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miércoles, 23 de septiembre de 2020

Un texto aburrido sobre querer perder una mano

 Me gustaría escribir algo por lo que pueda valer la pena perder una mano o ser ejecutado.

Claramente, ir a prisión por algo que haya escrito no sería tan malo, pero sin dudas la pérdida de una extremidad o el cadalso tienen mucho más sentido. La moderación en el castigo hablaría de racionalidad, y no quiero escribir cosas que me generen una penalidad en un contexto de cierta racionalidad. 

Pero, tengo que ser más claro. Lejos de mí el querer parecer loco. Si fuera a escribir algo(cosa ya difícil, teniendo en cuenta que no logro escribir) me gustaría que estuviera en contra de cualquier sistema capaz de castigar a alguien por sus escritos. Como una suerte de rebelión por la rebelión en sí. Siempre disfruté contrariando lo que me parecía injusto.

Pero no tengo una noción clara de justicia. Como casi cualquier persona, soy falible. Y por eso nos agrupamos, nos sentamos a discutir y establecemos reglas de funcionamiento que llamamos leyes. En estas leyes que escribimos, tratamos de establecer la mayor cantidad de puntos que dejen disconformes a los demás posible. Esa negociación en la que creamos las leyes tiene implícita esta negatividad: ya sabemois que, inevitablemente, va a haber leyes que nos perjudiquen. 

Entonces se trata de tratar de generar dos cosas. La primera, movilizar las gradaciones para que de ese perjuicio, al menos no salgamos demasiado mal parados. Segundo, tratar de perjudicar a los demás para que, si hemos de ser miserables, al menos no estemos solos en la miseria.

No, claro, no suena bien. Pero parecería que la construcción de reglas se impone de algún modo cuando espontáneamente no logramos resolver las diferencias que nos unen con los otros. "Las diferencias que nos unen". Curiosa manera de decir que no soportamos que es inevitable que haya diferencias con quien habita a nuestro lado.

Partiendo de estos presupuestos, y sabiendo que no hay simetría real en las relaciones de poder, nunca, sueño con escribir algo que pueda enojar a quienes piensen que escribir en una ley que alguien debe perder una mano por escribir algo es una buena idea.

Irónicamente, estas palabras podrían ser eso, si las hubiera escrito. Podrían ser la causa de perder una mano, o ser ejecutado. Porque quien piensa que expresarse de manera escrita amerita un castigo tal, sin duda siente que el mero hecho de expresar el deseo de subvertir esas leyes amerita ese castigo.

Y lo curioso, en esa prohibición está el poder. Porque si escribiera estas palabras en un contexto ligeramente racional (en el que la opresión se alcanzare por la etiqueta de locura, o cualquier otro medio más sutil de eliminación de valor de las acciones) no tendría más valor que el de anécdota. Perderían todo peso de heroísmo o martirio. Y claramente, no dudaría en escribirlas, lo cual haría que no fueran más que una entelequia, un ejercicio casi humorístico de valentía y coraje.

Y se perdería el caminar digno por las escaleras de madera crujiendo hasta la horca, o hacia el verdugo encapuchado de negro. Y no existiría más esa solemnidad de morir sabiéndome importante. Se perdería la osadía de escribir el propio destino.

Pero un día, quizás. Sí, un día, voy a escribir algo que pueda ameritar una muerte heroica.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Paciencia(el Amor no es una mentira)

Mi ex me dijo que

le gustaba cómo escribía.

No, ella no,

mi otra ex, la anterior.

Bah, no me lo dijo.

"Lo único tan verdadero como el amor, es la muerte", dijo Alanis. Su sonrisa adolorida, ladeada, dejaba entrever que no era ironía. Llevaba llorando unas cuantas noches, y el rimmel, que rara vez usaba, se le había corrido como tajos negros en las mejillas. Parecía como si se lo hubiera puesto justo antes de llorar, para generar efecto dramático. Siempre le gustó el drama.

Me dejó con una poesía

en la que decía

algo así como que

nunca iba a sentir

amor. Mi vida

sólo iba a quedar

en una hermosa poesía.

