caracterizo lleva una
máscara: sólo pienso en Marta, y espero que note la pequeña
deformidad que percibo en mi cara cada día al verme al espejo, que
adjudico injustamente(lo sé, soy injusto, pero no lo puedo evitar) a
su ineptitud.Trato de evitar el invitar a la gente a verme al teatro, con contadas excepciones. Por dos motivos: el primero, la ausencia de la gente no es indiferente. Cada vez que siento la frase: “Disculpá, no pude ir”, sonrío, y digo: “no hay problema”, tratando de desanudar mi garganta y no liberar una pequeña angustia que cada ausencia provoca.
En segundo lugar: la presencia de la gente no es indiferente. La gente cree que la seguridad de su asiento en la platea es distancia suficiente para que el intérprete se relaje y haga lo que debe: actuar, viajar con su imaginacion y su sensibilidad a otro mundo que quizás ni siquiera le sea conocido. Claramente, eso no es así. Sentir el perfume de Irene desde el escenario, aunque el teatro estuviera lleno, era tan sencillo como dar un paso hacia el baño cuando me acucia el hacer pis. Sencillísimo.
Jasón se ríe de mí, y sigue sobando a Disculpas con nerviosismo. Me hubiera gustado que Alanis viniese.
La torta no es igual si tiene cerezas y crema, o si es un bizcochuelo seco y desabrido. Tampoco el teatro es lo mismo con un público u otro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario