No es como otras plantas. Es una planta cholula. Obviamente no es la única. Debe haber bastantes plantas en la televisión. Muuuuuuchas, me imagino. Pero, ¿Cuántas se mueren por estar en la tele? ¿Cuántas se mueren si no están en la tele? Bien, ella necesitó vivir en la tele para no caducar, fenecer, y desaparecer entre el abono del olvido.
Tuve que dársela a Jasón, pero bien, ya saben, es complicado viajar, vivir lejos, no tener dónde quedarse cerca de los ámbitos donde uno se mueve. Es difícil viajar en el Sarmiento con Disculpas, sin que Disculpas se lastime, salga herida, o se ofenda, siendo cholula como es.
Entonces, busqué a Disculpas, y la tuve conmigo. Pero resulta que teníamos Jasón y yo un compromiso incancelable, un encuentro con la muerte. Es decir, con UNA muerte. Con una muerte anticipada, con una muerte cuyas crónicas en los diarios tuvieron mucho de previa discusión. Y en fin, coordinamos que la entrega de la posta disculpada sería en ese encuentro ineludible con una muerte agonizante.
En fin, me metí, viernes por la noche, en el templo gigante del Teatro Colón. Insospechado, increíble, pese a todo, sigue siendo lo que es. ¿Y qué es? No lo sé. Ante todo es, diría un filósofo, tal vez. Puedo describir lo que parece(o como parece ser) sin llegar por eso a capturar su esencia(si acepto, cosa no resuelta aún, que tiene esencia) y poder plasmarla en un tejido palabrero. Puedo decir que es fastuoso, y que entrar en esos pasillos amarillentos, ocres, brillantes y cálidos, de mármol frío y duro, pero gomoso y simpático, hace que me sienta cada vez menos amenazado. Puedo aún decir que se siente el envejecimiento, que ya el color de las paredes acusa recibo de haber sido herida el alma del teatro. Se siente dolor en el edificio. Y que subir por las escaleras 4 pisos con Disculpas en su maceta, no fue tan difícil como esperaba.
Y luego, la ópera, que no era otra cosa que el fin de los días. O UN fin de los días, si somos precisos. Sobre el telón del escenario, una calavera color verde o roja, mal lo recuerdo, vibraba iluminada. No recuerdo bien cómo, la gente se apelotonó y acomodó caóticamente, quedaron asientos vacíos, yo también me alteré y busqué rápidamente donde sentarme para ver tal vez un poquito mejor el escenario, cambiando bruscamente de un asiento a otro, por lo menos unas dos o tres veces, siempre tratando de ir lo más al centro posible. Por supuesto, mi amiga Disculpas no me hacía todo esto más fácil, interrumpiéndome de a ratos con sus hojas de color brasilero brillantes. La gente, por supuesto, suele ignorar todas estas cosas adrede, para hacerlo sentir a uno mucho más fuera de lugar.
El primer acto tuvo sus momentos de gloria. La música comenzó extravagantemente, como era de esperarse, con bocinazos limpios, rítmicamente sincronizados en una perfecta barbarie. No recuerdo los nombres de los personajes, y debo decir que son más bien arquetípicos, por lo que voy a poder nombrarlos por el rol que cumplían. Por supuesto, aclararé que algunas de las descripciones están hechas en base a reglas mnemotécnicas muy específicas que me enseño mi querídisimo y odiabilísimo Jasón. El gordo panzón, que era cantado por un tenor, era un personaje bastante gracioso, al igual que los dos amantes musculados, despellejados, que entraban y salían haciendo eso: amándose. Nekrotzar, que ese nombre sí me lo acuerdo, porque no sé cómo describir su rol en la Ópera, era una presencia casi molesta, anodino por lo amenazante, pero estúpido por lo inofensivo. Cosas que el teatro no resuelve aún, supongo. Luego, la escena del matrimonio típico: el matrimonio fracasado. De las más hilarantes de la historia, pero luego se extendió un poco más allá de lo esperado, para terminar luego en un encuentro entre el esposo triunfante y Nekrotzar, acompañado de su sirviente rechonchón tenoril.
Entreacto, y lucha desesperada por reencontrar un lugar aún mejor para poder sentarme, y que Disculpas no moleste ya más. Logré sentarme casi en el centro de Cazuela, lugar que una mujer había decidido abandonar para reencontrarse con su familia perdida, hacia el lateral de la misma fila de asientos. De pie, supongo, estaba quejándose y tratando de dormir Jasón, quien recibió esta invitación prejuicioso y desganado.
Cosa extraña, no recuerdo bien cómo termina el primer acto, pero sí cómo comienza el segundo: con un par de personajes de dos colores: rojo y azul, con la entrada posterior de un personaje representado por una vocalidad extraña para nuestros días: un contratenor(gordito, también, como el tenor). En una fiesta de despliegue escénico y de energía inconmensurable, entra luego el jefe de la guardia secreta, una soprano evidentemente pequeña de tamaño, pero que salta y sube y baja por todo el escenario enorme de esta Muerte pretenciosa. En dado momento, resulta ser que se produce un pequeño silencio en la seguidilla interminable de agudos y jades de este personaje tan adorable, y se escucha una carcajada de un golpe entre el público. Un sólo ¡Ja! espasmódico, fuerte, claro y sonoro, casi como un vocalizo, cortado casi instantáneamente por más sonidos agudos y jadeos del jefe de la policía.
Por supuesto, este segundo acto, como culminación, tiende a lo espectacular, a lo festivo, a lo genialm lográndolo con escenas grupales, con imágenes fuertes, duras, muy chocantes y crudas, más una música que cumple con lo que promete: rareza, desajuste, desafío y otras tantas ambigüedades que luego precisaré.
Fin del actuar, y resulta que nos encontramos con Jasón afuera. Por supuesto, cholula ella, Disculpas quiere conocer al jefe de la policía secreta, y cuando me cruzo con Jasón, resulta que él busca lo mismo.
Buscamos la salida de los artistas. A Jasón lo saludan varias personas como si lo conocieran, como si él fuera alguien. Alguien. Esperamos, revisamos el programa(que Jasón no quiso pagar, por lo que está leyendo el mío) y encontramos un bello rostro de mujer con nombre de ópera, en donde se encuentra el personaje que buscamos. Jasón me comenta mientras esperamos lo mucho que le molesta no recordar siquiera una melodía de la ópera. Yo noto que la música no se me "pegó", no me dejó melodías memorables, pero no me obstaculizó en ningún momento disfrutar de la espectacularidad y la teatralidad de la Muerte. Pero no se lo digo, Jasón puede ser terco a veces.
Cuando al fin la vemos salir, Jasón queda estupefacto y por poco no se le cae Disculpas de las manos(error mío dársela con tanta antelación). "Era un ángel disfrazado", suspiró. Claramente, estaba exagerando. Digo, no tenía alas ni mucho menos...
Dos días después, Jasón fue a ver una tradicional puesta de una ópera romántica, donde un conde es secuestrado por una gitana, la cual había matado a su propio hijo, y "otras sonseras melodramáticas", en palabras del propio Jasón; donde uno o varios de los personajes son necesariamente cantores. La llevó a Disculpas. Dijo que yo la había malacostumbrado y que ya no quería quedarse sola mientras él salía al teatro. Pero no disfrutó tanto, a pesar de haberse ido cantando una o dos de las melodías más famosas de la ópera, la función tuvo una puesta poco ambiciosa, casi como un concierto con vestuario, por más ridículo que eso suene.
"Hacían lo que se les cantaba el culo, pensaban que yo estaba ahí para esperar que actuaran", dice Jasón.
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