Jasón me escribió hace unos días. Siguen sin poder arreglar las cosas entre ellos, y sufren cada vez que se cruzan, o que no se cruzan. Sufren cuando ven sus fotos juntos. O cuando no las ven. No hay modo en que no sufran. Pero Jasón, sin dudas, lo está llevando mejor. O, al menos, finge mejor.

Lo decía por una carta

que le escribí.

Era mala. La carta.

No me gustó.

Ni su poesía, 

ni que me dejara.

Pero Alanís mezcla momentos de euforia, de intentar reconquistarlo, de rasgarse literalmente la ropa y mesarse el pelo(frotarse la cabeza como si estuviera fuera de sí, para enredarse el pelo) con otros de una abulia casi exagerada, en la que encorva los hombros como si tuviera una giba. Mira con los ojos vacíos, no entiende lo que le digo.

Ella era increíble.

Todavía hace olas

en mi estanque.

Y no me la puedo arrancar,

como una maldición.

Jasón, por otro lado, escribe. Escribe todos los días. Estoy seguro de que escribe sobre lo razonable y sobre seguir adelante. Sobre sentirse solo y sobre la distancia. Estoy seguro que dice que si estuvieran más cerca, no se hubieran separado. Que si el tiempo, que si el momento. Se convenció a sí mismo de que no debían estar juntos. De que creció, maduró y la relación ya no era lo que necesitaba. Pero también sé que escribe sobre la muerte.

Y después de ella,

todo mentira. Si fue poesía,

o fue todo mentira.

Porque la única verdad, 

después del amor,

es la muerte.

No entiendo cómo van a seguir adelante. Cómo van a seguir vivos después de haberse amado como se amaron. Hablar de la tristeza, no es la tristeza. Hablar de lo vivido, no es lo vivido. En la profanación de siquiera pensar en nuevo amor, se transforma lo transitado en una mentira vil. Si hay amor después del amor, ninguno de los dos es amor. Ninguno fue amor.

miércoles, 3 de junio de 2020

Jammin’ (Mermeladeando)


