Masificación. Todos tenemos un amigo rockero. En mi
caso, Johnny. Johnny es un inmigrante español de apellido español,
y nombre furtivamente angloamericano. Por supuesto, Johnny es
extraordinariamente coherente con sus impulsos rockeros y no pudo
evitar ir al recital de una banda norteamericana de rock y punk con
un amplio mercado en todo el mundo: Ajíes Picantes Rojos Calientes.
Cosificación. El recital se presentó en el estadio
de uno de los principales equipos de fútbol de la Argentina, lugar
que, en una feliz coincidencia, mi amigo Johnny no conocía.
Identificación. “Estaba yenu de majash de lo másh
guapash, y entrar a la cancha como Enzo Franzeshcoli, le añadió un
pequeño plush”, dice Johnny con su cántico particular. Al entrar
al estadio, la primera impresión de Johnny fue descubrir que el
estadio era gigantesco, pero no parecía tan grande como a través de
una pantalla plana. El campo, que por la televisación se percibe
como un campo de titanes, estaba más cerca de un potrero cuidado con
mucho cariño. De todas maneras, bajar por las escalinatas y pisar el
pasto que rodeaba el arco(que no habían retirado para el recital)
tenía un dejo de mística musical-futbolera bastante extraño.
“Había un deshquiziau con una planta
en meio'e la gente”, me comentó Johnny. Todos tenemos amigos a los
que les gustan las plantas. Jasón llevó a Disculpas (celebérrimo
potus cantante) a ver el recital de la banda de rock. “Para que se
embeba del fraseo impecable de tan augusta agrupación”, me comentó
Jasón, “además se ofende si no la llevo”.
Jasón, prudente, se mantuvo a un
costado durante los momentos álgidos de enfrentamiento humano
sudoroso e impúdico en los que la banda expelía esa mística
sonorización rockera. Según me comentó, comenzó a sentir que lo
apretujaban desde todo ángulo, y decidió que era más confortable
disfrutar del recital desde la tranquilidad del lateral del campo.
“Eshu no'é de jombre, donjuán”, me espetó Johnny, que habría
visto el recital, según sus declaraciones, “empujando y empalando,
tratando de alcanzar” el escenario, en un esfuerzo sabidamente
inútil, luchando por un pequeño lugarcito junto a una valla, donde
el aire se hacía un poco más fresco y la “tranquilidá de que
uno'esos muchachotesh te quitara de'en medio shi el deshmaio she
produzía” expandía un poco los pulmones cansados de cantar a viva
voz canciones a medio conocer.
Disculpas, como siempre, no hizo
comentarios.
Unificación. Elaborando siempre mis pensamientos,
masticándolos como tiernas facturas, descubro que Johnny no es más
sincero en su deseo de ver a la famosa banda. Simplemente respondía
más concretamente al ritual de identificación con un proceso masivo
de cosificación y objetivación de la sensorialidad. Se hace hermosa
en estos encuentros la posibilidad irreverente de decir “ésto
soy”, “en ésto estoy”, “veo”, “siento”.
La vida se ritualiza en estos cruces de
mutuo entendimiento. Códigos tácitos unen estas personas tan
distintas.
Jasón se ofusca. “Yo también
pertenezco”, dice, con rostro fruncido. “Toosh shomos pan,
chaval”, le contestó Johnny, dedicándome una sonrisa.
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