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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Harinas: maíz, algarroba, trigo y todo lo demás.


Masificación. Todos tenemos un amigo rockero. En mi caso, Johnny. Johnny es un inmigrante español de apellido español, y nombre furtivamente angloamericano. Por supuesto, Johnny es extraordinariamente coherente con sus impulsos rockeros y no pudo evitar ir al recital de una banda norteamericana de rock y punk con un amplio mercado en todo el mundo: Ajíes Picantes Rojos Calientes.
Cosificación. El recital se presentó en el estadio de uno de los principales equipos de fútbol de la Argentina, lugar que, en una feliz coincidencia, mi amigo Johnny no conocía.
Identificación. “Estaba yenu de majash de lo másh guapash, y entrar a la cancha como Enzo Franzeshcoli, le añadió un pequeño plush”, dice Johnny con su cántico particular. Al entrar al estadio, la primera impresión de Johnny fue descubrir que el estadio era gigantesco, pero no parecía tan grande como a través de una pantalla plana. El campo, que por la televisación se percibe como un campo de titanes, estaba más cerca de un potrero cuidado con mucho cariño. De todas maneras, bajar por las escalinatas y pisar el pasto que rodeaba el arco(que no habían retirado para el recital) tenía un dejo de mística musical-futbolera bastante extraño.
“Había un deshquiziau con una planta en meio'e la gente”, me comentó Johnny. Todos tenemos amigos a los que les gustan las plantas. Jasón llevó a Disculpas (celebérrimo potus cantante) a ver el recital de la banda de rock. “Para que se embeba del fraseo impecable de tan augusta agrupación”, me comentó Jasón, “además se ofende si no la llevo”.
Jasón, prudente, se mantuvo a un costado durante los momentos álgidos de enfrentamiento humano sudoroso e impúdico en los que la banda expelía esa mística sonorización rockera. Según me comentó, comenzó a sentir que lo apretujaban desde todo ángulo, y decidió que era más confortable disfrutar del recital desde la tranquilidad del lateral del campo. “Eshu no'é de jombre, donjuán”, me espetó Johnny, que habría visto el recital, según sus declaraciones, “empujando y empalando, tratando de alcanzar” el escenario, en un esfuerzo sabidamente inútil, luchando por un pequeño lugarcito junto a una valla, donde el aire se hacía un poco más fresco y la “tranquilidá de que uno'esos muchachotesh te quitara de'en medio shi el deshmaio she produzía” expandía un poco los pulmones cansados de cantar a viva voz canciones a medio conocer.
Disculpas, como siempre, no hizo comentarios.
Unificación. Elaborando siempre mis pensamientos, masticándolos como tiernas facturas, descubro que Johnny no es más sincero en su deseo de ver a la famosa banda. Simplemente respondía más concretamente al ritual de identificación con un proceso masivo de cosificación y objetivación de la sensorialidad. Se hace hermosa en estos encuentros la posibilidad irreverente de decir “ésto soy”, “en ésto estoy”, “veo”, “siento”.
La vida se ritualiza en estos cruces de mutuo entendimiento. Códigos tácitos unen estas personas tan distintas.
Jasón se ofusca. “Yo también pertenezco”, dice, con rostro fruncido. “Toosh shomos pan, chaval”, le contestó Johnny, dedicándome una sonrisa.

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