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miércoles, 11 de mayo de 2011

Reflexiones sobre la fenomenología coral: Coda

Cuando uno se comienza a despedir de algo, de un momento, de un ciclo, de una época, de una situación, sucede comúnmente que la nostalgia hermosa de lo que nunca fue parece teñir todo de un hermoso rosa pálido, con una suerte de romanticismo idiota, casi ciego, en el que suele descubrirse un lagrimón que roza los costados de la cara, o al menos, retiembla tímido en las ventanas del primer piso.
¿Cantaste alguna vez en un coro? Lo recomiendo. Es una experiencia... diferente. Por supuesto, como todo hecho artístico, para el artista suele ser mucho más que meramente un hecho artístico. Es una experiencia vital. Si no, no es un hecho artístico. Pero para aquél que no se concebía como artista previo a la realización, suele ser un transformador, un catalizador de cosas que dormían inofensivas, las cuales suelen despertarse lentamente, disimulando interés. ¿Qué tanto puede uno volverse competitivo, infantil, arrogante, juguetón, distraído? Pareciera no haber límites, incluso en una situación en la que la mente necesita despertarse a pesar de sí.
El fenómeno coral se remonta a siglos antes de que existiera la noción de canto coral. De hecho, no creo que decir coro se refiera a un fenómeno exclusivamente sonoro musical. Se aplica a la narrativa, al cine, al teatro, y a miles de otras situaciones. Puede uno viajar en auto por una autopista y, prestando atención, descubrir un fenómeno coral. Por supuesto, suele a veces haber desafinaciones que se cobran extremidades, órganos y, por supuesto, estertores. De hecho, el fenómeno coral automovilístico necesita de un estudio más detallado por parte de los especialistas idóneos, siendo, como es, una importante causa de muerte en la Argentina.
Según el Cementerio de la Real Academia Española, la palabra coro tiene unas 16 definiciones que gozan de una generalidad absoluta como “conjunto de personas que cantan”, o antónimo de la palabra danza. Muchas de ellas son referidas a cuestiones religiosas de índole católica, siendo como es, el fenómeno coral, de una gran elevación espiritual en su manifestación y su impacto sobre el que observa. La religión observó esto y supo hacer uso de este magno efecto, con fines más o menos cuestionables. En general, y esto es lo interesante, la mayoría de las definiciones están relacionadas con el hecho colectivo artístico, de manera directa o indirecta.
Absurdo o no, ésto hace que lo coral, pueda ser relacionado con lo teatral. En muchas maneras. En primer lugar, el fenómeno coral carece de sentido si no se piensa como un evento de encuentro efímero circusntancial y contingente. Incluso en el caso de una filmación o película o cualquier otra realización no perecedera, el evento coral se produce y rearma en la imaginación del espectador, último componente de la formación del efecto coral(y teatral, claro).
Mi obsesión por lo teatral parece no tener límites, lo acepto. Pero no me da miedo decir que lo que realmente me obsesiona es la vida. ¡Por el Barbudo, si pareciera que las calles son obras de teatro, día a día! Y si puedo añadirlo, obras de teatro con un alto grado de incidencia coral.
Un director amigo dice usualmente que lo primero que sucede cuando se convoca un coro es la división de roles: salita verde, salita rosa. Y sí, se pierde la noción de la madurez, se quiere disfrutar y divertir aquél que encuentra en el coro un momento lúdico de esparcimiento, enmarcado en una situación de un nivel de dificultad atractivamente paradójico. El evento coral requiere de un conjunto de gente con un nivel de atención mínimo indispensable dedicado exclusivamente al hecho en cuestión, que suele ser insuficiente en las primeras etapas y luego ir mejorando gradualmente con los años. Depende mucho también del efecto logrado, la estabilidad y continuidad de los integrantes, así como también de la preparación de la indispensable parte encargada de la coordinación del grupo.
Una de las funciones despedida de uno de los coros en los que participaba, deseaba sacar una foto del total de grupo que participaba(alrededor de unas 120 personas), lo cual resultaba inconmensurablemente difícil, incluso de convocar, ya que elevar la voz sobre esa cantidad de gente y obtener al mismo tiempo una sonrisa en la foto son cosas prácticamente incompatibles. Pero fiel a la creencia de mi amigo, les canté una canción que solía cantarme mi maestra en el jardín: “la lechuza, la lechuza, hace sshh, hace shh”. Juro sobre la tumba de mis antepasados que el resultado fue mejor de lo esperado y de ninguna manera pasó inadvertido. La foto es.
Una vez que se está dentro del fenómeno coral, cualquier situación se hace parte de la totalidad. No se puede escapar, es inevitable, como la muerte. No hay fenómeno colectivo que pueda sustituir o eliminar la necesidad de lo individual. Muy por el contrario, se nutre de ella. Y en los fenómenos corales, las individualidades son de lo más variadas y excéntricas. Hay quienes participan durante años, o incluso durante toda la vida, rotando entre diversos fenómenos corales, de distinto género, lo que produce sin lugar a dudas, una sensación de enorme satisfacción. Hay quienes le temen, quienes se disgustan, quienes lo rechazan y quienes se casan con el fenómeno coral.
Por último están quienes no lo han experimentado en ninguna de sus formas y lo prejuzgan, como algo ridículo(¡ah, qué teatral lo ridículo, que exquisitamente teatral!) o demasiado sofisticado, o tal vez alejado de lo aprehensible por la vida burguesa. Lo que resulta extravagante es quien no lo intuya o presienta como una presencia real, o metafísica, que puede manifestarse en todo momento y todo lugar.
Casi como el cuco o el Barbudo, o el pan nuestro de cada día.

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