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miércoles, 20 de julio de 2011

El clima de estreno: sobre la moral y el ánimo

Hay dos momentos por los que debe pasar un cantante o actor, ineludiblemente: uno, el momento de estudiante, en el que debe eliminar su ego, para encontrar algo nuevo, confiar en lo que no tiene para encontrar lo que desea, entregando su persona entera al director. El segundo, momento de artista en sí, en el que debe entender que lo que hace en es lo único y lo mejor, lo necesario, aquello que no puede ser de otra manera: es el momento de la función, donde con absoluta genersidad debe entregar su persona entera al público.


Acercándose el estreno, los problemas en la organización de los ensayos de la ópera se iban acrecentando. Cancelaciones de ensayos y limitaciones espaciales por compartir escenario con otras puestas, problemas de dinero(siempre, el dinero...) y otras cuestiones con el teatro hacían que la producción fuera cada vez más heroica.
La ópera es, en sí, un género épico. Es la parodia de una batalla desmesurada en la que cada intérprete debe dejar todo en el escenario, abandonar todo, para poder adueñarse de cada una de las personas que espera, sentada, un espectáculo casi circense, un despliegue de virtuosismos lujosos. Ahora, imaginar que además de cantar, actuar y, en algunos momentos, hasta bailar, los intérpretes tengan que sacar la escenografía del sótano del teatro para acomodarla sobre el escenario, acomodar los espacios, los atriles de los músicos, el cableado de sonido, doblar los programas, preparar la sala para acomodar a la gente, recibir a la gente, acomodar a la gente para luego subir al escenario y sonreír mientras se canta, actúa y baila, para después bajar, despedir a la gente y bajar la escenografía de nuevo desde el escenario hacia el sótano, justo después de haberse desmaquillado; hace repensar la categoría de lo heroico. ESO es heroico.

El grupo, la compañía, casi absolutamente vocacional, y amateur, es, además, bastante inexperta, y no soluciona siempre con absoluta soltura y prontitud los problemas que se presentan. Pero el constante deseo de que las cosas funcionen bien, hace que parezcamos inconscientes, temerarios y desaforados. Lo único importante es poder subir al escenario a sonreír. Sonreír con tanta alegría que el escenario explote con el brillo de nuestros dientes resplandecientes.

Seguíamos preocupados por la falta de ensayos, ninguno de nosotros sentía un exceso de confianza en la propia producción artística, ni desde lo actoral, ni desde lo vocal. El arrojo era desenfreno, pero tratábamos de sosegarnos. Estar una semana antes del estreno y no tener ni siquiera una mínima noción de cómo iba a ser el vestuario que íbamos a usar nos ponía un poco inquietos.
Pero había algo que no se podía explicar, una brisa que circulaba entre los pasillos del teatro y nos hacía mostrarnos esa sonrisa inquieta unos a otros al cruzarnos durante las preparaciones previas de cada ensayo, entre escenas o mientras nos cambiábamos para irnos a casa. Era la sensación de ser indestructibles. Y el estreno, inminente, imparable compañero del celerípedo tiempo, soldaba esas estrecheces con amalgama de oro y platino.
Tal vez, apoyados por los dos directores, él y ella, que tan histéricos y sensibles y tranquilos podían parecer, todo al mismo tiempo. Tal vez, soportados por el potencial de lo que estábamos haciendo, y la admiración del esfuerzo de los compañeros. Pero sin duda alguna por la sensación de unidad de la bella compañía, ese cúmulo inexplicable de personalidades diversas, de personas-personaje; que no nos permitíamos a nosotros mismos defraudar.
Porque seguro estoy de que entrar a una escena sabiendo que un compañero estaba en la pata(eso que algunos piensan que es una cortina, que se ubica a los costados del escenario) mirando, era sentir dos respiraciones: la de uno con el canto, la del otro contenida. Y eso no tiene precio.
Como el pan, que es verdaderamente delicioso. Pero con manteca, ¡ah!, con manteca es sublime.

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