22 de enero de 1997
San Salvador de Jujuy
San Salvador de Jujuy
Estimada Alanis Durasen:
Es imperativo que escriba esta carta, como medio para desahogar sonidos sordos que retumban en recovecos oscuros, y desanudar entuertos provocados por diferencias sintácticas no poco sutiles.
No, no voy a tratar de defender una posición que nunca he sostenido. El amor es, para mí, todavía un asunto incomprensible. Sí, estoy de acuerdo, toda historia, si es buena, es en definitiva una historia de amor. Pero no por eso voy a soportar ultrajes semejantes, ni permitir que se me denoste por cuestiones que no creo merecer.
Por supuesto, sería normal, para alguien en una situación como la mía, sentir temor. No negaré que eso pueda sucederme a mí. De ningún modo. No creo. No es necesario realizar aclaraciones en este aspecto. No parece pertinente recalcar que no puedo variar aquello que siento, y por ser inmanejable, es intrascendente. Todo aquello que excede la decisión es inhumano. El temor inevitable al vínculo que me adjudicás como síntoma inalienablemente humano, por no estar vinculado con nuestro libre albedrío, no hace más que alejarme de lo que me hace más humano: la libertad.
¿Qué sentido tiene? ¿Es lógico? Lo mismo que el miedo, el amor me brutaliza, me hace más carne y menos espíritu. La soledad de la meseta jujeña me está haciendo comprender muchas cosas que creí entender. El sol no es un astro, es un símbolo. La luna no es blanca, es dulce. La noche no es oscura, es triste.
Cuando me agarraste la mano... No creo poder todavía entender eso. Me falta contar muchas estrellas para poder despedirme de lo que nunca pude ser para vos. De todas maneras, sería tonto no contarte algunas cosas. Y no hay nada que me produzca más odio y miedo que ser tonto. ¿Nunca te preguntaste si la gente no evitará hacernos notar nuestra completa estupidez, sólo por mera cortesía? Pero eso es tela de otro tendal.
Lo que nunca voy a entender, y saber que nunca se va a entender algo es una garantía de ignorancia, es la distancia enorme entre nuestros deseos y nuestros abrazos. Puede que algún día viajar signifique tanto para un astronauta como comer queso con uvas, pero hasta ese momento, no voy a admitir que nuestra separación fuera forzada.
Si tuviera un corazón, o algún órgano sistémico dedicado únicamente a eso que equívocamente llamamos emociones, estoy convencido que lo vacunaría contra ese virus infecto-contagioso que es eso que equívocamente llamamos amor. Lo que pasó no fue más que un malentendido. No fue más que la raíz de toda guerra, el calor de mil soles confundiendo un oasis en el desierto con la zanja de una fortificación. No hay manera de que una rama verde y frondosa, pringosa de vida, derrame amor sobre mí. Es decir, no hay manera de que una rama verde y frondosa... En fin, se entiende, la metáfora pierde su eficacia frente al equívoco.
No hay mucho más que pueda decirte, al menos no por ahora. He oído decir en alguna película que un amigo se arrancaría un miembro por otro. No creo que el amor amerite menos. No sé si sirve, yo me despojaría de todo mi cuerpo si con eso pudiera darte un pañuelo para secar tus lágrimas. Eso.
En fin, la posibilidad de aclarar toda esta situación me alivia un poco. Te pido disculpas por el papel mojado, la sequedad de estos lugares y la sal del desierto me han irritado los ojos bastante,y creo que no pude evitar humedecer la carta con mis lágrimas. Nada grave, en la salita del barrio me dijeron que si río un poco, todo va a mejorar. Supongo que la clínica moderna tiene algo de amigo, y algo de silencio.
Me despido, tratando de ser más breve de lo que el tiempo permite,
Con todo afecto y respeto
y cariño,
Atte.,
Jasón.