¿Habra sucedídole alguna vez a alguno, de conocer una persona grotesca? Si puede describirse, debería ser posible que así sea.
La teoría teatral dice(o Viñas, al menos) que el grotesco criollo es la interiorización del sainete. Interiorización en un sentido espacial, y expresivo. Estética y emocionalmente, el grotesco se dice a sí mismo: "TODO es posible. Sólo es necesario estar lo suficientemente desesperado para concebirlo como real".
La conversación que en el patio de una casa puede parecer simpática, sólo hace falta trasladarlo textualmente al living para que se convierta en algo desaforado.
Pero, lo más interesante no reside en esta interiorización, tal vez. Lo profundo del grotesco, no tanto como continuidad histórica de otra estética, sino como estética autónoma, es su cualidad contradictoria. La contradicción es vida. La vida es contradicción. El Grotesco posee la ambivalencia de producir lástima y gracia al mismo tiempo. El ridículo es tan ridículo que parece inverosímil. Pero sostener la verosimilitud en esa ridiculez hace que se cree un mundo cómico, en el que tanto sufrimiento se hace increíblemente creíble, y se cosifica, produciendo un efecto cómico, como el que Bergson describe.
Pero el grotesco no es ternura. No es reír de una ridiculez física ingenua. No es ingenuidad. O al menos, no la ingenuidad infantil que nos produce una risa cálida y brillante. No encuentro carcajadas en mi grotesco. Es una risa culpable, es la risa irónica del desasosiego. Es una puerta cerrada que nos resulta cómica por lo inevitable del camino que nos condujo hasta ella. Es el determinismo de nuestra propia capacidad de fracaso. La naturaleza de nuestros propios rostros deformes.
Cerca de mi casa hay dos "trapitos". ¿Es sabido qué es un "trapito"? Los "trapitos" son hombres y mujeres encargados de indicar lugares libres para estacionar y de "cuidar" los autos. ¡Cuántas comillas en tan sólo un par de oraciones! Resulta que estos dos trapitos son hermanos. O al menos lo parecen. O quizás se puede intuir, porque no se evidencia. Ambos son hombres mayores, a los que la vida trato con rigidez, curtiendo sus pieles. Ambos tienen ojos claros, pelos plateados, andar garboso, cansado. Y hasta hay una similitud extraña en sus caras.
Supongamos que estos dos trapitos hermanos somos Jasón y yo. Claro, yo nunca diría que Jasón es mi hermano, pero juguemos a esto un ratito, como si realmente pudiera pasar. Diría entonces que soy algo así como el Grotesco de Jasón. Su rostro es armonioso, su mirada altiva, mentón afilado, sonrisa amplia, pero soberbia. Claro, Jasón puede resultar atractivo. Y yo, claro, no dejo de serlo por ser su grotesco. Pero mis labios son más carnosos, mis ojos más cansados, y las bolsas en mis ojos más pesadas. Mi piel está más gastada, mi sonrisa es más amplia, se estira más hacia mis orejas, que son más descaradas, y se atreven a más por delante de mi pelo, que también se atreve a más, por lejos de mi cuero cabelludo, que también se atreve a más, descubriéndose por sobre mi frente, que también se atreve a más, arrugándose brutalmente con cada gesto, cada sonrisa. Podría decir que debería agradecer que Jasón es tan agraciado, porque mi cara es grotesca por parecerse a la de él, es grotesca y produce gracia porque se acerca a la de él. Soy, porque él es.
Y así, el grotesco sufre su razón de ser en ser la condensación de otra cosa. Si un poeta escribe, mis palabras son grotescas cuando quieren ser poesía. Si un actor actúa, sus personajes son su grotesco, inevitablemente. Si un cantante canta, su voz es el grotesco de su alma. Si un ratón nadando en crema es poético, cómico, sainete, Jasón; que la crema se haga manteca, éso es Grotesco. Eso, es Pancito.
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