"¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?" Recuerdo quién fue la primera persona que me quiso cansar. La abuela Pepe, pobre, sintió que era gracioso contarme el cuento de la buena Pipa. Claramente no conocía mi absurda perseverancia en la persecución del absurdo.
De hecho, no me irrité, o al menos no recuerdo haberme irritado, recuerdo sí, haber descubierto lentamente que la lógica de la buena pipa era la de responder con preguntas a una respuesta, no importaba cuál fuera la pregunta, ni la respuesta.
Y se repetía, incansablemente se repetía, tradición ignorada por quien no la sufrió en persona. Si a uno le cuentan el mecanismo pero no se lo hacen vivir, o uno abandona la lucha, por ser ya demasiado grande("maduro", dirá algún frívolo) como para disfrutar el absurdo absoluto de la estupidez propia en la búsqueda de una respuesta que se intuye no existe, el cuento de la buena Pipa deja de existir, pierde interés y es mutilado por nuestra falta de intención.
El cuento de la buena Pipa existe en tanto nosotros lo afirmemos como realidad que se desenvuelve en nuestro discurso, en tanto lo busquemos y lo intentemos escuchar con fervor y dedicación. Es un pancito que tenemos que amasar. Es Pancito, a quien hay que dedicar tiempo para entender. Es y existe en tanto mantenemos y sostenemos el objetivo de existirlo. Como Dios.
Igual que con la soledad, el cuento de la buena Pipa se rehace cada vez, se rebusca a sí mismo, se quiere, se detesta, se esconde, pero quiere que lo busquemos. El cuento de la buena Pipa es siempre el mismo, como la soledad, que siempre cambia sin dejar de ser soledad. Porque la Soledad es siempre otra, pero siempre ella. Y cuando no la queremos llega y nos abofetea y cuando la queremos nos abofetea todo lo mismo, pero quizás con otra mano. Con alguna de sus miles de manos. Con alguna de esas manos infinitas que nos tiende estemos donde estemos.
El cuento de la buena Pipa tiene algo de femenino en esa escurridiza manera de jugar con nuestros labios, con nuestras cabezas inocentes. Pero tiene algo de masculino en su exigencia, en su rigor inexplicable, necesario(no puede no ser así) e innecesario(no tendría por qué no poder no ser así) para existir.
El cuento de la buena Pipa es una verdad, porque en definitiva es como la Verdad. Pero no, no es momento ahora, Pancito, después la Verdad.
El cuento de la buena Pipa, pensar que haya gente que no lo conozca...
Habría que contarlo más asiduamente, quizás sólo para educar a la gente en la búsqueda de utopías.
El cuento de la buena Pipa, qué pavada.
¿O no?
Por ahora, nada más.
De hecho, no me irrité, o al menos no recuerdo haberme irritado, recuerdo sí, haber descubierto lentamente que la lógica de la buena pipa era la de responder con preguntas a una respuesta, no importaba cuál fuera la pregunta, ni la respuesta.
Y se repetía, incansablemente se repetía, tradición ignorada por quien no la sufrió en persona. Si a uno le cuentan el mecanismo pero no se lo hacen vivir, o uno abandona la lucha, por ser ya demasiado grande("maduro", dirá algún frívolo) como para disfrutar el absurdo absoluto de la estupidez propia en la búsqueda de una respuesta que se intuye no existe, el cuento de la buena Pipa deja de existir, pierde interés y es mutilado por nuestra falta de intención.
El cuento de la buena Pipa existe en tanto nosotros lo afirmemos como realidad que se desenvuelve en nuestro discurso, en tanto lo busquemos y lo intentemos escuchar con fervor y dedicación. Es un pancito que tenemos que amasar. Es Pancito, a quien hay que dedicar tiempo para entender. Es y existe en tanto mantenemos y sostenemos el objetivo de existirlo. Como Dios.
Igual que con la soledad, el cuento de la buena Pipa se rehace cada vez, se rebusca a sí mismo, se quiere, se detesta, se esconde, pero quiere que lo busquemos. El cuento de la buena Pipa es siempre el mismo, como la soledad, que siempre cambia sin dejar de ser soledad. Porque la Soledad es siempre otra, pero siempre ella. Y cuando no la queremos llega y nos abofetea y cuando la queremos nos abofetea todo lo mismo, pero quizás con otra mano. Con alguna de sus miles de manos. Con alguna de esas manos infinitas que nos tiende estemos donde estemos.
El cuento de la buena Pipa tiene algo de femenino en esa escurridiza manera de jugar con nuestros labios, con nuestras cabezas inocentes. Pero tiene algo de masculino en su exigencia, en su rigor inexplicable, necesario(no puede no ser así) e innecesario(no tendría por qué no poder no ser así) para existir.
El cuento de la buena Pipa es una verdad, porque en definitiva es como la Verdad. Pero no, no es momento ahora, Pancito, después la Verdad.
El cuento de la buena Pipa, pensar que haya gente que no lo conozca...
Habría que contarlo más asiduamente, quizás sólo para educar a la gente en la búsqueda de utopías.
El cuento de la buena Pipa, qué pavada.
¿O no?
Por ahora, nada más.
Si vivimos con la sensibilidad a flor de piel, se vuelve doloroso perseguir las utopías. Pero, cómo podrías dejar de intentarlo?
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