Jasón llegó un día muy ofuscado, con su típico gesto adusto transformado en un enojo particular, un enojo relajado: una decepción, diríase. Llegó, como siempre, con un libro abajo del brazo. La ropa prolija, el pelo notoriamente despeinado, teniendo en cuenta su obsesión con el "ser y parecer"; y la cara arrebolada.
Escondiendo por momentos esta desazón, no dejaba de dudar acerca de comenzar una conversación. Se hacía evidente en su cuerpo el ir y venir de quien quiere decir algo. Era un tigre encerrado en una pileta queriendo volar.
"Ninguna obra de arte debería requerir de un manual para comprenderla". Se puso cliché, pensé.
La verdadera cuestión reside en los por qué. Siempre la cuestión es ésa. El libro que Jasón sostenía casi en la axila es el libro "Hilos de tiempo", una suerte de autobiografía artística del director teatral Peter Brook. Seguí mirando detenidamente a Jasón, sus ojos perdidos, como triste. La curiosidad me carcomía las uñas, y tanteaba cada tanto el teléfono celular en mi bolsillo, con miedo de mirar la hora, por no ofender el terrible momento que vivía, en su desahucio estético.
El libro empezó a tambalear entre sus manos. "Es una obra difícil, es por eso", jadeó. "Mozart escribió cosas raras, no es fácil hacer teatro con esa ópera".
Sin entender aún, traté de ser sutil en mis aproximaciones al entendimiento de su sufrimiento.
Fue breve, pero claro. "El fracaso del arte erudito o académico reside en su incapacidad para entretener". Casi ofendido por sus propias declaraciones, tosió aclarando la garganta.
Luego de un rato, comprendí, no sin varias vacilaciones y con mucho esfuerzo tratando de capturar la voz rota de Jasón, lo que había sucedido: aprovechando la venida de una obra de teatro de un famoso director, y esperando entrar en el mundo del Gran Teatro, Jasón pagó las costosas entradas de un costoso festival, para cultivarse y crecer moralmente. Pero "no entendí nada", balbuceaba. Evidentemente, la obra no había sido ningún picnic.
Súbitamente, Jasón revoleó el libro que había estado sosteniendo contra una pared. El libro se estrelló con un golpe sordo y tímido, como queriendo llamar la atención, y cayó al piso sin demasiado estruendo.
"Si de algo debo quejarme", gruñó, "es de no entender". "No siempre entendemos lo que nos pasa", contesté, tímido y temeroso.
"¡NO!", contestó, agitado, jadeando, "entiendo, no me refiero a 'entender' en ese sentido". Lo miré anonadado durante unos segundos...
"¿Qué importa entender un chiste o un gesto gracioso en una obra de teatro, si de todas formas no río? El arte se entiende con una contractura en el estómago o con una lágrima en los ojos". Callé. "Lo demás, es pura mentira."
Emotivo, da ganas de seguir leyendo...:)
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