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domingo, 11 de junio de 2017

Hadas, duendes, brujas y Magas

Este verano encontré entre los manuscritos raídos y mojados en un depósito al lado de la casa de mis padres, en El Bolsón, un libro titulado: "Crónicas de viajes perdidos". Era un tomo con investigaciones de la fauna y flora de la zona patagónica. Entre los artículos referidos a las maras, los pudúes y los huemules, me llamó la atención el siguiente artículo, por lo inverosímil, y por lo articulado. Mucho más detallado que los otros, y mejor escrito. Arranqué las hojas y me las guardé.
Si se camina lentamente por el camino que corre al costado del río de los relojes, donde el tiempo pierde la rectilinealidad que lo caracteriza y se desgrana en chocolates y piedras bochas, se pueden encontrar duendes.
En realidad, la palabra exacta con la cual se puede nombrar a estos seres indescriptiblemente caóticos y hermosos es difícilmente convencional. La palabra que ellos usan para presentarse se traduce literalmente como hada, pero es claramente por su puro deseo de no ser confundidos con el estereotipo de duende petiso, enjuto, vestido de un verde foresta apagado, con ropas raídas y orejas puntiagudas. Ciertamente tampoco son seres insulsos y tontones con alas blancas y brillitos.
El término bruja, que es el que escolásticamente utilizamos durante mucho tiempo, no deja de llevarnos a un imaginario donde encontrar verrugas, y piel pálida y verdosa, rodeada de pelo negro grasoso y ralo, sumando quizás una nariz ganchuda y pócimas olorosas. Tampoco hace justicia a estos seres de telas gastadas, piel tostada y cuerpos atléticos

Bruja duende, o hada Maga, no sirven. Maru, es la pronunciación de su nombre en su propia lengua.
Caminando, entonces, hacia la Laguna Negra, encontré una Maru. El cuerpo, de talle pequeño, relumbraba entre los reflejos del río y las flores. No era la luz del sol la que manaba de sus miembros firmes y delicados, era una suerte de luz vibrante, como si el río temblara con sus deseos.
Agachada oliendo las Amancay, el pelo rubio se confundía con las flores, y las ropas simples, sobrias, iluminaban la corteza de los troncos caídos. La mirada, siempre esquiva, soslayó mi presencia, inmutable, como si no existiera.  Recorrió después cada una de las hojas del enramado bosque y, cerrando los ojos atigrados, respiró profundo y siguió bordeando el cauce húmedo.
Río arriba, se tuvo que detener a tomar agua en un rellano en que muchos árboles habían sido removidos, y la tierra más bien parda rojiza hacía espacio para la brisa. Agachada en cuclillas, sus piernas extremadamente esbeltas, como cañas curvadas al calor del vapor, parecían listas para dar un latigazo. Mientras bebía, el canto lastimero de un ave de montaña la atrajo. Posaba para que los ojos de la Maru definieran con presteza sus bordes, sus formas. Porque todos sabemos que la mirada es la que hace existir. Pero la mirada de la Maru da brillo, realza, embellece. Da vida.
La expedición continuó, calma, disfrutando de las cascadas del río y de las chispas de luz entre las sombras de las hojas.
Mi cansancio parecía único, pero no era más que la sombra del aliento incansable de la Maru, elástica y blanda.
Hasta mis palabras se hacen migas rústicas, como torpes e inseguros pasos dados en la oscuridad, cuando las comparo con los movimientos de los brazos de esta criatura del bosque, fibrosos y gráciles como alas.

El camino se hace largo, no sé si voy a poder regresar. Ya tampoco sé si quiero. Lo que he visto... Lo que he vivido... Aunque quisiera, ya no sé si existe tal cosa como el regreso.

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