Las puertas están cerradas. Desde adentro. Las cerraduras están trabadas, pero las llaves están colgadas al lado de las puertas. Jasón camina agitadamente, se para delante de la puerta de calle, como si pudiera ver a través, en posición erguida, con la cara a pocos centímetros de la madera. Extiende la mano hacia el llavero, saca las llaves, y sin bajar el brazo, las vuelve a colgar. Bufa, murmura unas palabras inentendibles, da un paso para atrás, mira el espacio inferior entre la puerta y el piso, y camina vencido hacia su habitación.
Estas últimas semanas, ha estado sumamente irritado. La situación anormal de aislamiento, la imposibilidad de salir, y todas las implicancias legales que tiene el abrir la puerta y salir lo alteran mucho más de lo que hubiera esperado. Sobre todo teniendo en cuenta la reticencia que ha mostrado a salir en condiciones normales, la cantidad de veces que hemos discutido para que saliera, y lo frecuente que ha sido que me dejara plantado por no tener ganas de dejar la casa.
Una vez más, camina con determinación hacia la puerta, y en su reticencia a la repetición performática de ritos, modifica levemente las acciones, incluso cambiando su actitud, ahora un poco más alegre, menos rígida, casi como convencido de que puede hacerlo, con esa soltura que nunca supo tener. Pero las acciones son las mismas: encontrar la puerta, el rechazo del afuera, que lo devuelve silencioso a su habitación. Habitación que le supo a refugio, y ahora lo roza como celda. Será que depende no del espacio interno, sino del externo.
Nuestro hogar es adecuado, fresco en verano, cálido en invierno. Jasón tiene un holgado pasar económico, merced a quién sabe qué acaso de la vida que lo dejó en una buena posición. No es rico, no es pobre, vivir conmigo se tornó más en una elección por comodidad que en una necesidad material. Ambos nos toleramos lo suficiente, nos dejamos suficiente espacio, y nos contenemos lo suficiente en situaciones de estrés. Pero el aislamiento social parece estar rompiendo este delicado equilibrio.
Trato de hacer ejercicio en casa. Flexiones de brazos, bicicleta fija, ejercicios variados de calistenia, y alguna que otra abdominal. Jasón se ha impuesto una rutina casi militar de una rigidez admirable. Se levanta a las 6 de las mañana, desayuna rápido y comienza sus tareas diarias, con un horario que vi escrito, pero no pude dilucidar. Cada día, antes de dormir, con un lápiz, marca las cosas que logró hacer, y las cosas que no logró hacer. Y cada noche, rebufa.
La intimidad nunca fue lo nuestro. De hecho, no sé ni de qué trabaja Jasón. Por supuesto, alguna vez se lo he preguntado, y no tuve pudor en contarle mis variadas ocupaciones (a las que respondió con una sonrisita irónica algo hiriente), pero sus respuestas fueron silencios o evasivas. Como nunca dejó de pagar su parte del alquiler, y parece absolutamente inofensivo e incapaz de dañar a otro, me pareció innecesario insistir en ese tema que, evidentemente, le resultaba molesto.
Alguna vez creo haber intuído que se dedicaba a algo relacionado al arte, por la pasión que sólo se le enciende(de una manera particular, sin dudas) cuando hablamos de temas relacionados con la creatividad. Pero estoy casi seguro de que no se dedica a la producción o creación artísticas en ninguna forma. Al menos, nunca dejó entrever que hubiera algo a compartir. Y, viviendo juntos, si fuera un artista me hubiera invitado a alguna ocasión en la que se mostrara, se pusiera en escena o se escuchar algo de su producción, ¿no?
Volviendo a su no ritual, camina desde su habitación, surgiendo por la arcada que viene desde el pasillo. Para variarlo(creo que son variaciones conscientes y voluntarias, no accidentales, aunque no pueda asegurarlo) da un pequeño salto hacia la puerta, como si la determinación fuera mucho mayor que las veces anteriores. Pero ni siquiera levanta el brazo hacia el llavero. Tiene los hombros vencidos. Está él también vencido.
Jasón hace esto varias veces por hora. Detiene las actividades que se programó, que se dictó a sí mismo, y que mantienen su cordura, y se queja así, silenciosamente, con esta pantomima casi risible en la que parece que va a lograr salir, pero su propio miedo lo devuelve hacia adentro.
Tiene miedo. No es un secreto. Me lo dijo. En una de las infrecuentes conversaciones que solemos tener, me dijo que tenía miedo. No a enfermarse si sale, ya que su rutina saludable y su estado físico actual lo alejan de cualquier factor de riesgo. No tiene miedo al virus. Tiene miedo al rechazo, a la condena social. Y eso lo hastía más aún que el encierro.
“Es que estén ganando con un subterfugio elaborado que combina el miedo a estar enfermos, la vergüenza de no ser solidarios y la represión explícita, lo que me irrita por sobre todas las cosas”, dijo, y volvió a su habitación. Sin dudas, en algunos minutos más, volverá a fracasar en su intento por salir. Sin embargo, me pregunto si no tendrá razón.
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