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miércoles, 26 de enero de 2011

Señales de ...

Bien, un encuentro, dos encuentros, tres encuentros, más encuentros.
Más encuentros, miradas de encuentros, desencuentros. Y más, y los consejos, y los notepreocupés, y los nopuedocreerquemedigasesto. No, nada de eso, nada de reincidencia. Simplemente lo mismo, una y otra vez, con distinto olor, distintos perfumes, tal vez alguna que otra variación en los puntos de vista, la luz que ilumina un café frío, en vez de una gaseosa tibia, o la Luna tímida en vez del Sol desarrapado, el viento suave en la cara en vez de la pesadez del calor de la noche estival.
Quién sabe, las variaciones son tantas para algo tan simple como la soledad. El comienzo del abandono, la sensación del mar que nos arrastra hacia el mar que nos arrastra hacia el mar que nos arrastra hacia el mar que nos arrastra hacia el mar que nos arrastra hacia el mar que nos arrastra.
Y otra vez, y no entender, y estar perdido, y otra vez.
Pero quizás, quién sabe, haya algo en común, no puede ser todo así, tan así. Encuentros en la heladería, un saludo en una sala virtual(que casi no existe), pensamientos, sentimientos, discernimiento, mientos, recuerdos, anhelos, nostalgias y parecemos ya ves dos extraños.
Pero no, nada de eso. ¿Dije que las mujeres tienen una sensibilidad más adecuada? Puede ser, tal vez sea así, lo que falta entender es por qué no existe la racionalidad en la gran mayoría de las mujeres. ¿Por qué la lógica es no racional?
Lo concedo, puede ser beneficiosa, de hecho, así es como los pancitos, muchos de los pancitos, al menos, llegan a este mundo, pero... ¡¿No se hace insostenible la lógica sensible cuando se aplica a tantos aspectos de la vida?!
Lo mismo que el café, que el amor, que el olvido. Que el vértigo final de un rencor sin por qué.
No sabrás, nunca sabrás lo que es morir mil veces de ansiedad. O sí, o quizás la ansiedad te mantenga vivo o viva, dependiendo de si estás de acuerdo conmigo o no.
Digo: "Te quiero, y creo que te lo demuestro."
Respuesta: "¿Pero qué, yo no te demuestro que te quiero?"
Replico: "¡¿Eh?!"
Lo implícito, maldito sea lo implícito. Lo no dicho, en su carácter de tal es lo que no es. Por tanto, ¿qué me decías?
Perdición, hijos, y más perdición. Pero claro, el mandato de las mujeres termina siendo otro, pero lo mismo. La familia, los hijos, la casa. Pero ahora, también, el trabajo, el jefe, el sexo.
Y los hombres que se quejan de lo que se exige de ellos, o lo sufren resentidos y amargados, o vaciados de sentido en sus devenires fatídicos...
Funesto, parece.
Nada más, ni menos.
Al menos, por ahora.

martes, 18 de enero de 2011

Pancitos en la panadería

Siempre le digo a mi viejo: "Si el único motivo de que vos nacieras hubiera sido que yo pudiese comer los panes que cocinás con tus propias manos, ¡ah, qué buen destino que te habría tocado!"
A veces siento que soy un pancito. ¡Eso! Soy pancito. De hecho, Pancito.
Una extraña receta que le fue dada a alguien, pero que luego modificó con el uso, la costumbre, la vida diaria, la práctica. El producto de una manufactura, de una relación interpersonal, ¿qué más que eso somos?
El destino de otra persona depende de que nosotros seamos destino. Depende de que sublimemos deseos, tal vez nuestros, tal vez no.
Y parece poco. Parece que hacer pancitos, o hijos, bueno, ¡qué más da!, es muy fácil... Porque los hombres valoran poco o nada a sus hijos. Los quieren, los cuidan, los admiran. Pero no los valoran.
Es claro, siempre se dice que a los hombres(y utilizo la palabra hombres no para referirme a la humanidad, sino para referirme al estereotipo de persona masculina, ya que las mujeres suelen tener una sensibilidad más adecuada) se les imponen ciertos estándares de éxito. Ciertas metas a las cuales llegar. A todos, incluso a los que logran sobreponerse a las imágenes superfluas impuestas por la sociedad, les pesan estos milenarios paradigmas, tan fuertes como son.
Un hombre trabajador que ha criado, pongamos por caso, cuatro hijos trabajadores, no se sentirá tan satisfecho como uno que ha criado cuatro hijos a los que no les ha faltado nada.
Claro, no satisface la vanidad ver que otro se esfuerza por lograr lo que desea, ni aunque ese otro sea sangre de la sangre. Pero, ¿por qué?
Bueno, evidentemente todo hombre tiene su ego. Hasta el más dulce de los padres de familia, aquél que inculca a sus hijos excelsos y nobles valores(sea lo que sea que eso signifique para cada cual), se rige también por valores que no le son propios. Mmm... da que pensar.
En fin, nada más que eso.
Por ahora, nada más.