Jasón decidió que era una buena idea preparar mermelada. Supongo que le habrá parecido un logro económico soberano el poder producir un alimento tan lujoso con sus propias manos. La mermelada de rosa mosqueta se elabora con el fruto de una mata que es plaga en la zona donde crece. O quizás el hecho de elaborar un alimento que suele comer le parecía romántico o pintoresco.
El hecho es que de la cabaña donde estaba parando, salió con energías nunca antes vistas, un jean algo gastado, una bolsa de plástico grueso y unos guantes de cuero viejo con algunos agujeros. Salió con un entusiasmo que denotaba ingenuidad. Quizás no hubiera encarado la tarea si hubiera conocido un poco de antemano la tarea que estaba encarando.
Para entenderlo, es necesario aclarar que esa mata de la que hablamos, la planta de rosa mosqueta, recibe su nombre no por las flores, si no por las espinas. La recolección del fruto, que es el primer paso y el que da sentido a la preparación casera, por la obtención de materia prima sin costo, fue la primera prueba. Los guantes le sirvieron bastante para evitar desgarrones en la carne de sus manos suaves, pero se le engancharon repetidas veces en las espinas afiladas, igual que su pantalón de jean, que volvió con cicatrices blancas varias, y nuevas hebras sobresaliendo del tejido azul claro.
El hecho es que de la cabaña donde estaba parando, salió con energías nunca antes vistas, un jean algo gastado, una bolsa de plástico grueso y unos guantes de cuero viejo con algunos agujeros. Salió con un entusiasmo que denotaba ingenuidad. Quizás no hubiera encarado la tarea si hubiera conocido un poco de antemano la tarea que estaba encarando.
Para entenderlo, es necesario aclarar que esa mata de la que hablamos, la planta de rosa mosqueta, recibe su nombre no por las flores, si no por las espinas. La recolección del fruto, que es el primer paso y el que da sentido a la preparación casera, por la obtención de materia prima sin costo, fue la primera prueba. Los guantes le sirvieron bastante para evitar desgarrones en la carne de sus manos suaves, pero se le engancharon repetidas veces en las espinas afiladas, igual que su pantalón de jean, que volvió con cicatrices blancas varias, y nuevas hebras sobresaliendo del tejido azul claro.
El sol hizo brotar gotitas de sudor en su frente clara, y en el tono blanquecino de su piel resaltaba antinatural el polvo arenoso del suelo que se le pegaba. Se mostró cansado y algo frustrado. Claramente había sido mucho más extenuante de lo esperado. Dejó los pseudofrutos de mosqueta adentro de la bolsa, colgados en un gancho, y se fue directo a descansar. Había juntado durante unas 3 horas, un total de alrededor de 5 kilos.
La bolsa estuvo colgada unas dos semanas en ese gancho en un rincón oscuro de la casa. Antes de volver de las vacaciones, Jasón se vió obligado por quién sabe qué imperativo moral, a no dejar esos productos de la naturaleza en esa bolsa que ya tenía algunas mosquitas y algo de olor a podrido dando vueltas. No hubo manera de evitar continuar con el proceso.
Uno a uno, fue agarrando los frutitos que estaban en la bolsa, y les fue sacando de un lado y del otro, protuberancias y apéndices de materia innecesaria para la confitura. Del tamaño de aceitunas pequeñas, sacarlos todos le tomó unas 9 horas. Incluso tomando solamente pequeños descansos para merendar e ir al baño, terminó esta parte cuando ya era de noche.
No podía dejar los frutos así, muchos ya estaban demasiado maduros. Algunos incluso había tenido que descartarlos por la presencia de gusanillos que posiblemente no supieran bien una vez cocidos. Se puso a cocerlos, lo cual es menos tedioso que todo lo hecho hasta ese momento. Simplemente encontrar una olla del tamaño adecuado, poner los frutos dentro, agregar agua y ponerlos al fuego. Luego, con un pisapapas, triturar los frutos, que tienen una treintena de semillas dentro, y seguir cociendo.
En este punto, decidió continuar con el proceso al día siguiente. Una vez precocida, la pulpa solo necesita ser reducida unos minutos con algo de azúcar agregada para llegar a destino y conseguir la deseada confitura.
Soñó esa noche con una clase en la Escuela de Artes donde estudió, donde un profesor les acercó un libro de fotos alucinantes, en donde se podía observar la construcción de barcos en un astillero artesanal de Brasil. Recordó que no había entendido esa clase. Le había parecido poco interesante, y no había entendido la pasión que ponía ese profesor en explicar cómo esos constructores ponían pacientemente miles de clavos uno por uno sobre maderos que habían previamente tratado y procesado.
En sueños, quizás haya comprendido el poder de la artesanía como fundamento de lo artístico. El proceso minucioso de preparar los pseudofrutos quizás se le haya mezclado oníricamente con cada clavo que recordaba alineado, colocado y preparado para ser martillado en esas maderas, como un bailarín de cabeza chata a punto de zambullirse en las grietas de las planchas.
A la mañana siguiente, después de desayunar y su rutina matutina, lo primero que Jasón hizo fue encender el fuego y colocar la pulpa preparada la noche anterior y una porción de azúcar, en una olla, sobre la hornalla. Después de casi tres horas de cocción, durante los cuales observó ansiosamente y con mucho cuidado la mezcla, incluso probándola con cucharones de madera de tanto en tanto, finalmente la envasó en frascos de madera lavados y desinfectados con alcohol para el uso que se les iba a dar.
A la tarde, cuando se hubo enfriado, abrió uno de los tarros, tomó una cuchara y con sumo entusiasmo hundió el instrumento metálico en la confitura deseada, sólo para descubrir que el gusto resultante no era del todo de su agrado.
Lloró dos horas, pensando cómo tanto trabajo se pudo haber estropeado por tan sólo algunos minutos de más de cocción. Mientras las lágrimas se le secaban en las mejillas enrojecidas, tuvo la iluminación de darse cuenta que los detalles en la preparación de algo tan sencillo como la mermelada son tan importantes como en una actuación en vivo. Y que el más mínimo cambio produce que el resultado final sea absolutamente diferente. Siempre tan metafórico, él.Más ... Días a minutos, confitura de mosqueta

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