Jasón decidió que era una buena idea preparar mermelada. Supongo que le habrá parecido un logro económico soberano el poder producir un alimento tan lujoso con sus propias manos. La mermelada de rosa mosqueta se elabora con el fruto de una mata que es plaga en la zona donde crece. O quizás el hecho de elaborar un alimento que suele comer le parecía romántico o pintoresco.
 El hecho es que de la cabaña donde estaba parando, salió con energías nunca antes vistas, un jean algo gastado, una bolsa de plástico grueso y unos guantes de cuero viejo con algunos agujeros. Salió con un entusiasmo que denotaba ingenuidad. Quizás no hubiera encarado la tarea si hubiera conocido un poco de antemano la tarea que estaba encarando.
 Para entenderlo, es necesario aclarar que esa mata de la que hablamos, la planta de rosa mosqueta, recibe su nombre no por las flores, si no por las espinas. La recolección del fruto, que es el primer paso y el que da sentido a la preparación casera, por la obtención de materia prima sin costo, fue la primera prueba. Los guantes le sirvieron bastante para evitar desgarrones en la carne de sus manos suaves, pero se le engancharon repetidas veces en las espinas afiladas, igual que su pantalón de jean, que volvió con cicatrices blancas varias, y nuevas hebras sobresaliendo del tejido azul claro.
El sol hizo brotar gotitas de sudor en su frente clara, y en el tono blanquecino de su piel resaltaba antinatural el polvo arenoso del suelo que se le pegaba. Se mostró cansado y algo frustrado. Claramente había sido mucho más extenuante de lo esperado. Dejó los pseudofrutos de mosqueta adentro de la bolsa, colgados en un gancho, y se fue directo a descansar. Había juntado durante unas 3 horas, un total de alrededor de 5 kilos.
La bolsa estuvo colgada unas dos semanas en ese gancho en un rincón oscuro de la casa. Antes de volver de las vacaciones, Jasón se vió obligado por quién sabe qué imperativo moral, a no dejar esos productos de la naturaleza en esa bolsa que ya tenía algunas mosquitas y algo de olor a podrido dando vueltas. No hubo manera de evitar continuar con el proceso.
Uno a uno, fue agarrando los frutitos que estaban en la bolsa, y les fue sacando de un lado y del otro, protuberancias y apéndices de materia innecesaria para la confitura. Del tamaño de aceitunas pequeñas, sacarlos todos le tomó unas 9 horas. Incluso tomando solamente pequeños descansos para merendar e ir al baño, terminó esta parte cuando ya era de noche.
No podía dejar los frutos así, muchos ya estaban demasiado maduros. Algunos incluso había tenido que descartarlos por la presencia de gusanillos que posiblemente no supieran bien una vez cocidos. Se puso a cocerlos, lo cual es menos tedioso que todo lo hecho hasta ese momento. Simplemente encontrar una olla del tamaño adecuado, poner los frutos dentro, agregar agua y ponerlos al fuego. Luego, con un pisapapas, triturar los frutos, que tienen una treintena de semillas dentro, y seguir cociendo.
En este punto, decidió continuar con el proceso al día siguiente. Una vez precocida, la pulpa solo necesita ser reducida unos minutos con algo de azúcar agregada para llegar a destino y conseguir la deseada confitura. 
 Soñó esa noche con una clase en la Escuela de Artes donde estudió, donde un profesor les acercó un libro de fotos alucinantes, en donde se podía observar la construcción de barcos en un astillero artesanal de Brasil. Recordó que no había entendido esa clase. Le había parecido poco interesante, y no había entendido la pasión que ponía ese profesor en explicar cómo esos constructores ponían pacientemente miles de clavos uno por uno sobre maderos que habían previamente tratado y procesado.
 En sueños, quizás haya comprendido el poder de la artesanía como fundamento de lo artístico. El proceso minucioso de preparar los pseudofrutos quizás se le haya mezclado oníricamente con cada clavo que recordaba alineado, colocado y preparado para ser martillado en esas maderas, como un bailarín de cabeza chata a punto de zambullirse en las grietas de las planchas.
 A la mañana siguiente, después de desayunar y su rutina matutina, lo primero que Jasón hizo fue encender el fuego y colocar la pulpa preparada la noche anterior y una porción de azúcar, en una olla, sobre la hornalla. Después de casi tres horas de cocción, durante los cuales observó ansiosamente y con mucho cuidado la mezcla, incluso probándola con cucharones de madera de tanto en tanto, finalmente la envasó en frascos de madera lavados y desinfectados con alcohol para el uso que se les iba a dar. 
 A la tarde, cuando se hubo enfriado, abrió uno de los tarros, tomó una cuchara y con sumo entusiasmo hundió el instrumento metálico en la confitura deseada, sólo para descubrir que el gusto resultante no era del todo de su agrado.
 Lloró dos horas, pensando cómo tanto trabajo se pudo haber estropeado por tan sólo algunos minutos de más de cocción. Mientras las lágrimas se le secaban en las mejillas enrojecidas, tuvo la iluminación de darse cuenta que los detalles en la preparación de algo tan sencillo como la mermelada son tan importantes como en una actuación en vivo. Y que el más mínimo cambio produce que el resultado final sea absolutamente diferente. Siempre tan metafórico, él.

