No se puede odiar a nadie al que se le ha visto dormir.
Imaginá que tenés el corazón roto. Que la masa es masa, y el pan es pan; y que éso, te rompe el corazón. Ahora imaginá que encontrás un corazón nuevo, que parece escucharte y que ríe con ruido alegre, con risa morocha y cuerpo de reina de tablero de ajedrez. Imaginá que te confundís, que te confundís tanto. Tanto te confundís, que el corazón de reina y el cuerpo de morocha te nadaqueverean, te atajan un gol sin usar una mano, sólo con esos ojos que brillan tanto que no te dejan escuchar el nadaquevereo. Pero sí, pero entendés, pero no es indiferente.
Sigamos. Ahora, resulta que seguís, que vivís, que ves cada día a la morocha de los ojos que te sonríen, con un “nadaquever” o dos, o tres, tatuados en la frente. Y que, además, sos tan amigo. Tan amigo sos, que la acompañás cada noche con el corazón en la mano, hasta la puerta de su casa. Donde, obvio es decirlo, dejás el corazón cada noche, para que ella lo pisotee al salir cada mañana. Pero una noche, en un sueño, sin dudas, te mira, y te da ese beso tan tierno que fuera del sueño nada que ver. Y después, un rato después, aunque quisieras que un rato significara una eternidad, te despertás, y te das cuenta de ese sueño tan cruel, ese sueño en el que comías facturas, donde al despertarte ni pan duro te quedaba. Y ese beso cruel, de esa morocha cruel, en ese sueño cruel, te enamora.
Como el sueño ese en que ocupabas una realidad posapocalíptica, de esas de película yanqui, con colchones finitos, marcados en los dobleces, ventanas tapiadas con maderas agrietadas y canas afuera que buscan a los rebeldes. ¿Rebeldes? Qué divertidos son estos sueños. Qué cosa tan curiosa estos sueños. Y resulta que no estás solo en la habitación tapiada. Está esa morocha con cara de ángel, Caro. En medio de este apocalipsis onírico, te casás de palabra con Caro, y se aman. Y te despertás amándola. Porque los sueños son así, podés darte por contento cuando no comentan sobre tu día, en la noche.
Tener sueño, ¡carajo!, ¿a quién mierda se le habrá ocurrido decir que tenía sueño, para significar que deseaba dormir? Que no podés, te lo juro, ¡carajo!, no podés saber si lo que soñaste es lo vivido. Como esos sueños en los que volás, ¡carajo!, y es tan vívida la sensación de sentir que el cuerpo se sostiene en el aire. Y esos recuerdos que ahora, ¡carajo!, no sabés si fueron sueños.
Pero no tenés sueño, no, de ninguna manera. O quizás sí, pero no tenés ganas de ir a la cama. No muchas ganas. Porque querés que el día dure un poco más, para seguir amándolas, seguir negándolas. Como conocer a alguien en sueños, o conocer a alguien que debería ser un sueño. Como bailar tango con China Zorrilla en el foyer de un teatro.
Y querés salir de ese laberinto, ese laberinto que no entendés, porque el sueño se esconde al final del laberinto. El sueño es el laberinto, pero también no lo es. Y entender que los sueños son precisos. Muy precisos. Como el sueño donde tenés que rendir de nuevo Lengua y Literatura del secundario, en que hasta podés recordar las preguntas del examen, y te obligás a caminar por los pasillos de nuevo. Y esos detalles hacen que las historias sean verdaderas, sean creíbles, a pesar de estar volando, adentro de un laberinto, para llegar al examen. Y aprender de eso para el escenario, y para el pan.
En tus sueños no hay duda. Sí contradicciones, pero no indecisión. Las cosas suceden, invariablemente, sin error ni destrucción. Ambivalencia, rareza, todo, pero con la más cruel de las realidades. Como dice una banda punk yanqui: Cruelest dream, reality.
Y lo sabés muy bien, porque lastimarte te lo enseñó, ¡carajo! Un sueño no es un anhelo de un cambio que no fue o no será, sino la percepción filosa en la carne sensible de un cambio que está(o podría estar) siendo. Es la dureza del aire tibio entre lo que sos y lo que deseás ser.
El sueño es el cuchillo sobre el pan, y creés que estás dormido.
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