Puse en mi escritorio las hojas en blanco, y escribí: escribí durante un par de minutos, o un par de horas, ya no recuerdo la diferencia. Escribí solo títulos. Me ordené. Me mentí.
Durante bastante tiempo había logrado caminar a tientas, con los ojos entreabiertos, sintiendo el piso más que viendo la senda.
El aire se hacía más que denso, y el cuerpo se movía con pesadez, como si el calor del verano estuviera presente en el aire invernal.
Jasón entró silencioso en la habitación, se sentó disgustado, zapateó tímido y comenzó a suspirar sonoramente. No comprendí por qué hacía esto.
Los suspiros suaves se fueron transformando en susurros rítmicos, como rimas infantiles escuchadas desde la distancia.
El aire se plagaba de estas vibraciones sibilantes mientras yo caminaba. Jasón parecía no darse cuenta de que estaba al lado mío.
El pecho se le inflaba y desinflaba a un tempo bastante regular, con aceleraciones y desaceleraciones que parecían responder a algún tipo de lógica métrica.
Cada palabra que Jasón dijo a partir de que comencé a escucharlas con claridad, fue acompañada de un movimiento claro y distintivo.
Si decía agua, alguna parte de su cuerpo acariciaba una ola en Mar del Tuyú. Si decía comida, sus dientes mordían un pedazo de pan relleno, cocido con artesanía abusrdamente obsesiva por su padre.
Al principio, noté que las palabras aludían a cuestiones estrictamente materiales, palpables. Pero poco a poco, sus ideas se fueron haciendo más complejas.
Cuando volví a sentarme, después de un rato tieso mirando a Jasón, noté que las palabras que había escrito, los títulos que había bosquejado para los artículos que querías escribir; esas palabras, digo, se relacionaban de maneras extrañas con las que Jasón decía, vibrando mientras él hablaba, como en una resonancia por simpatía.
Me dejé llevar por el espectáculo de su pantomima verbal. Me dejé llevar por los mundos que proponia. Viajé por China, vi colores que se pintaban en su cuerpo, visité teatros que hace tiempo no veía, esuché música y compartí en su cuerpo tantos encuentros con tantas personas que ahora añoro reencontrar.
Pero después de un rato, su cuerpo empezó a temblar. Claro, lo que en el papel eran palabras, solamente conjunciones significantes, en su cuerpo se hacían significado. Cada raspón, primero, cada laceración, después, y cada angustia, cada incertidumbre. La palabra carta, que primero fue una pantomima tonta de escritura inocua, se hizo, con cada repetición, algo más parecido a una convulsión.
Las palabras, entonces, brillaron como el sol.
Hace cuatro meses que tuve que cerrar los ojos, aún no pude volver a abrirlos.
Pero después de un rato, su cuerpo empezó a temblar. Claro, lo que en el papel eran palabras, solamente conjunciones significantes, en su cuerpo se hacían significado. Cada raspón, primero, cada laceración, después, y cada angustia, cada incertidumbre. La palabra carta, que primero fue una pantomima tonta de escritura inocua, se hizo, con cada repetición, algo más parecido a una convulsión.
Las palabras, entonces, brillaron como el sol.
Hace cuatro meses que tuve que cerrar los ojos, aún no pude volver a abrirlos.
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