Más ... Días a minutos, confitura de mosqueta

martes, 26 de mayo de 2020

Jasón en aislamiento

Las puertas están cerradas. Desde adentro. Las cerraduras están trabadas, pero las llaves están colgadas al lado de las puertas. Jasón camina agitadamente, se para delante de la puerta de calle, como si pudiera ver a través, en posición erguida, con la cara a pocos centímetros de la madera. Extiende la mano hacia el llavero, saca las llaves, y sin bajar el brazo, las vuelve a colgar. Bufa, murmura unas palabras inentendibles, da un paso para atrás, mira el espacio inferior entre la puerta y el piso, y camina vencido hacia su habitación.
Estas últimas semanas, ha estado sumamente irritado. La situación anormal de aislamiento, la imposibilidad de salir, y todas las implicancias legales que tiene el abrir la puerta y salir lo alteran mucho más de lo que hubiera esperado. Sobre todo teniendo en cuenta la reticencia que ha mostrado a salir en condiciones normales, la cantidad de veces que hemos discutido para que saliera, y lo frecuente que ha sido que me dejara plantado por no tener ganas de dejar la casa.
Una vez más, camina con determinación hacia la puerta, y en su reticencia a la repetición performática de ritos, modifica levemente las acciones, incluso cambiando su actitud, ahora un poco más alegre, menos rígida, casi como convencido de que puede hacerlo, con esa soltura que nunca supo tener. Pero las acciones son las mismas: encontrar la puerta, el rechazo del afuera, que lo devuelve silencioso a su habitación. Habitación que le supo a refugio, y ahora lo roza como celda. Será que depende no del espacio interno, sino del externo.
Nuestro hogar es adecuado, fresco en verano, cálido en invierno. Jasón tiene un holgado pasar económico, merced a quién sabe qué acaso de la vida que lo dejó en una buena posición. No es rico, no es pobre, vivir conmigo se tornó más en una elección por comodidad que en una necesidad material. Ambos nos toleramos lo suficiente, nos dejamos suficiente espacio, y nos contenemos lo suficiente en situaciones de estrés. Pero el aislamiento social parece estar rompiendo este delicado equilibrio.
Trato de hacer ejercicio en casa. Flexiones de brazos, bicicleta fija, ejercicios variados de calistenia, y alguna que otra abdominal. Jasón se ha impuesto una rutina casi militar de una rigidez admirable. Se levanta a las 6 de las mañana, desayuna rápido y comienza sus tareas diarias, con un horario que vi escrito, pero no pude dilucidar. Cada día, antes de dormir, con un lápiz, marca las cosas que logró hacer, y las cosas que no logró hacer. Y cada noche, rebufa.
La intimidad nunca fue lo nuestro. De hecho, no sé ni de qué trabaja Jasón. Por supuesto, alguna vez se lo he preguntado, y no tuve pudor en contarle mis variadas ocupaciones (a las que respondió con una sonrisita irónica algo hiriente), pero sus respuestas fueron silencios o evasivas. Como nunca dejó de pagar su parte del alquiler, y parece absolutamente inofensivo e incapaz de dañar a otro, me pareció innecesario insistir en ese tema que, evidentemente, le resultaba molesto.
Alguna vez creo haber intuído que se dedicaba a algo relacionado al arte, por la pasión que sólo se le enciende(de una manera particular, sin dudas) cuando hablamos de temas relacionados con la creatividad. Pero estoy casi seguro de que no se dedica a la producción o creación artísticas en ninguna forma. Al menos, nunca dejó entrever que hubiera algo a compartir. Y, viviendo juntos, si fuera un artista me hubiera invitado a alguna ocasión en la que se mostrara, se pusiera en escena o se escuchar algo de su producción, ¿no?
Volviendo a su no ritual, camina desde su habitación, surgiendo por la arcada que viene desde el pasillo. Para variarlo(creo que son variaciones conscientes y voluntarias, no accidentales, aunque no pueda asegurarlo) da un pequeño salto hacia la puerta, como si la determinación fuera mucho mayor que las veces anteriores. Pero ni siquiera levanta el brazo hacia el llavero. Tiene los hombros vencidos. Está él también vencido.
Jasón hace esto varias veces por hora. Detiene las actividades que se programó, que se dictó a sí mismo, y que mantienen su cordura, y se queja así, silenciosamente, con esta pantomima casi risible en la que parece que va a lograr salir, pero su propio miedo lo devuelve hacia adentro.
Tiene miedo. No es un secreto. Me lo dijo. En una de las infrecuentes conversaciones que solemos tener, me dijo que tenía miedo. No a enfermarse si sale, ya que su rutina saludable y su estado físico actual lo alejan de cualquier factor de riesgo. No tiene miedo al virus. Tiene miedo al rechazo, a la condena social. Y eso lo hastía más aún que el encierro.

“Es que estén ganando con un subterfugio elaborado que combina el miedo a estar enfermos, la vergüenza de no ser solidarios y la represión explícita, lo que me irrita por sobre todas las cosas”, dijo, y volvió a su habitación. Sin dudas, en algunos minutos más, volverá a fracasar en su intento por salir. Sin embargo, me pregunto si no tendrá razón.