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miércoles, 4 de mayo de 2011

Corazón de vidrio

No hay cambio en el arte creado, si no hay cambios en la vida de quien lo realiza.

La vida. La vida suele sucedernos. Solemos dejarnos acompañar del brazo por los hechos que la realidad nos propone. Somos cortesanos de algo más grande que nosotros. Suelen empujarnos con una mano en la cintura hacia destinos que no conocemos(y no podemos conocer). Tenemos los talones sostenidos por la mano cruel del tiempo, que no nos deja retroceder un centímetro, un milímetro. El tiempo, que nos toquetea, nos manosea, nos estruja y retuerce, para dejarnos después apoyados con las dos manos frente a un espejo, mirándonos como obra de arte en composición, y descomposición.
Pero, a pesar de todo, nos acomodamos, logramos adentrarnos en ese mundo simbólico de la mierda. Ese universo poético de la opresión y la angustia, que quién sabe nos convenció de que puede servirnos para crecer, para desenvolvernos. Y suele ser funcional a los propósitos de este Caos, de este vacío que tiene que llenarse. Nos acomodamos, y se nos hacen cascaritas, se nos cicatriza la piel por todos lados, y nos ponemos duros, recios, abotonados, empilchados, enmarcados. Nos ponemos bonitos, nos ponemos. Y el cuerpo se va apisonando, y nos transformamos en un lindo compost de sentimientos inconclusos, en el que incluso la sonrisa se hace bonita, se estira. Y nos cuesta reírnos, nos cuesta todos los días un poquito más. Y nos duele el cariño y nos aterroriza y da pánico el amor(si, en castellano, el cariño es una versión bajas calorías del amor). El afecto(que vendría a ser como una galleta de arroz del mundo de los sentimientos) nos puede llegar a tranquilizar como un sedante suave, como un laxante suave, como un licuado de zanahoria y espinaca. Nos ponemos bonitos, nos ponemos. Y la ropa sin agujeros, sin ventilas, y el aparatito para escuchar música y el aparatito que nos compra la felicidad en red. Y la red, que evita que caigamos. Y abajo, ¿qué habrá?
Nadie recuerda ya, o casi nadie, al menos. Cuando era joven y hacía un taller de teatro en la ciudad pueblo en la que vivía, el padre de una compañerita de ese taller me dijo: "los actores son la reserva moral de la humanidad". Buah. Este hombre parecía un poco alcoholizado. Un poco. Me dio la impresión de que hablaba en serio, por la seriedad con la que lo decía. Y casi me ofendí, casi no siendo, como casi no lo era, casi actor. Pero me gustó la idea de que se pudiera extender esa nostalgia a todo el mundo de los artistas. 
Leyendo a un señor S*********** descubrí que hablaba de un "estado de ánimo creador". Es un momento en que el artista está más propenso a inspirarse. Este señor S*********** sentía un inmenso terror a la ausencia de talento, y trató de desarrollar un Sistema para que todos pudieran desarrollar ese "estado de ánimo creador" que, según él, en los grandes genios del arte, se daba de forma natural, a voluntad del ánimo de ellos. Por supuesto, es ilógico pensar que apuntaba a reemplazar el talento, simplemente trataba de desarrollar una sensibilidad, un sentido estético no basado únicamente en convenciones y formalismos, en clichés y lugares comunes a los que cualquier genio doméstico pudiera llegar. Un sentido de la belleza que pudiera ser encontrado por un alma dispuesta y con voluntad. Lo que un amigo llama sentido de la conciencia artística.
La moralidad, por supuesto, no entendida como un hecho pragmático concreto ineludible e impuesto por una inconsciente ajeno al individuo, que se masifica en el bien y el mal de las multitudes; sino mejor vista como una conciencia de soledad, de ausencia de vínculos, ante la cual el artista tendrá que esforzarse o abandonarse en diversas direcciones. Porque tomar conciencia no es un acto abstracto, separado de una modificación trascendental del ser que, consciente, descubre que piensa, luego, existe. La moralidad es un registro que se produce en el cuerpo, de la percepción de agrado y desagrado, como el nene que juega y descubre que las reglas del juego que eligió le gustan o le desagradan, así como los eventos que se suceden en el transcurso del juego, que se imponen con la rotunda invariabilidad del suceso temporal, pero con la flexibilidad de los hechos, que nunca son invariables.
Y de ahí en más, descubrir en cada rayo de sol atravesado por polvo volátil, y ácaros alergenos; y en cada noche en que la Luna se aterciopela con nubes suaves; y en cada gota de lluvia en la venta grisácea; y en cada brisa sobre los pómulos resecos; y en cada par de ojos celestes(o incluso mejor, en cada uno de esos ojos); y en cada sábana revuelta con amor húmedo y vapores de elevación espiritual; y en cada hoja seca y descolorida, o marrón y fragil; y en cada silencio que tanto dice; y en cada paso triste con la mirada en el piso; y en cada lágrima innecesaria; y en cada lágrima necesaria; y en cada lugar común que parece ceder y perderse en las páginas de la guía telefónica; y en cada teléfono perdido; y en cada susurro; y en cada nota de color en cada relieve de cada baile; y en cada verso trillado y gastado que no podemos dejar de repetir; y en cada gota de lodo sobre cada diamante; y en cada vacíofrágilyausentevasodeaguaquepensabanotomar; y en cada voz quebrada con la ausencia; y en cada charla que termina con un yo distinto del que la comenzó; y en cada niño tronado; y en cada roce de un labio sobre otro labio; y en cada niño que llora sobre los hombros de una multitud que aplaude; y en cada caída; y en la repetición de todo lo anterior; y en lo imposible de su repetición; y en el abrazo perdido, y reencontrado, o tal vez nunca reencontrado; y en la luz del sol a la mañana y a la tarde; y en cada momento en el que es imposible seguir respirando como si nada estuviera sucediendo.
En todo eso, descubrir que se tiene una pequeña cascarita en el alma que se acaba de caer, quién sabe en el roce contra qué, y que no puede ser, pero es. Y no entender, y tocarse la cascarita, y descubrir la piel suave, que espera sólo suaves roces de ahora en más. Y ver, como oráculos de oropel, que el futuro promete nuevas cascaritas sobre la ya formada y también en otras partes del alma que se acobarda. Pero no, es otra cosa lo que se decide. O al menos se intenta decidir, poniendo el objeto de la creación por delante de uno. Y se pone interesante la cosa, porque ya todo se transforma en problema creativo.
Una pavada, ¿no?

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