Como en el blog Me quiero ir, podemos sentir que no es necesario estar mal para escribir, pero algunos sentimos que es necesario escribir cuando se está mal. A veces, no siempre, sucede que uno muestre lo que escribe. Tal vez no es necesario comunicarlo, tal vez simplemente es la necesidad de expresarlo, como un medio de objetivación, logrando distanciamiento y, finalmente, excreción de la ansiedad comeuñas. Es decir, en palabras más o menos criollas, cagamos la soledad cuando la describimos.
Y bueno, como autorreferencial la escritura, autorreferencial la vida. ¿La vida es autorreferencial? Sólo podemos averiguarlo viviendo, como sólo se puede averiguar si la escritura es autorreferencial, escribiendo. Nuestra escritura, nuestra vida, no cualquiera.
Y así es que recuerdo un texto que escribí en dado momento cuando intentaba que me tomaran para trabajar como redactor de páginas web.
Ante la solicitud de realizar un escrito para evaluar mis capacidades de redacción, en el caso de estar interesado en un trabajo orientado a esa labor, me surgió, debidamente, la estereotípica pregunta: “¿un texto sobre qué?”
Y, claro, viendo la cantidad innúmera de temas disponibles, susceptibles de ser descriptos con exactitud infinitamente, siendo requerimiento de todos ellos un gran vocabulario(grande, inconmensurablemente grande) y una habilidad sintáctica, semántica y gramatical de proporciones similares; descubrí que tal vez era mejor dedicarme a un tema que estuviera más a mi alcance, pero que me permitiera, aún así, desplegar no sin suficiente modestia y humildad, ni carente tampoco de algún lucimiento privativo de mi decisión y mis aspiraciones, mis habilidades como redactor.
Por tanto, decidí hablar sobre el texto mismo que había de crear. Cosa no poco sorprendente, observo yo al escribir, sobre todo tomando en consideración que no solamente voy a estar describiendo algo que está incompleto e inacabado mientras escribo, exigiendo así al máximo mi capacidad de elucubración sobre la creación de textos; sino que además, mientras yo escriba estoy creando al mismo tiempo el objeto de mi descripción, por lo que el texto seguirá incompleto e inacabado mientras siga dibujando letras sobre el papel o pulsando teclas en la computadora.
Es decir, cada palabra, cada momento e inflexión que agregue estarán completando y, al mismo, tiempo, logrando que el escrito esté más inacabado. Se me ocurre pensar que este acto logra que, a la manera de una obra de Teatro, de una pieza musicalo o de una coreografía de baile, el acto de la escritura de este texto se convierta en algo efímero. Y me hace cuestionar el camino que ha de recorrer antes de ser leído. La pregunta reside en saber cuál es la vida de esta redacción entre quien lo vaya a leer y quien lo ha escrito.
Volviendo al tema principal del texto, tiene(tendrá, suponiendo el futuro como hipótesis, es decir, potencia perfecta y definición imperfecta, o, mejor, una nada absoluta, absurda y confusa) sus párrafos introductorios, que hablan sobre el autor, es decir, sobre mí, y también sobre sus fortalezas y debilidades, o sea, las mías. Las cuales, en definitiva, se verán rotundamente expuestas en el cuerpo principal del texto, léase los 3 o 4 párrafos siguientes.
Por último, el presente texto tendrá(o tiene, si logra completarse a sí mismo durante la lectura) como todo texto hecho por un mortal, un párrafo final, también de importancia dudosa, muy prescindible tal vez o tal otra, excepto quizás en el sentido de que el último párrafo contiene la que por fuerza será la última palabra del texto.
Digo bien, por fuerza, porque tal vez sería posible hablar también sobre ella, sobre esa última palabra de este texto inacabado, explicarla, analizarla y abstraerla del texto, pero hacerlo a priori resulta muy difícil, y hacerlo a posteriori le quita su carácter de última palabra. A lo sumo podrían dedicársele unas palabras finales (y previas, dado el caso que, en definitiva, es ella la única final, la Palabra, la Final) para evocar su memoria antes de echar sobre ella el polvo del olvido.
Ensayando esta propuesta surge desde las entrañas de la tierra, mezclado con agua vaporosa y olor penetrante, la obviedad de que la única característica aplicable a mi palabra, y en virtud de mi generosidad de escritor y la vuestra curiosidad de lector, nuestra palabra final, es su increíble autorreferencialidad, característica que traté, tal vez algo infructuosamente, de imprimir a fuego a toda la presente redacción.
Asimismo, ese texto, que no es otro que este texto, no puede evitar la muerte, como un pan(Pancito, otra vez autorreferencia, por si no se nota) que debe ser comido y desaparecer en las cañerías del pasado. Y que al final habla de sí mismo al hablar de su parte, quizás, más importante: su culminación, su remate, su destino, su hado, su muerte; acaba con una palabra sorprendente para el poco avisado, improvisada y poco recurrente en este texto: esa palabra es ésta.
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