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miércoles, 24 de agosto de 2011

Ego: artificio.

La palabra más imprecisa de todas: "yo". 


Hoy se vió,
no le gustó.
Le sorprendió
en su expresión,
vio con horror,
desilusión,
soberbia del yo,
terrible error.
No logró
comprender,
ni en esa mirada
ver, tal vez,
hoy no es ya,
hoy simplemente
está.

- ¡Ay, Gonza!
dice una, uno, unas, varios.
Pancis... Pancito, otros.
Boludo, no podés, no podrás,
realmente, ¿querés?
Cuestionan despiadados otros.
Y el mismo que era, deja de ser,
y pasa instantáneamente, como era de suponer,
a vacilar lentamente entre el volver a ser o, quizás,
sin querer, poder salir, de ese que cree que ve, pero no puede
entender que no es.

Pero, no, de ninguna manera, que negar lo que no es, es darle carácter
de existencia. Entonces, decir que no existe el ego, esa entidad concéntrica
que sale desde un centro imaginario que se ubica cerca del ombligo, a veces más
hacia el corazón, a veces más hacia los huevos, es dar entidad, esencia, a algo que no es
nada.
Es amar y amasar profusamente menos que el aire, menos que el éter, menos que el vacío.

Y esos días perdidos, esos días malgastados, destruidos, heridos, perplejos,
empiezan luego nuevamente a tener sentido, a ser queridos. El aprendiz
ve, entonces, cómo lograr deshacerse de lo bueno y lo malo,
y hace, y abandona la expectativa de encontrar en el pan,
la respuesta.

Y sigue escribiendo, pobre Alanis, pobre Jasón,
y no pueden morir, porque la muerte de ellos
sería la existencia de eso que no puede ser
nombrado, porque nombrarlo sería
creer que no existe ese algo que
no es, ni será, ni puede ser,
a lo sumo, con un poco
de bondad, a lo sumo
está.

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