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martes, 18 de enero de 2011

Pancitos en la panadería

Siempre le digo a mi viejo: "Si el único motivo de que vos nacieras hubiera sido que yo pudiese comer los panes que cocinás con tus propias manos, ¡ah, qué buen destino que te habría tocado!"
A veces siento que soy un pancito. ¡Eso! Soy pancito. De hecho, Pancito.
Una extraña receta que le fue dada a alguien, pero que luego modificó con el uso, la costumbre, la vida diaria, la práctica. El producto de una manufactura, de una relación interpersonal, ¿qué más que eso somos?
El destino de otra persona depende de que nosotros seamos destino. Depende de que sublimemos deseos, tal vez nuestros, tal vez no.
Y parece poco. Parece que hacer pancitos, o hijos, bueno, ¡qué más da!, es muy fácil... Porque los hombres valoran poco o nada a sus hijos. Los quieren, los cuidan, los admiran. Pero no los valoran.
Es claro, siempre se dice que a los hombres(y utilizo la palabra hombres no para referirme a la humanidad, sino para referirme al estereotipo de persona masculina, ya que las mujeres suelen tener una sensibilidad más adecuada) se les imponen ciertos estándares de éxito. Ciertas metas a las cuales llegar. A todos, incluso a los que logran sobreponerse a las imágenes superfluas impuestas por la sociedad, les pesan estos milenarios paradigmas, tan fuertes como son.
Un hombre trabajador que ha criado, pongamos por caso, cuatro hijos trabajadores, no se sentirá tan satisfecho como uno que ha criado cuatro hijos a los que no les ha faltado nada.
Claro, no satisface la vanidad ver que otro se esfuerza por lograr lo que desea, ni aunque ese otro sea sangre de la sangre. Pero, ¿por qué?
Bueno, evidentemente todo hombre tiene su ego. Hasta el más dulce de los padres de familia, aquél que inculca a sus hijos excelsos y nobles valores(sea lo que sea que eso signifique para cada cual), se rige también por valores que no le son propios. Mmm... da que pensar.
En fin, nada más que eso.
Por ahora, nada más.

2 comentarios:

  1. Lindo, tierno y calentito como el pancito, para mi con tomate y queso
    liliana

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  2. Quizás no entiendas el punto hasta tener tu hijo/a. Uno pone tanto de uno que se olvida que la personita que tiene en sus brazos le va a morder la mano cuando crezca y le pida perdón. Desde el comienzo de la humanidad ha sido así. Mas igual queremos a nuestros hijos de manera casi demencial y encima pretendemos que entiendan ese sentimiento suicida. De cualquier manera, agradezco a Dios que llegué a aprender a amasar y hacerlo desde años ha. Es como tener hijos:preparar la masa, poner esfuerzo y darle forma.Todo con mucho amor.

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